El Oscurecer de la Sangre (cuento)



EL OSCURECER DE LA SANGRE
Marcelo Ciccone
(VERSIÓN 1.1)




UNO

Era un pueblito huérfano de Dios. Ocre. Empobrecido. Siempre moribundo. Tenía la plaza, el ayuntamiento y la iglesia, y tenía a la peonada en harapos y a un señor feudal derramando dicha desde una torre inalcanzable.
Pero el suelo se le había hecho yermo, ahora, y el señor ya no era tan señor. Ni tan feudal. Los años —los malos años— le habían comido primero sus tierras, que solían producir lo que a él se le antojara, luego sus riquezas, que se desangraban día a día en un goteo lánguido, y finalmente su familia.
Aunque lo de su familia bien pudo ser por otra cosa. Porque ese asunto vino de antes, de cuando llegaron ellos. O en tal caso fue desde siempre, porque algunos dicen que ellos estuvieron aquí desde el principio, desde que estas tierras no tenían iglesia, ni señores, ni miseria… Desde que no tenían siquiera tiempo.


1.

La noche era cerrada, sin luna, y más fría de lo que él la podía recordar. No se veía nada, ni el polvo del camino que seguro levantaban con sus zapatillas agujereadas de kilómetros. Los ojos se les terminaron acostumbrando, si es que de algo valiera acostumbrarse: desierto por aquí, desierto por allá, algún que otro árbol y yuyo seco. Y camino y más camino hacia adelante, hacia el infinito.
—¿Llegaremos en esta vida?
Era extraño el efecto de sus voces en medio de la nada.
—Te dije que había que caminar.
Era como que la voz se le perdía a uno; se alejaba tanto que ya no era la propia. Y el sonido que les devolvía parecía otro. Parecía…
—¿Qué fue eso?
El más bajo y de cabello enmarañándole los ojos se detuvo y frenó a su amigo. Había un siseo débil en alguna parte de la noche, lejos, como un sonido animal o menos aún, que se moría estirado en un quejido.
—¿Escuchaste?
—Debe ser el viento.
—¿Hay… lobos en esta zona…?
El más bajo y de cabello en los ojos echó una risa franca.
—¡Jajaja! Te contaron muchas historias de terror, a vos.
Pero el siseo volvió, y esta vez más claro y presente.
—¡Carajo! ¿Qué fue eso?
—No lo sé.
—¡Se supone que vos sos el experto en estas cosas de pueblo!
—Apuremos el paso.
Se ajustaron las mochilas sobre sus hombros y caminaron más rápido hasta ir casi al trote. Miraban a ambos lados, a veces hacia atrás. No se veía nada. O casi, pues había como manchas negras moviéndose contra la oscuridad, que parecían más una ilusión que otra cosa, porque no había qué ver, ni en la oscuridad, ni en las sombras.
El siseo se escuchó otra vez, y ahora definitivamente cerca.
—¡A la mierda, qué es eso? ¿Dónde carajo me trajiste?
—Debe ser una víbora —arriesgó el que ya no echaba ninguna risa franca.
Estaban casi corriendo, el siseo se desplegó en el aire y de repente se levantó una brisa fuerte que trajo un olor a cosa podrida y a frituras y grasa. El viento agitó algo arriba, se escuchó un latigueo grave, corto, como un banderón o una vela cuando flamea al viento.
Los dos chicos miraron hacia atrás y por sobre sus cabezas, asustados. En la corrida habían llegado a una hondonada. El camino bajaba de golpe y tras la loma se vieron unas luces, algo de humo y un ranchito de piedra con un cartel escrito a mano: “Pulpería”.


2.

Cruzaron la puerta de un salto, agitados, jadeantes, histéricos de adrenalina, y con los dientes nerviosos. Adentro, un acordeón desinfló sus últimas notas y los dos chicos giraron para ver dónde habían caído.
Se encontraron en lo que parecía una taberna, o un almacén de campo. Un puñado de hombres los miraba, callados. Vestían barato, medio andrajosos, y llevaban barba de varios días. Algunos mascaban escarbadientes; los más afortunados, un cigarrillo. Pero todos andaban cerca de un vasito de vino o grapa.
El que estaba en lo que parecía una barra sonrió, mostrando una hilera de dientes desparejos y ennegrecidos. Los demás les vieron la traza de ciudad y también revelaron sus ausencias.
—¿En qué se les puede servir?
—Hay algo ahí afuera.
No fueron las palabras lo que enserió a los paisanos. Fue la tensión apretada en esas voces.
—¿Algo como qué?
—No lo sé… algo… Escuchamos un ruido… y después el viento… No debe ser nada…
Un rumor bajo amagó nacer y murió enseguida cuando el pulpero caminó hasta las ventanas.
—Debe ser el cansancio que tenemos…
El hombre corrió una de las cortinas que recelaban la mugre de los vidrios. Se asomó.
—Sí… —Soltó la cortina—. El cansancio…
El hombre estudió a los dos muchachos. El más bajo era aindiado y de piel café, como cualquiera. Si no fuera por las ropas no parecía de ciudad. El otro no tenía forma de esconderlo.
—¿A dónde van?
—A Lado Oculto, señor. ¿Sabe si falta mucho?
—Ya está en Lado Oculto, porteño.
—Soy Kevin, señor —dijo el aindiado—. Él es mi amigo Rodrigo.
—Hola —saludó Rodrigo.
El pulpero ignoró el saludo y su boca se curvó en un gesto descompuesto.
—Al pueblo son diez kilómetros más.
—No es mucho.
—Lo es, con esta noche. Quédense acá, no les cobro los colchones.
Los dos chicos asintieron. Incluso ese lugar parecía mejor que andar ahí fuera, corriendo de algo que no veían. Rodrigo se desprendió la mochila y consultó al pulpero.
—¿No tiene un teléfono, de casualidad, no?


3.

Kevin frotó las manos y se arropó un poco por el frío. No había visto una noche tan estrellada en su vida. Las luces, el smog, la vida de la ciudad te quitaba eso. Bueno, la había visto, con seguridad, cuando era un crío y aún vivía en el pueblo, ¿pero quién podría acordarse? Él si apenas retenía un atado de sensaciones y recuerdos: sus padres (más por fotos que otra cosa), el polvo en todos lados, como una alergia, y el miedo. No sabía por qué ni cómo, el miedo estaba untado al pueblo en su recuerdo. Aunque tampoco sabía miedo a qué.
Estaba sentado en el escalón de la puerta trasera de la pulpería, sin más que hacer que no poder dormir. Diez kilómetros lo separaban de la casa de sus padres. Diez.
Kevin sonrió con amargura: ¡una maldita vida los separaba! Lo habían enviado a Buenos Aires a los cinco, cuando ni se sabía limpiar los mocos. De ese viaje, de esa escisión, tenía un recuerdo vago, deshecho por el tiempo, de esos que uno va reconstruyendo con impresiones nuevas y finalmente no sabe cuánto de verdad y de ilusión termina siendo.
Fue a parar con sus tíos, que eran buenos tíos, y que no habían hecho preguntas. Y por lo mismo, no tenían respuestas.
Le dolía el desarraigo, la incertidumbre y la culpa, si bien con el tiempo supuso que habría razones. Lo que no entendía y lo mortificaba era la escasa comunicación. Alguna carta cada tanto —muy cada tanto—, escrita solo por la madre, en la que contaba algo de ella, un poco del padre, casi nada del pueblo y donde, sí, le decía que lo extrañaban y que ya llegaría el día en que estarían juntos. Pero los años pasaron y ese día jamás llegó.
Entonces Kevin, que nunca tenía un centavo, juntó moneda sobre moneda hasta comprar el pasaje. Y luego siguió juntando hasta tener con qué quedarse allí, porque, aunque pareciera extraño, prefería no deberles nada.
Hacer algo de dinero en Buenos Aires no fue gran problema. Vivir con remiendos y zapatillas deshechas, tampoco. Lo difícil era andar por la vida con un puñado de cartas y un recuerdo como única prueba de quién era.
Abrió la boca y arrojó su aliento a la oscuridad, para jugar con el vapor. No le dio el gusto, la noche, y el aliento no cuajó en humo.
Buscó en su bolsillo y sacó un relicario pequeño y de dos hojas enchapadas y lo abrió. Miró las fotos otra vez. Eran las dos de siempre. Las únicas que había recibido por carta en los primeros años. Ya estaban sepias de tan viejas, y ajadas y con rayones por el manoseo. En una estaban sus padres, serios e incómodos, casi obligados. Debían haber sido jóvenes allí, y ya entonces parecían viejos. En la segunda imagen también estaban sus padres, que lo sostenían a él, en esa edad indeterminada entre bebé y chiquillo. Su padre seguía serio, hosco mejor dicho; su madre ya podía sonreír, aunque se la veía rígida al posar. Él, en cambio, no podía saberse: el rostro y un poco más se había velado y una mancha blanquecina le ocultaba los rasgos.
Tocó las dos fotos con la yema del dedo gordo cuando a sus espaldas se abrió la puerta con mosquitero y apareció Rodrigo.
—Te vas a congelar…
—No puedo dormir… —Kevin buscó otra vez el vapor, al hablar. Seguía sin suerte—. Saber que los tengo a diez kilómetros no me deja.
—Bueno… acá vas a dormir menos.
Las dos hojitas del relicario se cerraron y regresaron al bolsillo de donde salieron.
—No me los acuerdo, Rodri…
Rodrigo se agachó y quedó a su altura, frente a él.
—¿Cómo que no? Si tenés esa foto que ya está gastada de tanto verla.
—No me los acuerdo. Tengo grabadas las imágenes, las ropas, los gestos… pero no me los acuerdo a ellos… ¿entendés?
Rodrigo buscó en el cielo y no encontró nada.
—Me agarró miedo, Rodri —Kevin se llenó los pulmones con el aire de la noche—. Hijos de puta, si no fuera por las fotos ni siquiera de las caras me acordaría…


4.

El pueblo tenía una vaga disposición en cruz, en cruz católica, con el cuerpo corriendo a sur y norte, y dos brazos más o menos iguales a este y oeste. La iglesia, la plaza y la comisaría estaban en el centro, en ese cruce imaginario de esa disposición engañosa.
Kevin y Rodrigo llegaron desde el extremo más corto, como si entraran al pueblo hecho una cruz invertida. Habían preguntado a un hombre sucio y harapiento que no les respondió, y luego a otro, borracho, que no sabía. Cuando solo quedaba hablar con los perros, una vieja más arrugada que el camino y con todo el cabello blanco les dijo dónde encontrar la casa.
No hacía falta llegar hasta el centro, indicó. Lo de los García quedaba para el oeste y se podía ir en diagonal bordeando los hornos de los Santillán y andando una legua por el rio seco. Luego todo era subir dos cuadras y buscar la casa vieja hecha de barro y chapas.
No fue tan sencillo. Las cuadras no eran exactamente cuadras y las casas —las pocas casas— eran todas de barro y chapas.
Kevin no quiso preguntar esta vez. Miraba todo con ojos nuevos y viejos, y el pueblo, la calle, la gente, le parecía traído de un sueño a medias soñado, a medias inventado, con esa misma imprecisión y tozudez. Las cosas se le desvanecían, aunque las estaba viendo. O quizá porque las estaba viendo. Los árboles, alguna casa, una alambrada o un aljibe… Lo sorprendente fue que el olor del aire, la textura del viento sobre su piel le resultaron naturalmente familiares.
—Ahí —dijo Kevin. Rodrigo miró la casa. Era una casucha triste y abandonada como todas las otras.
Avanzaron ya metiéndose en el terreno. Un perro viejo se acercó dos pasos y ladró para cumplir.
Se ve que de adentro se distinguía bien, o ellos dos llamaban mucho la atención porque ni alcanzaron a batir palmas que apareció una mujer por la puerta de adelante y un hombre se asomó por el galponcito de atrás.
La mujer se les quedó mirando en el vano de la puerta, con las manos apretando el faldón, más quieta que un retrato.
—¿Ma? —dijo Kevin.
Ella soltó todo y lo fue a abrazar hecha un llanto.
—Kevin… Kevin… Kevin…
La mujer lo estrujaba como si tuviera miedo de perderlo. Kevin hizo lo mismo. La estrujó por cada uno de los diez años.
El hombre que se había asomado desde el galponcito se acercó despacio y cabeceó a Rodrigo, a modo de saludo. Miró a su esposa y a su hijo, y esperó que se separaran.
El segundo abrazo fue seco.
—Papá… —saludó Kevin cuando se soltaron.
—¿Y éste? —El padre señaló a Rodrigo. La madre volvió a agarrar a Kevin.
—Rodrigo, mi amigo… Él es mi papá.
Rodrigo amagó darle la mano pero el hombre volvió a cabecear un saludo.
—Llámeme Amundio —aclaró.
Como el aire se había aquietado, la madre —sin soltar a Kevin— fue a darle la mano a Rodrigo.
—Y yo soy María. Bienvenido, estás en tu casa.
Hubo un momento de silencio donde ninguno supo qué hacer o decir.
—Vamos adentro —resolvió la madre—. ¿Tienen hambre? Voy a hacerles algo de comer. Quiero que me cuentes cómo es tu vida en Buenos Aires, qué hacés, cómo son tus amigos, si tenés novia…
Amundio resopló.
—¡Soltá a ese chico, María!
Kevin, Rodrigo y la mujer entraron a la casa. El perro amagó seguirlos y Amundio lo espantó. Se quedó unos segundos afuera, respirando, asimilando —el Amundio, no el perro—, y entonces entró, moviendo su cabeza negativamente y con gesto grave.


5.

El galponcito era más pequeño y más de barro y chapa que la casa principal, si eso era posible. Tenía una chimenea pequeña de la que no salía humo.
Adentro, el padre no lo esperaba, aunque supo que venía. Acababa de tomar un martillo cuando Kevin entró a paso lento, mirando a uno y otro lado con cierto respeto sacro.
—¿Y el otro? —preguntó Amundio.
Era una manera de saludar, tan mala como cualquier otra. Kevin no lo culpaba, había conocido la rusticidad de su padre de oídas, por las cartas de su madre. Las mismas cartas por las que la conocía a ella, de palabras dulces, esforzadas, con faltas de ortografía.
—Durmiendo —Era la hora de la siesta. Kevin se acercó a una mesada y tocó unas varillas de hierro—. ¿Mucho trabajo?
No había nada en la fragua, que estaba apagada.
—Poco y nada —Amundio levantó el brazo con la maza de hierro en su mano, midió el peso y la distancia y bajó de pronto, golpeando el yunque—. Nada y nada… Ni trabajo ni changas. Ni promesas del señor Monterrey tenemos esta vez… Ni yo ni nadie. La aldea entera se está muriendo. No llueve ya ni sé desde cuándo. Ni sabe la lluvia que está este pueblo. La tierra no da nada. Nada arriba, y nada abajo… Las plantas se chupan, los bichos se mueren… y debajo del suelo tampoco... Como si se hubiera secado —Kevin miró a su padre, que siguió dando golpes cada tanto sin forjar ninguna cosa—. Si hubiera algo, como lo que sacaba don Monterrey en otros años... Si al menos él estuviera mejor, ¿sabés? Si se estuviera haciendo rico necesitaría peones, y carros, y herramientas y cosas. Y la gente tendría un cobre que gastar, y yo herramientas y herrajes que herrar. Pero no, don Monterrey hace dos años que no hace nada, que ya ni intenta… Él no se está muriendo, ¿sabés? Es una esponja que se seca pero que todavía le queda agua… ¿Qué le importa lo que pase acá abajo?
Kevin miró a su padre, que se tomó un respiro. Era difícil entender a ese hombre.
—¿Sigue en La Torre?
—Más que nunca. No están bien las cosas acá. Mucho hambre… mucho enojo…
—¿Y la gente?
—La gente se va o se muere. Y nadie se va —Amundio bajó la cabeza y retomó los golpes—. Sin ánimo de ofender, gurí… Elegiste un mal momento para regresar…
—¿Elegí? ¿Si no elegí irme qué te hace pensar que elegí volver?
Amundio miró a su hijo con gesto severo. Supo, cuando lo vio antes, que era un desconocido, y ahora se daba cuenta que ese chico ya no era un chico, que su hijo ya no era su hijo.
—¿Cuántos días te quedás?
—¿Ya me querés echar?
—¿Cuántos?
—No lo sé.
—Está complicado que se queden... No hay comida para dos, mucho menos para cuatro.
—Traje dinero.
Amundio tomó las varillas de la mesada y las movió de un lado a otro, y Kevin debió taparse los oídos del ruido.
—¿Qué hacés con eso? —le gritó— ¿Qué se supone que estás haciendo?
Su padre no lo miró esta vez. O quizá estaba tan vencido que ya ni tenía nada que expresar.
—Ruido —dijo—. Todos los días hago un poco de ruido para que tu madre crea que tengo trabajo…


6.

Lado Oculto no parecía más que un derrumbe de casuchas y almas abandonadas a la buena de Dios. No te dejes engañar —le había dicho su padre justo antes de salir con Rodrigo—. Hay más vida de lo que se ve.
Kevin no quiso contradecirlo: aquel lugar estaba claramente muerto. Aunque debía admitir que en la pulpería donde pasaron la noche había bastante gente y algo de actividad.
Ahora rumbeaba para la plaza, calle arriba. Las casas deshechas a ambos lados eran iguales unas de otras, solo se distinguían por el perro en la puerta o la ropa en las sogas. Se notaba la dejadez, y no solo por un yuyerío crecido o desaliñado, sino también por las ventanas, las puertas, los techos o los adornos: si se habían torcido, si se habían roto o salido, así quedaban.
Rodrigo iba a su lado, con las manos en los bolsillos.
—Este lugar es de terror, no entiendo quién querría vivir acá.
—No sé si es tan malo…
—¿Me vas a decir que te gusta este pueblucho…?
Kevin resopló: no le gustaba. Tampoco le disgustaba. Había nacido allí y sin embargo todo le era ajeno. Tenía una sensación extraña, íntima, difícil de identificar, como si ese pueblo no le perteneciera, como si fuera un extranjero, pero no de otro lugar, sino un extranjero en propia tierra, un nativo desplantado, incómodo sin saber por qué.
—¿Ya le preguntaste a tu viejo?
—No. Parece que tiene muchos problemas…
—Claro que tiene problemas… ¡vive en este pueblo!
Habían hecho ya algunas cuadras y ahora había más casuchas y algunas casas, y tiendas y locales paupérrimos, apenas remendados de mercadería. Había gente tirada en la calle, un viejo, mendigando sin mendigar, más dormido que otra cosa.
Rodrigo miró toda esa pobreza y gruñó.
—Es obvio por qué te mandaron allá.
—El asunto es que… tampoco me visitaron jamás.
—En un par de años vos mismo podrías mandarles dinero para que vayan.
A Kevin se le ensombreció el gesto y quebró una sonrisa de derrota.
—Se los mandé el año pasado.

Vieron un terreno vacío entre dos viviendas, con un poco de basura y un colchón tirado junto a unas cajas y bolsas. Y un viejo desdentado y harapiento de custodio.
El viejo giró la cabeza, guiado por el sonido. Tenía los ojos ceniza de tan usados.
—Ustedes…
—Disculpe, don… —Kevin y Rodrigo se le acercaron. Era la primera persona en varias cuadras— ¿’tamos yendo bien para el centro…?
—Ah… Son porteños… Por un momento pensé que eran ellos… Ya sé que no atacan a estas horas, aunque nunca se sabe…
—¿Sabe usted si…?
—Son porteños, ¿no? No son esas cosas, ¿ah…? No… es muy temprano para ellos… Miren el cielo… ¿Los ven?
Kevin y Rodrigo se miraron, callados.
—Vámonos —dijo Rodrigo.
—No sea altanero, jovencito… ¿Ve el cielo o no lo ve? —De pronto el viejo tomó a Rodrigo de una manga, desesperado— ¿Ve algo raro? ¿Los ve venir? ¿Vienen?
—Cálmese, cálmese… No hay nada en el cielo… No viene nadie…
El pobre viejo pareció tranquilizarse un poco.
—¡Qué suerte! ¡Qué suerte…! Yo… tengo miedo de ser el próximo, ¿entienden? Ustedes son de la ciudad, ¿no? Ustedes pueden irse…
—Estamos conociendo.
—Háganme caso y váyanse. O van a desaparecer ustedes también. Ellos no respetan nada, si son de acá o de allá... ¡Y ni rastros dejan! Si se los llevan, nadie los va a encontrar jamás, ¿entienden?
Los dos chicos sonrieron condescendientes. El viejo miraba hacia un punto fijo abajo, cabeceando rítmicamente, hamacado por un tic. No tenía forma de verlos.
—La soberbia es el peor de los pecados, ¿saben? Se los dice alguien que fue soberbio en la última oleada… Sobreviví, aunque… no se sobrevive a ellos sin pagar un precio… Soy Rulfo… Pregunten por mí, les van a decir…
Quizá siguiendo un ruido, el viejo giró la cabeza a la derecha y mostró la otra mitad de su rostro. Era un manchón negro y rojo de carne quemada y cicatrizada, deforme, surcada de hendiduras y venas, coronado por una cuenca rellena con un ojo muerto.
—¡Carajo! —se espantó Rodrigo.
Kevin frunció la cara y los labios, golpeado por la imagen. Tomó a su amigo de un hombro para ya marcharse.
—De día van a estar a salvo, pero al oscurecer… Ellos vienen en la noche, cuando no queda un alma. Ellos son la noche. Nadie los ve. Nadie ve nada. Se llevan gente y nadie ve nada… ¡Se han llevado más gente de lo que dicen! Amigos míos, gente de la calle, gente que a nadie le importa…!
El viejo ya estaba gritando. Metía miedo. Y tomó a Kevin de la mano para repetirle las advertencias.
—Está bien, ya entendimos —dijo Kevin, y fue a sacárselo de encima
Pero el viejo lo soltó antes, de golpe. Le cambió la cara, además, y se quedó cortado. “Virgen santa…”, pareció murmurar.
El viejo escondió las manos y comenzó a juntar sus cosas, a ciegas.
—¡Te dije que le preguntáramos a una chica!
—¡Váyanse! ¡Váyanse! ¡Aléjense de mí! —gritó aterrorizado el hombre.
La locura era tan grande que Rodrigo tuvo que reprimir una risita cuando el viejo tropezó en su propia huida.
—Está loco —sentenció—, aunque tiene razón en algo: tenemos que irnos de este pueblo de porquería.


7.

La plaza céntrica no era todo lo grande que podría haber sido. Si algo sobraba en ese rincón del mundo, además de polvo, eran tierras. Todos los árboles estaban secos, como si les hubiesen chupado la savia desde el mismo suelo. Los senderos de piedra molida se fundían con la tierra. No había pasto, ni bancos, ni juegos. Había, sí, un monumento viejo, desgastado de la mitad para abajo e irreconocible de la mitad para arriba. Si era el caudillo de una gesta patria o un timador que pasó a la historia, nadie lo podría decir.
La iglesia era grande. De hecho, bastante grande. Muy alta para un pueblo tan bajo, e igual de cansada y pobre. Sin revoque, sin pintura, sin campana en el campanario y sin Cristo en la cruz. La comisaría era chica. O tal vez parecía chica porque estaba al lado de la iglesia, compartiendo pared.
Había, además, un bar, algunos negocios y una casa enorme y de estilo colonial, tapiada con maderas y empapelada de carteles.
Y también había gente. Un parroquiano en el bar, asomado a la ventana, y el cura de la iglesia, que barría la vereda y los miraba sin disimulo.
Un dulzón tintineo de metales se escuchó al otro lado de la acera y de uno de los negocios salieron tres chicas.
Iban riendo, ajenas al mundo. Una de ellas, la que iba al medio, se destacaba de las otras con poca sutileza. Quizá eran las ropas, más a tono con una ciudad, quizá su delgadez más marcada. O cómo la luz se reflejaba en su cabello.
—¡Por fin! —dijo Rodrigo—. Vamos a hablarles.
Parecía un plan prometedor. Era eso o calcinarse bajo el sol de la tarde. Pero un cartel en la esquina, en verdad la espalda del cartel, que apuntaba a quienes venían del este, llamó la atención de Kevin. ¿Qué había que señalar en aquel lugar?
—Dejame ver una cosa…
—¿Qué cosa? Mirala después, se van a ir.
Kevin desoyó a su amigo y comenzó a andar hacia la esquina.
—¿A dónde se van a ir? —Vio la incredulidad en el otro y agregó—. Andá vos… yo estoy en un minuto…
El cartel había estado compuesto por tres listones metálicos que apenas se sostenían. El óxido y la arenisca los estaban comiendo desde adentro hacia los bordes, y el fondo y las letras se veían con dificultad.
El de arriba decía inocentemente LADO OCULTO. Kevin se preguntó si ese cartel no estaría mejor ubicado en la entrada del pueblo, en vez de en el centro.
El listón del medio señalaba A LA TORRE MONTERREY, con una flecha. Kevin miró en esa dirección. Efectivamente, allá lejos, medio tapada por el campanario de la iglesia, se veía una especie de columna gigantesca, tallada por la naturaleza. Era una torre de piedra, tierra y minerales, sin nada alrededor, como si hubiese sido erigido para que se luzca sola. La torre de piedra era altísima, igual de alta que un pequeño cerro, y estaba coronada por una construcción grande y elegante, con cúpula y todo. Kevin la recordaba muy vagamente, a pesar de que sabía que él había estado allí cientos de veces.
El tercer listón del cartel había sido arrancado. Literalmente arrancado. Aún permanecían los remaches sosteniendo los pedazos de metal cortados contra el poste de madera. Alguien había querido enmendar el acto vandálico y enganchó con alambres un segundo cartel más chico, que también fue quitado.
—A Las Tumbas.
La voz lo sacó de su concentración. Frente a él estaba una de las tres chicas que habían salido del negocio, la de cabello largo y lacio que se distinguía de las otras.
—El cartel que falta… Supongo te llamó la atención el cartel arrancado… Indicaba a Las Tumbas, con una flecha para allá… Deberías ir a conocerlas algún día…
Había algo en esa chica que le era familiar a Kevin. Podría ser la voz, tal vez, o esa dulzura que emanaba por cada poro de su piel, especialmente por la sonrisa y los ojos oscuros… No, no era eso.
—¡Ah, sí, el cartel!
La chica rió y Kevin se sintió estúpido.
—¿No sabés quién soy? —volvió a reírse ella. Dios, qué radiante era esa sonrisa, le iluminaba el rostro, la abrigaba con un aura que casi la elevaba—. ¿No te acordás de mí?
—¿Antonella?
La reconoció en ese momento, mientras la nombraba. La recordó, increíblemente, por un hoyito que se le hacía cerca de la boca cada vez que sonreía a pleno.
—Que-bichito —le dijo ella, le sonrió otra vez, se iluminó más que antes y a Kevin le subió una efervescencia de emociones por todo el cuerpo, del estómago al pecho y hasta los brazos y piernas. Antonella era su amiga de la infancia. Era la chica con quien pasaba muchas tardes —casi todas las tardes— jugando, merendando, correteando por ahí o simplemente haciendo nada.
Kevin no supo si abrazarla o no. Era una desconocida ahora, casi una mujer. Tampoco pudo adivinar si ella estaba esperando el abrazo o algo más importante que un gesto. Permanecieron en amagues torpes y dudosos, y se quedaron un segundo sin decir nada, por no saber qué decir.
—¿”Que-bichito”?
—Así te decía. Viene de Kevinchito, que a su vez venía de Kevincito… Y vos te enojabas porque no te gustaba que te dijeran “qué bichito”, ¡jajaj! ¿No te acordás?
Kevin abrió la boca y negó con incredulidad.
—La verdad es que me estoy dando cuenta que no me acuerdo de nada…
—A mí me recordaste —Antonella se hamacó con un destello de vanidad, un destello nada más, y un orgullo sin sentido, adolescente.
Miró hacia el otro lado de la calle, donde sus dos amigas empalagaban al otro chico con gestos y mohines obvios.
—Es lindo tu amigo —dijo Antonella. Kevin estuvo a punto de desencantarse pero miró el gesto de ella y entendió. No había hablado desde el deseo o la curiosidad, hablaba desde cierta altura, no de arrogancia, sino de una distancia similar a la de una hermana mayor. Antonella disfrutaba que Rodrigo fuese lindo y sus amigas se lo estuvieran disputando. O repartiendo.
Kevin la miró por primera vez de pies a cabeza. No había forma de disimular la mirada así que solo trató de ocultar la intención. Antonella estaba linda —era linda—, con un vestidito simple y liviano que terminaba por las rodillas, y el cabello a medias recogido, a medias suelto.
—No, la linda sos vos.
Antes de terminar la frase Kevin se quiso morder la lengua. Cerró los ojos por la torpeza.
Antonella se atragantó con una risita.
—¡Jajaj! ¿Eso funciona en Buenos Aires?
Kevin enrojeció.
—No —Miró a la chica buscando apoyo. Miró alrededor para culpar al pueblo—. Fue muy tonto, ¿eh?
—Podría funcionar con una chica de pueblo —aguijoneó ella.
—Nunca digo cosas así de estúpidas —se disculpó Kevin. Ella se le burló con una mirada de exagerada desconfianza. Él cedió—. En general son más estúpidas.
Antonella echó una risa espontánea. Los dientes le brillaron al sol y hasta los colmillitos defectuosos y feos, que se destacaban como los puntos de unas íes, se le antojaron a Kevin encantadores.
Kevin miró detrás de ella y ambos se quedaron callados. Las chicas y Rodrigo venían a unírseles, ignorantes de ese pequeño momento.
—Me está empezando a gustar este pueblo —anunció Rodrigo, abrazando a las dos amigas de Antonella.


8.

—¿Hasta cuándo te quedás? —preguntó ella.
Kevin la miró levantando una ceja. Venían caminando por la plaza, sin rumbo fijo, más que dar vueltas.
—Hasta que se me termine la plata.
Iban uno junto al otro, él sobre la vereda y ella sobre un borde de adoquines, como si caminara sobre un filo.
—Podrías venir a mi fiesta…
—¿Hacés una fiesta?
—De quince. El sábado… —Antonella trató de no mirar a Kevin, la tentación de ver su expresión era muy grande—. Va a ser divertido. Doscientos invitados de doscientos años cada uno, orquesta con música clásica, valses y minués para bailar, variedad de pescados para degustar, sin amigos…
—Suena como para no perdérselo…
—Ah, pero voy a estar yo, con el vestidito de fiesta más lindo que jamás hayas visto.
—Jamás vi ninguno.
—Está bien, va a haber comida gratis.
Rieron. Sin darse cuenta habían vuelto al inicio, en la esquina de los carteles.
—¿No es la noche del eclipse?
—Papá no escatimó en gastos… —Volvieron a reír. De pronto Antonella fue un poco más seria de lo que pretendió:— Con suerte se oscurece todo y nos podemos escapar…
La distracción hizo que Antonella se resbalara del adoquín y se torciera un tobillo, yendo a dar a los brazos de Kevin, que la tomó de la cintura.
—¡Uy, perdón!
No se separaron cuando ella tuvo otra vez los dos pies firmes en la vereda.
—Allá… —Antonella señaló La Torre—. Allá es la fiesta —Kevichito seguía tomándola y su rostro estaba tan cerca del suyo que se preguntó si no iría a besarla.
Una camioneta alta y lujosa apareció de la nada y clavó sus frenos en seco.
—¿Qué estás haciendo, Antonella?
Los dos chicos vieron asomarse por la ventanilla a un señor de bigote frondoso y ojos claros, de escarcha. Antonella se desprendió de Kevin como si éste quemara.
—Hola, papá…
Lo supo de inmediato, aun antes de que Antonella lo nombrara. Kevin había oído hablar de él: el señor Monterrey era tan distinto a todos en el pueblo que no dejaba lugar a dudas. Era blanco, de ojos claros, y una mirada de no haber nacido derrotado.
—Me caí, pa. Y Kevin me atajó.
El señor Monterrey escrutó al chico con la mirada más filosa que jamás se viera. Kevin sintió un estremecimiento.
—Vos sos el hijo del Amundio —No era una pregunta, era una afirmación, y el desprecio con el que lo dijo descolocó a Kevin. Lo había sorprendido tomando a su hija de la cintura, no podía ser para tanto—. Subí, tengo que ir para lo de tu papá. Y vos, Antonella, andá para casa, no quiero que te agarre la noche.
—Puedo ir con ustedes y después me vengo con vos…
—¡Andá para casa, te digo!


9.

Las ruedas rebotaron contra la piedra y los baches del camino, con un sonido gomoso, casi sordo. La camioneta dobló de un salto a la izquierda, luego a la derecha, y el ripio y la polvareda no pudieron menos que bailar a un lado y otro, contra el sol que se ponía.
El señor Monterrey maniobraba con nervio, al límite. Hubo un vaivén corto, otro barquinazo más. Una casucha roída por la miseria pasó por la ventanilla como una exhalación.
—Nunca vi un lugar tan pobre… —comentó Kevin, para cortar el silencio.
El señor Monterrey lo miró de reojo.
—Dios nos está castigando… No nos envía lluvia, nos quita lo que hay en la tierra… Como no venga un milagro, nos vamos a morir todos.
Kevin lo vio girar el volante, forrado en el mismo cuero con el que habían tapizado los asientos.
—Usted vive en una torre que vale millones, anda en esta camioneta lujosa…
El señor Monterrey casi lo prende fuego con la mirada. Frenó en seco, Kevin se fue para adelante.
—Pendejo de mierda…
Se bajó, rodeó la camioneta y abrió la puerta del otro lado. Tomó a Kevin de un hombro, estirándole la camisa y sacó afuera al chico, casi a la rastra. Kevin se atemorizó, el señor Monterrey era ancho y alto como una puerta.
—¿Qué hace?
El chico fue arrastrado al frente del vehículo, ensuciando de polvo los pantalones.
—¿Qué dice ahí, pendejo?
—¿Qué? ¿Qué cosa? ¡Suélteme!
—La chapa…
Kevin quedó arrodillado frente a la camioneta, con una mano apoyada contra el suelo. Las luces de posición no lo encandilaban, podía ver perfectamente todo, incluso la matrícula. Ahí se dio cuenta. La camioneta era grande y lujosa, cierto, aunque demasiado vieja para una persona supuestamente rica.
—Está bien, está bien. No tenía que tirarme al piso.
El señor Monterrey abrió los ojos, sorprendido por la insolencia, lo tomó de la camisa con las dos manos y lo levantó.
—¡No sé cómo viniste, no sé por qué estás acá! Lo único que sé es que ya no pertenecés a este pueblo. Si se me antoja tirarte al piso, te tiro al piso. Si se me antoja patearte, te pateo. ¿Entendiste? Te dejo pasar ésta porque sos el hijo del Amundio, pero en lo que a mí respecta, desde ahora ya no lo sos más, y si me volvés a levantar la voz o vuelvo a verte alrededor de mi hija, juro que te muelo a palos personalmente. ¿Queda claro?
El señor Monterrey arrojó el cuerpo del chico sobre el capot y recién ahí Kevin pudo tragar una bocanada de aire, con el pecho que le subía y bajaba agitado.
—Y lo de La Torre… —el señor Monterrey volvió a rodear la camioneta para subirse nuevamente—. Pensé que eras más despierto… La Torre vale millones si alguien la quiere comprar. Sino no vale una mierda…


10.

Llegaron y ladró un perro. Kevin por un lado, y el señor Monterrey por otro, bajaron de la camioneta. Kevin cerró de un portazo y se cruzó en silencio con su padre, que salía de la casa. Amundio semblanteó al hombre con desconfianza.
—Aproveché que venía a hablar con vos y te lo traje.
—¿Qué pasa? —preguntó Amundio.
El señor Monterrey lo miró a los ojos. Hacía tanto que se conocían que casi podían adivinar cada uno lo que el otro estaba pensando. Golpeó el techo con una palmadita.
—Entrá.
Adentro, el señor Monterrey apagó el motor.
—¿Por qué carajo lo trajiste al pueblo, Amundio? ¿Estás loco?
—¡Ey, nada de carajo! ¡Es mi hijo!
—Teníamos un arreglo, ¿no?
—Vino solo, yo no lo traje. ¿Con qué plata lo iba a traer?
—Encima en este momento… con las desapariciones…
—No son nada.
—Son reales, Amundio... Como antes...
—Usted mismo dijo que…
—Estamos ocultando todo. Le pedí al comisario que lo tape, y al cura que no mencione nada. Hasta ahora habían desaparecido cirujas…  Pero hace unas noches se chuparon a dos de mis capataces.
—Usted dijo que los había enviado a…
—¿Y qué querés que diga, Amundio? No puedo ventilarlo ahora. La fiesta… hay mucho en juego en esa fiesta…
El Amundio quedó como perdido en sus pensamientos.
—No puede ser…
—Necesito que refuerces la seguridad…
—Es imposible… Matamos a todos esa noche…
—Necesito que vayas con más gente, y otro tipo de armas.
—Prendimos fuego todo… ¡hasta los cimientos!
—¡Amundio! —Amundio se despertó—. ¿Seguís a cargo de la seguridad de la fiesta? ¿Sigo contando con vos?
—Necesito la plata, señor… Sabe que la necesito. Solo que nadie va a querer ir a cuidar su torre esa noche. La gente está muy caliente.
—No es mi culpa que no haya trabajo, mierda. ¡Yo también me estoy arruinando!
—Va a ser una fiesta muy elegante, señor Monterrey, muy costosa. La gente lo sabe. La gente sabe todo.
—¡La gente no sabe un cuerno!
—Sabe que habrá invitados de afuera, solamente. Gente rica como usted, pero de afuera —Amundio abrió un poco su ventanilla, necesitaba aire—. Voy a ver qué consigo, nadie va a agarrar. Quizá mi hijo y el amigo…
—¡No! ¡Tu hijo, no! ¡No quiero a tu hijo cerca de Antonella nunca más! ¡Y menos en su fiesta de quince!


11.

El aire caldeado y húmedo olía más que bien. Su madre preparaba algo para el mediodía, aunque aún no era ni media mañana, como si hubiese empezado antes o como si, una vez que había algo para cocinar, buscara estirar el momento.
—¿Querés algo, mi amor? Puedo hacerte un sándwich.
Kevin negó con un ademán. Había desayunado un rato antes, con ella delante.
María removió un poco lo que había en la olla y se sentó refregándose las manos en el delantal. Miró a su hijo a los ojos.
—Gracias.
Kevin había llenado las alacenas con comida. Ella le había rezongado y se había apurado a guardar todo para que su padre no lo viera.
—Acá la comida está mucho más barata que allá.
—No —su madre apretó las manos en el regazo del faldón. También apretó los labios—. Gracias por venir.
Kevin se sintió inesperadamente consolado.
—Por fin alguien aprecia mi visita.
—No digas tonteras.
—Mi propio padre me pidió que me vaya, el señor Monterrey casi me mata por haberme cruzado con su hija…
—Ah, eso… —María levantó los ojos y alzó una mano, restándole importancia—. Lo de tu padre… no lo culpes. No es que no te quiere, es que son momentos difíciles, y él es un poco bruto, nada más. Y lo del señor Monterrey… bueno, eso es un poco más complicado…
—Ese tipo está loco… En un momento le tuve miedo…
Kevin vio a su madre echar una risita. Fue a la olla, revolvió otro poco y agregó unas verduras que ya había cortado.
—No creo que más miedo del que él te tenga a vos…
Kevin se quedó. Iba a decir algo y de pronto no supo qué. Su madre regresó a la mesa.
—Cuando eras chico, yo trabajaba en la casa del señor Monterrey… En esa época la señora era una buena señora. Era amable, educada, comprensiva… Nunca fuimos amigas, no hubiéramos podido serlo, pero nos entendíamos. Quizá porque fuimos madres para la misma época, y ustedes andaban por la casa todo el día juntos… vos y la Antonella, digo. El señor Monterrey, en cambio, era todo lo contrario. Ahora está de capa caída, apichonado como un perro apaleado… hace diez años tenías que verlo. Era amo y señor.
—Sigue siendo el más rico.
—Eso es otra cosa. En aquella época tenía al pueblo en un puño. Daba trabajo, mantenía iglesia, alcaldía y comisaría. Su palabra era ley. Se hacía lo que él decía, sin discusión. Y lo que decía no siempre era bueno. Es que no era como la señora, todo lo contrario. Ni humano parecía a veces.
»Él ya no te quería. Ni cerca de su hija, ni cerca de su casa. Me dejaba entrar a La Torre con vos porque la señora se lo pedía.
»Un día vinieron unos parientes de él. Un hermano con su mujer y su hijito. El hijito tenía unos años más que ustedes, no muchos. Y era muy travieso… Bueno, más que travieso, era la piel de Judas. Un chiquillo malcriado. Por supuesto fue a jugar con ustedes. Yo estaba limpiando las habitaciones. El chico comenzó a molestarlos. Lo retaron, y la seguía. Los molestaba y los volvía a molestar, más que nada a vos. Estaría celoso, no sé. Se burlaba, te pegaba. Y los padres ni le decían nada, apenas si un reto por compromiso. La cuestión es que ustedes estaban en la habitación de Antonella, solos los tres, los señores charlaban en la sala y yo ya me iba a encargar de la cocina, cuando de repente escuchamos un grito. O más bien un alarido. Un alarido bestial, de terror, de esos que te salen desde las tripas. Era el alarido de un chico. Pero cuando llegamos con ustedes, Antonella y vos jugaban lo más tranquilos, como si nada. Y en medio de la habitación estaba el chico tirado en el piso, babeando, tiritando y hecho un bollito… y con el pelo blanco. Totalmente blanco. Es decir… como los viejos.
»Cuando les preguntamos, ustedes no supieron qué decir. Solo que el chico le había pegado a Antonella. Y que vos la defendiste. Solo eso dijo Antonella. Vos ni siquiera recordabas nada.
Kevin se descubrió aguantando la respiración.
—¿Y el chico… qué dijo…?
Su madre lo miró a los ojos. No lo aguantó y fue hacia la cocina.
—El chico no pudo hablar… Que yo sepa, no habló nunca más en la vida.


12.

No había nadie, y la fragua seguía apagada. Kevin miró alrededor: fuera del polvo, el aserrín y las virutas de óxido, el lugar estaba desoladoramente limpio, como un lugar de trabajo sin nada de trabajo.
Kevin tomó un hierro e hizo algo de ruido en una continuación de la farsa del día anterior. Sonrió por lo estúpido del impulso, su propia madre le había dicho que el Amundio andaba por el pueblo buscando gente para algo del señor Monterrey. Caminó en silencio y despacio, recorriendo con un dedo cada superficie, buscando comprender esos objetos, ese taller, ese oficio de ese padre.
Distraído, pisó algo blando y globoso, algo que hizo un ruido acampanado.
Miró el suelo. Bajo el polvo y el aserrín había un chapón grande. Movió la tierra con el pie y enseguida aparecieron los goznes, los remaches y la argolla. Era una puerta en el piso, sin candado, suficientemente grande para que ingrese una persona. Kevin se agachó y tiró de la argolla.
Abrió la portezuela por completo tapándose la nariz con la camisa, el olor a humedad era tan fuerte que cortaba la respiración. Estaba oscuro adentro, aunque se veía la punta de una escalera de pie, apoyada desde el interior sobre la boca. Kevin encendió una lámpara de mano con una braza de la fragua.
La fosa se lo tragó, cuando inició el descenso. Él entraba de pie. Llevó la lámpara hacia adelante y vio un pasillito y unos anaqueles a su izquierda y unos fierros sobre la derecha. Iluminó lo fierros: parecían lanzas, flechas, picas y otros elementos largos que no se sabía qué eran. Todo parecía antiguo, rugoso, oxidado. Apuntó con la lámpara al otro lado. Sobre los estantes había más cosas. Trapos, cubiletes tapados y destapados, espadas cortas, bolas con mancuernas, unas redes tejidas con hilos y otras de alambre tranzado. Y unas estacas que a Kevin le llamaron la atención, de punta en cruz y apenas retorcidas en un medio tirabuzón. Avanzó por el pasillito. Estaba lleno de aparejos y artilugios oxidados. Había también una docena de ballestas, apiladas de lado, unas sobre otras, corroídas y mugrientas, la mayoría manchadas con algo más, algo viscoso y oscuro que brillaba a la luz de la flama.
—Carajo… —murmuró, y un escalofrío le recorrió el estómago cuando apoyó su dedo índice.
No podía determinar qué tan vieja era la mancha, pero supo que era sangre.


13.

—¿Qué hay, Griego?
—Amundio…
El Griego lo saludó más con una seña que con su nombre, que terminó tragando como si no lo quisiera pronunciar.
—¿Vendrán el Roque y el Zurdo…?
—Por ahí más tarde…
Amundio se arrimó al mostrador y le hizo un gesto con dos dedos para que le sirviera una grapita. “No hay”, le dijo el Griego, y entonces no tuvo más que girar en redondo y hacia las mesas. Apoyado en la barra, miró a los parroquianos aburridos: todos tenían su vasito de grapa o vino bajo el ala.
—Necesito un par de compas para una changa —le dijo al pulpero lo suficientemente alto como para que lo escuchen los otros—. Cuatro, mínimo.
El Griego secó un vaso con su trapo.
—¿No era que no tenía plata don Monterrey?
—Es trabajo. Una noche.
—Tu señor no debería hacer esa fiesta. Nadie la quiere.
—Son los 15 de la hija. Se supone que los ricos hagan una fiesta.
—La gente se está juntando para que la suspenda, ¿sabías…?
Amundio volteó otra vez y enfrentó al pulpero. Claro que lo sabía.
—¿Y un vinito?
—No me queda nada de nada.
No podía culparlo. Tragó un poco de aire —sofocante aire— y giró nuevamente, ya rumbeando la salida.
—Si aparecen el Roque y el Zurdo deciles lo de la changa. Es buena plata.
Fue al abrirse la puerta de calle, que el Griego gritó:
—¿Cuándo se vuelve tu hijo? Pa’ Buenos Aires, digo.
Amundio miró al pulpero con cierto dolor: quince o veinte años atrás, en lo que parecía otra vida, aquel hombre y él habían sido compadres, muy buenos amigos en esa época en que comenzaban a perseguir mozas o se iban con otros compas a cazar paquíes.
Lo señaló.
—Mi hijo no tiene nada que ver con todo esto, Griego. La próxima vez que hablés así del Kevin agarro un fierro y te lo cruzo de lado a lado por el corazón. ¿Entendiste?
El Griego escabulló la mirada y espantó del mostrador una mosca inexistente. Sintió alivio cuando el Amundio se marchó.


14.

No se necesitaba invitación para ir. Los chicos en el pueblo eran los de siempre, y ni plata ni ánimo para una fiesta había. Claro que los pobres también cumplían años y era de buena gente eso de celebrar.
Kevin y Rodrigo llegaron a la casucha de la festejada con bebidas y empanadas. No se hacían regalos, se llevaba algo.
Habían juntado unas mesas en el patio de adelante, que cubrieron con manteles viejos, y habían puesto un cartel colorinche de Feliz Navidad, de manera de avisarle a cualquier vecino o amigo que podía entrar y acompañar. Tres hombres grandes, hinchados de calor y sudor, metían música y júbilo con guitarra, bombo y concertina.
Kevin y Rodrigo se convirtieron enseguida en el centro de la reunión. Eran de Buenos Aires, dos chicos sofisticados. ¿Conocían a alguien famoso? ¿Vivían cerca del Obelisco? ¿Era cierto que allí no había noche? ¿Que aunque era un lugar sin ninguna riqueza, cualquiera podía ser rico?
No solo acaparaban la atención de los chicos, los adultos también estaban muy atentos a ellos. Kevin creyó que especialmente a él.
Con el tiempo la atención fue menguando, pero las chicas invariablemente les regalaban sus miraban, y siempre alguna le sonreía. Rodrigo estaba encantado.
—¡Esto es lo más! ¡Tendríamos que haber venido antes a tu pueblo!
Kevin se acercó a una de las que conociera en la plaza.
—¿No va a venir Antonella?

Era sorprendente la alegría de esa música. Contagiaba, inflaba el ánimo, daban ganas de bailar, de cantar, de festejar. Las viejas empezaban a batir palmas, los padres y tíos mayores, a retirarse con disimulo para no ser atrapados cuando los buscaran. Y las mujeres, que se daban cuenta, les hacían bromas. Los comparaban con los chicos, con su valentía y destreza para la danza, y como esto era mentira, entonces las chanzas volteaban contra los más jóvenes.
En minutos las mujeres se pusieron a bailar entre ellas, con alguno de los chicos y un tío que se animó. Se enganchaban los brazos en esa danza y se aplaudía y se giraba.
Corrió mucho jugo aguado, por el calor. Y mucho vino del barato. En medio de la música y el jolgorio, en medio de las risas, de los bailes ridículos y las acusaciones cruzadas sobre torpezas de todo tipo, Kevin notó que de a poco los hombres —los adultos— se iban apagando. Quizá fuera el alcohol. Seguramente. Pero había algo más que él no terminaba de adivinar. Era —o podía ser— como una desesperanza, la resignación a una tragedia; un sentimiento —un secreto— que no parecían compartir con los chicos.
Kevin notó también que cada dos por tres los viejos lo miraban con recelo. Primero solo un poco, y con disimulo, luego, ya más desinhibidos, con insistencia y mala cara.
En un momento, sin darse cuenta, quedó solo. Aislado, lejos de ese inicio rutilante en el que fue el centro de la reunión, se encontró sentado en una silla desvencijada, mirando la alegría de los otros, la sospecha de los más ancianos, con la música flotando en su cabeza, como si él estuviera ajeno, ahí y ahora.
Vio en un momento a Rodrigo en un costado, sentado con otros dos chicos y una chica, charlando animadamente ya no como el chico mundano sino como uno de ellos. Vio a una de las abuelas acercársele y decirle algo, una broma, y vio la risa contagiada, y a Rodrigo levantarse para ir a bailar con la doña, quitarse la remera, anudarla a su cabeza igual que una bandana, y bailar ahora los pasos aprendidos de haber observado con atención.
Kevin se levantó de la silla. Se alegró por su amigo y se encaminó hacia la calle.
Y nadie advirtió cuando se fue.




DOS

Uno. Dos. Uno más allá. Tres. Y luego diez más.
Son flechas en la oscuridad. Gritan. Chillan. Se ríen como demonios y laceran lo que encuentran a su paso, desgarrando la vida de todos y cada uno, que no hacen más que gritar y llorar por sus muertos, mientras los muertos ya son ellos.
No entienden si hay un jefe, ni quién los sigue. Solo entienden el daño. Matan, violan, rapiñan lo que sea. Acá. Allá. En cualquier rincón de esta tierra maldita, que ya es suya.


15.

“Voy al pueblo”, había dicho en casa, y Rodrigo y los perros de la cuadra salieron con él, como soldados leales a un buen general. Pero Kevin mentía. En vez de rumbear para el este se dirigió hacia el suroeste y entonces Rodrigo lo atajó.
—Pará, que yo sí voy al pueblo —le dijo—. Juan me contó que hacen una asamblea por lo de la fiesta de la Anto.
—¿Juan?
—Juan. ¿No te acordás? Uno de los tíos de Victoria… El del sombrero ridículo. Victoria, la del cumpleaños de ayer… ¿Hooolaaa?
Así Rodrigo lo abandonó. Lo mismo lo abandonaron casi todos los animales, cuando los pasos se hicieron cuadras, y las cuadras se hicieron leguas.
Solo un perro lo acompañó, uno que más o menos siempre iba alrededor de él y con quien compartía silencio y cierto pesar melancólico. Le hablaba sin darle un nombre, y le hablaba poco: “vení”, “¿querés?”, “¿faltará mucho para Las Tumbas?”.
Porque iba para Las Tumbas. Y aunque no había ningún cartel, sabía que iba en dirección correcta, por lo que le dijera Antonella. Cuando el riacho hace una L vos no doblás y seguís en línea recta hasta el cañadón. De ahí para el sureste, unos diez o quince minutos.
Ya había salido del arroyo seco. Estuvo caminando bastante y de pronto sintió el sol como si le frotara la mollera. El perro iba y venía. A veces se atrasaba tanto que Kevin pensaba que ya no estaba con él. Más tarde o más temprano regresaba y se juntaban otra vez, sin decirse nada.
Kevin sacó una botella y tomó dos tragos de agua bien gordos. El perro lo miró suplicante y se relamió. Tuvo que poner sus manos en cuenco y con dificultad vertió un poco. El perro fue lamiendo todo hasta dejarlo sin nada. Puso un poco más.
—Ta linda la Antonella, ¿no? —le dijo al animal. El perro lo miró un segundo, no del todo convencido, y volvió a meter el hocico entre sus manos—. La verdad que no me la acordaba, pero como dijo ella, de alguna manera supe quién era.
El agua se terminó y el perro le reclamó más, mirándolo fijamente. Luego de un minuto interminable se pasó la lengua por todo el morro y volvió a mirarlo otra vez.
—¿Qué querés? Encima que no me das bola con lo de Antonella…
Una hora después llegó al cañadón. Definitivamente cañadón era un nombre ostentoso. El suelo caía de golpe no más de cinco metros, y la falla se continuaba a izquierda y derecha hasta el horizonte, partiendo la tierra en dos.
El perro se puso nervioso en cuanto avanzaron hacia el este. Comenzó como un quejido sordo, un lamento inocente y unos rodeos a paso vivo sobre él. Kevin continuó, y también su compañero. Aceleró el paso y el perro comenzó a quejarse feo.
Supo que habían llegado cuando encontró la tierra desmoronada y las rocas grandes y blancas arrumbadas abajo. El perro ya ladraba constante y giraba haciendo círculos interminables. Cuando Kevin bajó, no lo siguió, se quedó arriba.
Lo que se notaba ahí abajo era que las piedras habían sido llevadas hasta ahí y puestas unas sobre otras formando un muro grueso, irregular. No había casi fisuras entre una piedra y otra, y si hubiera alguna, estaba tapada con barro, cocido con hojas y madera triturada.
Kevin fue para un lado y otro. Las rocas estaban apoyadas contra la pared de tierra del cañadón, tapiando algo. Terminó sentándose en una de las piedras y sacó la botella de agua. Se sintió desahuciado, dos horas de caminata para nada. El perro le ladró corto otra vez. Enseguida se escuchó algo reptando sobre la tierra y un timbre brilloso.
Una bicicleta y Antonella se asomaron desde arriba.
—Llegaste —dijo ella.
—¿Cómo supiste…?
—Rodrigo. Me lo crucé en el pueblo, se iba a una asamblea contra mi fiesta.
—Ah, sí… —Kevin no encontraba las palabras—. Algo… me dijo…
—Ojalá hagan que papá la suspenda —Kevin puso tal cara de sorpresa que Antonella se sintió obligada a decir algo— Es… complicado… Papá va a usar mis quince para sus cosas… —Antonella se puso roja y triste a la vez. Comenzó a bajar—. No quiero hablar de eso.
Kevin la recibió con sus brazos. Quedaron uno junto al otro, tomados.
—Gracias.
El perro los miró desde arriba.
Kevin tuvo que disimular un movimiento evasivo cuando una mano de ella fue a dar a su espalda. La soltó, a su pesar. Y rogó que no se diera cuenta.
—No supiste cómo entrar —Antonella caminó alrededor de las piedras—. En el último año de la primaria veníamos acá todos los días. Era como una aventura, ¿sabés? Lo teníamos prohibido por los mayores, decían que acá había un muerto.
—No es la mejor forma de alejar a un chico, decir que hay un muerto.
—Los varones venían a probar su hombría. Era un desafío a las historias… y sobre todo a los padres. —Antonella revisó las piedras presionando una y otra—. Las chicas los seguíamos, si alguno nos gustaba.
—¿Qué historias eran esas?
—Este lugar se llama Las Tumbas porque acá era donde descansaban ellos.
—Ellos…
—Los que nos aterrorizaban… Los que nos hostigaron desde siempre… Ya sabés, los ubuntu.
Kevin la miró desconcertado.
—¿Ubuntu…?
—Habrás oído algo: venían al pueblo a saquear y matar. Nos cazaban, hacían lo que querían… Eran salvajes, insaciables, bestiales… Verdaderos animales, criaturas del diablo, ¿entendés? Invadían el pueblo y lo chupaban como una sanguijuela. Literalmente, Kevin. Ellos se alimentaban con la gente de Lado Oculto. Venían en oleadas, una vez cada generación. Luego comenzaron a venir más seguido.
—¿Cuándo se supone que sucedió eso?
—Uhhh… cientos de años… Desde que el pueblo mismo nació.
Kevin sabía que en los pueblitos alejados y perdidos como aquel se forjaban historias, mitos, leyendas. Ésta era de las buenas.
—Una noche que se puso borracho, el tío de un amigo mío le confesó que hace unos años los del pueblo terminaron con la maldición. Le dijo que un día la gente se cansó. Que los viudos, viudas, huérfanos un día se armaron de valor y vinieron acá, a Las Tumbas. No sé cómo se enteraron de su escondite, del lugar donde dormían. Vinieron una tarde de mucho calor, una tarde como ésta. Vinieron con palos, con fuego, con estacas… Y entraron. Y dicen que mataron a todos y prendieron fuego el lugar. Desde los pisos y hasta el techo, cada recoveco, cada pasillo. Todo. Dijo que los alaridos de esas criaturas se escucharon hasta el pueblo.
Kevin tragó saliva.
—Mierda que les inventaban historias para que no vengan.
—No, Kevin. La historia inventada es que hay un muerto. La otra es la historia de verdad —Antonella comenzó a retirar algunas de las piedras amontonadas—. ¿Querés ver?


16.

Para entrar tuvieron que escurrirse entre las piedras. El hueco era extremadamente angosto, una persona adulta no habría pasado. Kevin pensó en su amigo: Rodrigo no era adulto y tampoco hubiera pasado, ni posiblemente las amigas de Antonella.
Kevin se sacudió el pantalón. Adentro la oscuridad era tangible, cortada apenas por el tajo de luz que venía de la abertura. Había un olor cercano a lo insoportable allí, a fuego, a incendio en realidad, a podredumbre. Un aroma tan acre y ácido que irritaba la nariz. Antonella buscó a tientas en el piso hasta hallar una lámpara de aceite, que encendió de inmediato.
—Éramos chicos pero no tontos.
La luz creció: estaban en una cueva pequeña, de unos tres metros de altura, con una boca hacia la izquierda, un pasillo seguramente, y hollín y cenizas por todos lados. Había una alambrada de este lado, ennegrecida y rota, hecha con hilos de hierro trenzado, similar —igual— a la que viera en el taller de su padre.
Antonella se encaminó con la lámpara hacia la boca oscura.
—Vení.
Kevin la siguió. El pasillo no era corto, y a la mitad descendió abruptamente en escalones inusualmente altos. Diez o tal vez quince metros y se abría hacia una cueva más grande.
—Una de las cuevas... —presentó Antonella—. Esta es como una sala de estar. Hay otras iguales, y una realmente enorme…
Kevin pisó y se le hundió un poco el pie. Era una tierra mullida, suave, de sentir aterciopelado: cenizas.
—Prendieron fuego todo.
En el suelo también había cacharros de cerámica partidos en pedazos, leños quemados no del todo consumidos y hierros aquí y allá. Los hierros le resultaron familiares a Kevin. Tomó uno y lo miró a la lumbre: enmascarada bajo el oxido y la sangre quemada y seca, una estaca con punta en cruz, girada en un medio tirabuzón. La tomó y el contacto con el arma le erizó la piel.   
—Mi teoría es que ésta era una sala de reuniones, un lugar para jugar, leer… ¿Ves? —Antonella acercó la lámpara a una pared. Había huellas de una estantería y en el piso una montaña de cenizas. Levantó un trozo del lomo de un libro que halló en el suelo—. Acá leían o estudiaban.
Kevin guardó la estaca en uno de sus bolsillos y tomó el pedazo chamuscado. Era un lomo duro, de madera, forrado en cuero crudo, seguramente curado con sal y lustrado. Tenía unas letras negras, sucias, irreconocibles por el fuego.
—¿Es una broma? —Kevin alzó los ojos para mirar a Antonella y la luz de la lámpara bailoteó un poco. Las sombras en la pared se hicieron caprichosas—. Dame —le dijo. Y le quitó la lámpara.
Llevó la luz a la pared, pegándola al ras, y la recorrió. Ceniza, por supuesto, huellas de objetos filosos que hendían la pared.
—¿Creés que nuestros padres…? —comenzó Kevin.
Entonces lo vio, sobre una de las paredes. Se despegó de las sombras con la viveza de un rayo de sol. Brilló en la luz y primero Kevin no entendió qué era. Una pequeñísima medialuna blanca y filosa, combada, aferrada a la pared como si le fuera la vida.
Una uña. Un pedazo de uña enorme, que no parecía humana. Ensangrentada, enganchada a la pared y a un pedazo de carne cocido hasta hacerse piedra.
No pudo contener el vómito, Kevin.
—¡Oh por Dios! —se horrorizó Antonella.
Kevin se recuperó, sin que el sudor frío se le fuera.
—Esto… Esto es real…
—Yo… yo… Siempre pensé que eran historias de borrachos… Yo… no sabía…
Él la abrazó y Antonella se aflojó y se angustió hasta llorisquear.
—Mis padres… No puede ser… Mis padres no…
Kevin la tuvo así abrazada un buen rato más. Miró de reojo las paredes y vio que había alguna uña más, y más marcas en las paredes, y entendió que algunas manchas oscuras no eran de tierra quemada sino de sangre fundida contra los muros.
Fue cuando escucharon los ladridos. Desesperados ladridos.
Volvieron hasta la entrada y dejaron la lámpara donde la habían encontrado.
Afuera estaba anocheciendo. El perro seguía más malo que un demonio. Ladraba y ladraba, o gemía. Kevin y Antonella fueron con el animal pero arriba no había nadie. Eran ladridos al aire, a la noche.
—¡Perro estúpido! —lo retó Antonella.
El animal ni se percató de ellos. Siguió gimiendo, ladrando y enfureciéndose contra el cielo.
—Hay algo ahí… —notó Kevin.
Antonella se tomó instintivamente los brazos.
—No hagas bromas… No es momento de…
—Agarrá la bici.
Comenzaron a andar rápido, al trote y más rápido también. El perro dejó de ladrar y se les sumó enseguida.


17.

Había ido a La Torre miles de veces. A llevar trabajos de herrería, a acompañar a su mujer cuando trabajaba para la señora, a pedir por la vuelta de su hijo. Nunca se acostumbraba a su majestuosidad, su prepotencia obscena, y esa arrogancia manifiesta del hombre que había puesto la construcción en la cima.
La Torre era una aberración de la naturaleza. Una aberración absurda y genial. Era una estaca en medio del desierto, de la altura de un cerro y no más ancho que unos cincuenta pasos. Parecía clavada en la tierra por la mano de Dios, y uno la podía ver apareciendo en el horizonte desde la cima, magnífica, incluso antes de llegar al pueblo. Arriba y en la base era más ancho. El tiempo la había ido gastando en el medio, erosionándola más y más hacia el centro, hasta dejarla como el cuerpo de una manzana puesta de pie, comida toda alrededor.
—El señor ya lo atiende —le anunció el lacayo, que no era otro que un compa del pueblo.
Además de la cima había otro nivel en la torre, cerca del suelo, que era donde se vivía a diario y donde él esperaba ahora. Arriba estaba reservado para fiestas, ocasiones especiales o simplemente para ir a ver el mundo desde el cielo. E ir a alardear, claro. Se llegaba subiendo por las interminables escaleras o por el montacargas externo que ascendía mediante un sistema de poleas movidas por unos animales de tiro.
—Amundio, ¿qué pasó?
—No viene nadie, señor Monterrey. Es lo que le dije, la gente no quiere, la gente está muy de malas.
—¡Me importa un carajo la gente! ¡Yo también estoy de malas! ¿Cuántos juntaste?
—Ninguno. Dicen que la fiesta los puede atraer.
—¡Esas son pavadas!
—¿No es usted el que quiere reforzar la seguridad…?
El señor Monterrey hizo una mueca de preocupación.
—No es la fiesta. No sé lo que es pero no puede ser la fiesta.
—Se han juntado en el pueblo para ver qué hacer.
—¿Una mitin? ¡Yo no autoricé ningún mitin!
—Esta vez tienen razón, don Monterrey. Es mala idea por donde se lo mire… La fiesta se hace en el punto más débil…
—¡La Torre es una fortaleza!
—¡Una fortaleza contra la gente, no contra esas cosas! ¡Usted lo sabe, carajo!
Amundio y el señor Monterrey se quedaron en silencio. Se conocían demasiado bien como para tenerse temor u ofenderse por tonterías.
—Puedo traer a mi hijo y a su amigo.
—¡Te dije que no quiero a tu mocoso rondando a Antonella! No lo quiero cerca, ¡mucho menos en la fiesta! ¡Ya lo tendrías que haber mandado de vuelta, por Dios santo…!
—No va a estar cerca, señor. Ni siquiera se van a ver. Ustedes estarán adentro, nosotros afuera… Haga como quiera, yo solo le digo que no puedo vigilar el perímetro de la torre todo el tiempo —Amundio suspiró cansado—. Quizá sea mejor cambiar fecha y lugar...
—No puedo suspender la fiesta, Amundio. Invité a mucha gente muy rica de la provincia. Gente importante… Y tiene que ser una fiesta suntuosa, algo nunca visto. Me estoy gastando hasta la última moneda, amigo… Estoy desesperado… —El señor Monterrey agrió la comisura de sus labios, estaba sintiendo un sabor desconocido en su boca—. Voy a ofrecer a mi hija al Comandante Ramos. Se la voy a ofrecer en matrimonio.
—¡¿El Comandante?! Es que… la Antonella tiene 15 y él… bueno, no sé cuántos tiene, ¡pero es más viejo que nosotros!
Por primera vez alguien vio la angustia y la derrota en el rostro del señor Monterrey.
—Es mi última carta, Amundio. Y la última carta del pueblo.


18.

El pueblo, maldito pueblo. Polvoriento, gastado, surcado de callejas que iban a ningún lugar, o aun peor: que iban a un lugar cualquiera. Lo vieron acercarse, como si no fueran ellos los que venían andando, con la luna colgada arriba, tan curva y filosa como una uña recién cortada. No había bruma, solo flotaban en el aire los hedores a frituras, a invierno apurado, a tierra, a polvo, a sangre.
Kevin aflojó el paso, exhausto, lo mismo que Antonella. Habían sido muchos kilómetros de vuelta, que fueron corridos o caminados de acuerdo al miedo y al cansancio.
Un gentío se arrumbaba contra la ochava de una esquina en semi penumbras. La lámpara de la calle, sostenida arriba por una cuerda y un milagro, alumbraba y ensombrecía la esquina a intervalos caprichosos, como si el viento, ese que no soplaba, le hubiera dado con el dorso de un ala.
Había alguien tirado en el piso, además del gentío. Se tomaba el estómago aunque no se movía. Los hombres, cinco o seis tipos grandes, hablaban fuerte y enojados. Las mujeres estaban histéricas, varias arrodilladas junto al cuerpo, santiguándose y rezando en un murmullo.
Kevin y Antonella se acercaron. El cuerpo era el de un hombre viejo y flaco, desaliñado, de ojos empañados. Cuando la luz bailó otra vez sobre él y lo iluminó, Antonella pegó un grito y se tomó del brazo de Kevin. El cuerpo estaba abierto en el abdomen de una manera brutal. Abierto igual que una vaca en el gancho del matadero, con sangre por donde se mire, y órganos e intestinos desbordándose como gusanos. El pecho estaba empapado de rojo, y desgarrado y tajeado en girones. También tenía mordidas por el cuello y la cara.
—Lo conozco… —murmuró Kevin cuando la luz volvió a pasear y vio el rostro del pordiosero con el que se cruzara el día anterior.
Antonella lo miró sin entender, y los hombres giraron hacia ellos con expresiones feas.
—No me extraña que lo conozcas —le espetó uno—. ¿Vos no sos el hijo del Amundio?
Kevin dio un paso atrás, con Antonella, que no lo soltaba. Vio venir más gente, y a una de las mujeres irse con paso vivo en dirección a la plaza.
—¿Qué…? ¿Qué pasó…?
—Vos deberías saber… Fueron ellos… y volvieron… volvieron otra vez, y me juego lo que no tengo a que los trajiste vos…
A Kevin se le encogió el estómago. Lo que fuera que andaba por Las Tumbas, en la oscuridad de la noche, habría adivinado que ellos iban al pueblo. ¿Podría ser que sin querer lo hubieran traído?
Una de las viejas que rezaba de rodillas señaló el horizonte.
—Vinieron de allá… Vinieron de Las Tumbas…
El más ancho de los hombres, un morocho de rostro aindiado y barba y mugre de tres días, escupió al suelo.
—Todo esto es culpa tuya —le dijo directamente a Antonella, y dio un paso hacia ella, que se hizo más chica bajo el cobijo de Kevin.
El hombre se acercó un paso más y le señaló con un dedo el pecho.
—Esa fiesta de mierda los está atrayendo…
—Tienen que suspenderla —dijo otro—. ¡Suspenderla para siempre!
Las mujeres se sumaron a la furia con gritos y reclamos.
—Tendrían que usar esa plata para darle trabajo a la gente.
El gentío se les vino encima. Las que estaban sobre el cadáver se incorporaron y se unieron a los de pie y en unos segundos Kevin y Antonella quedaron rodeados a medias y reculando. El cuerpo del pordiosero quedó olvidado, dos metros más allá.
—La gente se está muriendo de hambre acá abajo y la señorita se anda dando la gran vida…
El que la señalaba con el índice le apoyó un dedo en el pecho, acusándola.
—¡Oiga, no me toque! ¡Soy la hija del señor Monterrey!
—¡La hija de un hiju’e puta!
—¡Ese hijo de puta les dio de comer durante toda su vida!
—¡Hambre, nos dio! ¡Con la fortuna que hizo con nuestro trabajo deberíamos ser todos ricos!
—¿Ricos? ¿Ahora quieren ser ricos? ¡Porque hace un segundo no tenían otra cosa más que hambre!
—¡Antonella!
La vieja más vieja dio un paso adelante y levantó un puño hacia la chica,
—Esta mocita tiene muchos aires de princesa. Ustedes no podrán hacer nada porque son hombres, pero yo le voy a enseñar…
Kevin sacó de entre sus ropas la estaca que se trajera de Las Tumbas y la esgrimió como si fuera un puñal. Los otros se quedaron. Aunque aquello no los podría frenar a todos, en tal caso sí iba a frenar al primero.
Entonces apareció el único policía del pueblo.
—¿Qué pasa acá? —Y vio el cuerpo tirado—. Uh, carajo…
—Fueron ellos, comisario. El chico los trajo.
El comisario se agachó junto al cuerpo despanzurrado. Lo revisó brevemente.
—Pudo haber sido un coyote.
—Comisario, déjese de joder, no somos críos.
El comisario se levantó y miró por primera vez a los chicos.
—¿Qué hacés acá? —le dijo a Antonella. Y miró a Kevin, y otra vez a Antonella—. Tu papá no quiere que te juntes con éste…
Kevin aun sostenía la estaca en posición de defensa.
—Señor, ella…
—Callate, pendejo, que a vos no te di vela.
Todo el mundo se quedó cortado. Era la primera vez que escuchaban al comisario con un tono así de duro y un desprecio casi palpable.
El comisario miró al cadáver ahí tirado, y luego miró a los otros.
—Cúbranlo con algo y no toquen nada. Yo voy a llevar a la hija del señor Monterrey a su casa y regreso —Miró a Kevin de abajo a arriba—. Y vos, pendejo, volvete ya. Hoy. Todo esto es culpa tuya.


19.

Kevin garabateó con la estaca sobre el polvo del suelo. Era medianoche y el cielo seguía de un brillante prepotente. Había tantas estrellas, y tan luminosas, que daban una especie de vértigo, una sensación de un cielo enfermo que se venía abajo. Era imposible mirarlo y no marearse. Se preguntó si el eclipse las empañaría o las haría aun más magníficas.
—Fui a las Tumbas.
Kevin estaba sentado en el piso, respaldado sobre la pared del frente de su casa, solo. Desde la puerta, desde adentro, la madre le respondió.
—¿Por qué mejor no entrás?
—Te digo que fui a Las Tumbas… Que estuve adentro… Que vi todo el lugar hecho cenizas…
Kevin le mostró la estaca quemada de sangre.
—¿Es cierto lo que dicen, ma?
María salió y quedó de pie frente a él.
—Fue hace muchos años, Kevin… y nadie quiere recordarlo. El pueblo enloqueció. En aquella oportunidad comenzaron a aparecer cuerpos mutilados… como ahora… Primero desapareció gente, luego encontraron cuerpos comidos, desmembrados… Cuando empezaron a entrar en las casas, el pueblo no lo toleró más.
—¿Qué clase de gente hace algo así?
—Kevin, mi amor, tenés que irte del pueblo. Está volviendo a pasar…
—¿Qué clase de gente, ma…?
María apretó instintivamente el crucifijo que le colgaba del cuello.
—Cuando yo era chica… un poco más chica que vos ahora… vinieron del sur…. Siempre vienen del sur… Eran muchos en esa época, aunque mi padre me dijo que antes, cuando él era chico, venían de a más. Y el padre de mi padre, a su vez, lo mismo… —María exhaló aire como si hubiera hecho un esfuerzo enorme—. Vinieron en dos o tres oleadas, arrasando todo, yo estaba aterrada. Mi abuelo parecía loco de alegría. Los hombres mataron a muchos, y ellos… —Frunció la cara como si evocar aquello le doliera— Recuerdo ese momento y se me vienen los gritos, el fuego, el olor, la sangre…
—Escuché que se comían a la gente... gente del pueblo…
—Es lo que siempre se dijo. Es lo que siempre creí, pero… Alguna vez me pregunté por qué, si venían a comer, los cuerpos aparecían bastante enteros. Destrozados, sí; no comidos.
María miró a su hijo con ojos acuosos. Diez años sin verlo, desde que era chico, y la vida se lo devolvía a punto de ser un hombre. Extendió la mano.
—Dame la estaca. No quiero que te ensucies con esa sangre.


20.

15 años antes.

La horda cortó el desierto con el humo y el fuego de sus antorchas. Las luces —más bien las sombras— jugaban con sus andrajos, sus miserias raídas, sus arrugas de una vida dura y casi siempre injusta. Serían medio centenar, tal vez más, y había picas, lanzas, estacas, redes y ballestas. Algunos llevaban puñales, cuatro manejaban una camilla en los que cargaban un tonel que se notaba pesado. Y todos, hombres y mujeres, tenían unos pellejos hechos de tripa de cabra que desbordaban un líquido aceitoso.
Un hombre se distinguía entre los otros como un diente de ajo en una sopa de tomate. Era limpio, blanco, con ropas caras y finas, y portaba una barba austera y bien recortada. Iba al frente, como seguramente también lo había hecho su padre muchos años antes, como le correspondía por ser quien era.
El señor Monterrey dio un golpe de vista a la muchedumbre. Casi todos, quien más, quien menos, habían perdido a alguien en manos de los ubuntu: un hermano, una madre, un amigo, un conocido. Todos tenían una cuenta pendiente. Las bestias habían incursionado el último año con mayor violencia, incluso entrando a las casas, cosa que jamás habían hecho. Esto era algo que los hombres no iban a tolerar mucho tiempo, y cuando esas cosas entraron a la planta inferior de La Torre, con la señora y la servidumbre adentro… El señor Monterrey se estremeció ante el recuerdo. La planta baja de su torre había sido una de las primeras en ser atacada. Habían entrado a la casa cuando aun no tenían las rejas, una noche que él no estaba, y atacaron y destrozaron todo lo que encontraron. Tuvo la suerte de llegar a tiempo y con el herrero. Entre los dos pudieron salvar las vidas de su mujer y media docena de sirvientes. A la otra media docena la encontraron descuartizada y diseminada por todos lados.
—Amundio —llamó ahora, mientras marchaban.
—¿Patrón?
—Ya estamos llegando. Mandá a las mujeres atrás y que a ninguno le falte nada. Y después prepará la red.
No necesitó más el Amundio, que desapareció con diligencia.

Entraron callados a Las Tumbas, con orden de silencio estricto. Sabían ya que los ubuntu estarían durmiendo. Era de día, y si ellos despertaban a la noche, era de esperar que descansaran con el sol arriba.
El señor Monterrey y el Amundio entraron primero, aunque no es justo decirlo así: el pueblo entero se sumergió en la oscuridad de la caverna, filo y fuego en cada mano.
La oscuridad era total, y ahí adentro hacía tanto frío que las antorchas parecían iluminar apenas un poco más allá de su lumbre, como si fueran a morirse en cualquier momento.
La primera cueva estaba vacía. Las paredes brillaban a la luz, empapadas. Los hombres avanzaron. La segunda estaba también inhabitada pero no vacía. Había una mesa grande de madera y algunas sillas, y estantes en las paredes, repletas de libros de grosores varios.
Recién en la siguiente cueva encontraron al primero.
Estaba solo, tirado sobre una mesada, desmayado. Se habría quedado dormido porque ellos no dormían así. Era alto y huesudo, como eran ellos, y el filo de sus uñas —de sus garras, mejor— y sus colmillos largos se veían igual de amenazadores aun cuando parecían sin vida.
Amundio se colocó un guante en la mano derecha y sacó un sable arqueado y corto. Hizo una seña al señor Monterrey. La muerte debía ser limpia, rápida, y sobre todas las cosas, silenciosa. No sabían cuántos estaban durmiendo por allí y un grito de aviso podía provocar una masacre errada.
En un segundo, Amundio tapó la boca de la bestia con su mano enguantada y con la otra le cortó medio cogote, al tiempo que el señor Monterrey le clavó una estaca en el pecho. Hubo un regurgitar de sangre, un pataleo enfermo, un aletear en su espalda, que apenas vivió un segundo, y la bestia dejó de respirar.
Luego retomaron la incursión, pisando suave y sin arrastrar los pies. Respirando poco, en parte para no hacer ruido y en parte porque el miedo les cortaba el aliento. Entraron a otra cueva vacía y luego a otra, con el señor Monterrey y el Amundio siempre al frente. Eran muchos, y era difícil. Fueron cortando los pellejos e impregnando cada rincón con el líquido viscoso.
El arnés con el tonel se hizo lugar entre la gente y enseguida llegó a la primera línea. No había más bestias, ni dormidas ni despiertas. Solo se oía un goteo lento y cadencioso, que se hacía más y más fuerte a medida que la columna se metía más y más hondo en las profundidades.
Hasta que llegaron a la última. A la cueva principal. El pasillo se hizo ancho y de pronto el señor Monterrey, el Amundio y todos quedaron quietos y estupefactos, maravillados ante lo que ningún ser humano estaba preparado para ver. Una caverna espaciosa, redonda, gorda como una gota de sangre, con un techo alto y abovedado, tan alto y abovedado como, cuentan, se ven en las iglesias de ciudad.
Y ahí arriba, ellos.
Los ubuntu.
Era imposible determinar cuántos había porque estaban en el techo —pegados al techo— y colgados boca abajo, durmiendo el más profundo de los sueños. Las antorchas apenas los alcanzaban con su luz, y era como si esa cúpula fuera un firmamento de monstruos, de alas recogidas como capullos, con puntas brillantes, con ojos abiertos pero muertos, que parpadeaban a la luz de las antorchas.
Era un cielo alucinante, con cientos de humanoides huesudos, quiroptescos colgados como flechas demenciales a punto de caer.
—¡Santo Dios…! —se le escapó a uno de la segunda línea, y el eco de su voz resonó en toda la estancia con un repiqueteo interminable.
Todos enmudecieron y el señor Monterrey giró para apuñalarlo con la mirada. El hombre se petrificó y sin mover su cabeza miró a uno y otro lado esperando que ningún ruido dijera que alguna de esas aberraciones se había despertado.
El eco fue desapareciendo hasta que el goteo lento y persistente volvió a ser lo único vivo en la caverna.
Volcaron el tonel, le quitaron un tapón y lo hicieron rodar hacia el centro de la caverna principal para que desparramara el líquido. Como el tonel no llegó muy lejos, el señor Monterrey y el Amundio fueron hasta allí, lo tomaron entre los dos y lo vaciaron con sus manos, impregnando hasta los rincones y depositando el barril en el medio, justo bajo las bestias.
La idea era irse, sellar la salida y prender fuego todo. Pero eran demasiadas antorchas para que ninguna se equivoque.
De una tea cualquiera se desprendió un pingajo ardiente, fuego empapado en tela que se deshacía en guiñapos. Cayó al piso y en el piso estaba el reguero que había dejado el tonel. Ni chisporroteo hubo. La flama se continuó desde el aire y aterrizó en el piso con tal fluidez que todo pareció una sola cosa.
El fuego corrió y el Amundio y el señor Monterrey vieron irse la llamarada como si viajara en una mecha.
—¡Las ballestas, rápido! —gritó el señor Monterrey—. ¡Y empiecen a salir!
Hubo un segundo de incomprensión en la pueblada, hasta que vieron al señor Monterrey, al Amundio, y a los hombres de la primera línea apuntar con sus armas al techo.
Y disparar.
Las flechas cruzaron el aire por el umbral de luz del incipiente fuego, como una imposible lluvia hacia arriba, y atravesaron los primeros cuerpos de los Ubuntu, dormidos boca abajo.
El primer alarido fue desgarrador, inhumano. Fue como si estuvieran despedazando a alguien vivo.
Hubo unos cuerpos desplomándose. Hubo un aleteo. Un revolverse de cuerpos ensartados y despertando a la vez.
Y hubo una segunda lluvia de flechas.
Más cuerpos cayeron muertos o malheridos. Y abajo ya espesaba el fuego, y el humo comenzaba a arder. Los nuevos alaridos despertaron al resto y la tercera andanada de flechas encontró a los monstruos sacudiéndose a la vida, desprendiéndose del techo, comenzando a aletear y entender qué sucedía.
Los hombres retrocedieron y arrojaron más flechas, ya sin apuntar, y escaparon de la cueva principal prendiendo fuego en su huida.
En los corredores todo fue pánico, caos y locura. Entre el humo y el rojo enfurecido de las flamas asomaron los primeros ubuntus. Las flechas arrasaron con los de adelante, pero no hubo tiempo de recarga con los que venían detrás. Con sables, estacas, cuchillas, con cualquier cosa había que aguantarlos. Y los aguantaban mientras salían: el señor Monterrey, el Amundio y cada vecino los conjuraron a cada paso que se acercaban.
Fue inevitable, sin embargo, que cayeran los primeros hombres. Un monstruo alcanzó a un muchacho junto al Amundio, y en un santiamén fue devorado por el humo que ya abarcaba todo. Por el humo y por las bestias que venían.
Algo pasó. Algo fuera de lo planeado, que hizo que de repente el grupito de hombres que hiciera vanguardia quedara rodeado.
Los ubuntu no usaban armas. Su furia, su instinto, sus garras, despedazaban todo lo que se les ponía adelante. Entre el fuego que se volvía incontrolable, el humo que mataba e irritaba el aire, y las bestias, los hombres fueron cayendo uno a uno, y por milagro no lo hizo el señor Monterrey, cuando perdió su espada.
A tientas, ciegos en medio de la batalla, el Amundio encontró un hueco en una pared y lo arrastró consigo a su patrón. Entraron a una recamara pequeña y oculta.
Había dos de ellos en el piso, muertos. O quizá más. El humo era tal que se veía muy poco y abrasaba los ojos.
Y había una cuna.
Una cuna con un bebé impregnado de hollín, casi asfixiado pero removiéndose.
El señor Monterrey vio al Amundio frente a la cuna, con una estaca en lo alto, congelando la puñalada.
—¿Qué esperás? —gritó—. Matalo.
El Amundio amagó, tan solo amagó mover el brazo, y se aquietó. El bebé no tenía alas, no tenía colmillos ni hocico, no tenía la piel azulina y delgada como papel.
—¡No puedo!
—¿Cómo “no puedo”? ¡Es uno de ellos!
Sobre el piso se movió algo y en un parpadeo una de las bestias se incorporó y tomó al señor Monterrey. Abrió la boca sobre su cuello y justo cuando iba a desgarrarlo, el Amundio arrojó con fuerza su puñal.
La cabeza se le sacudió para atrás al ubuntu, y un hilo de sangre roja, tan roja como la humana, le brotó por la frente hendida. La bestia cayó sin vida y el señor Monterrey jadeó tomándose instintivamente el cuello.
El Amundio miró a los ojos al dueño del pueblo. Fue hasta la cuna, tomó a la criatura y la ahuecó entre sus brazos.
—Es solo un bebé —se disculpó.
—¡No es un bebé, es una cría!
—Lo siento, no puedo matarlo. Y usted sabe que la María y yo no podemos… Nunca pudimos… ni vamos a poder…
—Amundio, esa cosa…
—No tiene alas, ¿no ve? De seguro lo habrán robado…
—Parecen humanos hasta que crecen, ya lo sabés…
—Esto es cosa de Dios, patrón, no puede ser casualidad. Es Su voluntad, de seguro es Su voluntad…
Con el bebé encima, el Amundio se agachó a los pies del señor Monterrey y retiró con fuerza el puñal clavado en el cráneo de la bestia. Se lo dio a su patrón.
—Tome —le dijo—. Ahora tiene un arma.
Sin esperar más, protegió al bebé entre sus ropas y salió, con el señor Monterrey detrás.


21.

En el presente

—¿No me vas a invitar una taza de té…?
—¿Me estás tomando para la chacota, Lucía?
—No…
—¿Te pensás que soy tonta, que me voy a creer de que justo andabas por acá y se te ocurrió saludarme? ¿Cuántos años hace que no nos vemos, Lucía? Si el Amundio se despierta de la siesta y te ve en la puerta se me va a armar la de San Quintín. No te quiere en esta casa. Ni a vos ni a tu marido ni a la Antonella. A tu marido lo tolera porque a veces le da una changa, pero si te ve acá se la va a agarrar conmigo.
—Está bien, está bien… Vení, caminemos. Aunque sea acompañame hasta el puentecito. Monterrey tampoco sabe que vine, y si se entera también me va a hacer problemas… Estamos en la misma, vos y yo, María… Como siempre…
—En la misma… No me hagas decirte cosas que no quiero decirte.
—No seas así… Vos sabés que no puedo contar con él… Que siempre estuve sola… Y esto es tan grande, tan fuera de todo… Si no fuera por vos, los primeros tiempos… Vos fuiste de algún modo mi amiga, la única que me entendía, la única con quien podía hablar… Y vos, lo mismo: vos compartías tu secreto conmigo.
—Ni siquiera en eso nos parecemos, Lucía. Yo comparto mi secreto con el Amundio. ¿Vos compartís el tuyo con tu señor Monterrey?
—No seas injusta, sabés que no es lo mismo. Yo no puedo…
—Vos no pudiste. Eras joven, estabas asustada. Hoy es otra cosa, hoy es cobardía.
—No es cobardía. No hay manera de que Monterrey lo pueda entender. Me mataría. Y a Antonella…
—La enviaría bien bien lejos… Como me obligó a hacer con el Kevin.
—¡Es diferente, por Dios! Vos sabés mejor que nadie que es diferente. Antonella no es como Kevin.
Llegaron al puente. Absurdo puente que se elevaba por sobre un rio vacío. Lo caminaron hasta la mitad y se detuvieron arriba, apoyadas en la baranda, mirando el lecho, como cuando eran jovencitas y buscaban su reflejo en el agua. Vistas desde el río que no había, parecían suspendidas en el aire.
—¿Me tomás de tonta, Lucía? Limpié tu casa durante tu embarazo, ¿o ya te olvidaste? Me hice cargo cuando no quisiste ningún médico y la tuve que revisar a la Anto del derecho y del revés. Y vos le viste las mismas marcas en la espaldita que le vi yo, por eso te horrorizaste y la cubriste enseguida. No me hablés como si fuera una idiota, Lucía. No me hablés como si no hubiera estado ahí, como si no la hubiera sacado de tu vientre, lavado la sangre y puesto en tu pecho. Y sobre todo no me hablés como si yo no fuera de confiar, porque en quince años nunca nadie supo nada, y aunque yo me comporté como Dios manda, como la gente que soy, vos y el otro hijo de puta de tu señor me hicieron empacar un hijo y mandarlo lejos como si fuera una encomienda, porque alguien, vos o él, murmuraron algo, y el pueblo comenzó a hablar. Cinco años tenía el Kevin, Lucía. Cinco. ¿Vos dónde estabas cuando lo mandamos a Buenos Aires? ¿Dónde estabas cuando se fue hecho un llanto y con el Amundio nos sentimos peor que esos animales? No me hablés de sentirte sola, Lucía, vos tuviste siempre a la Anto...
—Yo no quería eso. Vos sabés que yo no quería… Yo soy madre, yo no quise…
—¿No quisiste qué? ¿O ahora no estás acá para pedir que lo despache al Kevin otra vez pa’ Buenos Aires?
—Tenés que ponerte en nuestro lugar, y más con las cosas que están pasando en el pueblo.
—Son de no creer, ustedes…
—Ya sé que no es fácil, y por la plata no te preocupes, lo mandamos nosotros, pero date cuenta que si él sigue por acá corren peligro Antonella, él mismo, vos, yo, y todos los del pueblo.
—No voy a perderlo otra vez. Me lo robaron diez años, no lo voy a volver a echar como un perro.
—No seas necia, María, ¡ni siquiera es tu hijo!
La bofetada resonó en el horizonte de esa tierra puro sol y arcilla. El sacudón despeinó los cabellos de Lucía, que se tomó la mejilla en rojo.
—¿Y tu hija qué?
—Mi hija sí es mi hija. La gesté nueve meses y casi me muero desangrada en el parto.
—¡Once meses! ¡La gestaste once meses! Me pediste ayuda incluso para mentir con eso… Sos increíble, Lucía. Hasta te cubrí con la violación… Vos me traicionaste con lo del Kevin, y en cambio yo nunca jamás le dije a nadie que a vos te violó una de esas cosas… Ni al Amundio se lo conté.


22.

La Torre era un faro de luminarias tornasoladas en medio de la noche. Había una fiesta arriba, con luces, guirnaldas y banderolas esmaltadas de pigmentos brillantes hacia cada punto cardinal. En la cima, en el pico más alto, una fragua ardía leños traídos de Oriente, que derramaban chispas interminables, provocando una lluvia de pequeñas estrellas multicolores.
La construcción era enorme y estaba dispuesta sobre una plataforma casi circular y ceñida por una galería abalconada, que también hacía de perímetro. La galería era libre hacia afuera, resguardada solo por una barandilla de hierro con ornamentos góticos, mientras que hacia adentro daba a enormes puerta-ventanas que comunicaban con el salón principal, las otras salas y las habitaciones.
Para la fiesta, los ventanales habían sido cubiertos con grandes y pesados cortinados bordó de hilo tejido en cruz, y sedas color perla.
Los vigilantes tenían prohibido ingresar a la fiesta, aun en una emergencia. Kevin recorrió el vallado de telas finas hasta dar con un pequeño hueco entre los pliegues. ¡Por Dios que era una fiesta! Las mesas opulentas. Los finos invitados. Las ropas elegantes. Los músicos…
Y Antonella.
Con un vestido cercano al blanco, encorsetada, con los hombros descubiertos y el cabello recogido y rebelde, que le caía un poco sobre la frente. Y la sonrisa. Y los ojos. Y los labios.
—Es la cosa más hermosa que vi en mi vida… —susurró.
El Amundio carraspeó sonoramente, aplaudió fuerte con sus dos manazas y comenzó a despabilar a la tropa.
—Bueno, se acabó la función… ¡Ustedes! —se refirió a los únicos dos hombres que le consiguió el señor Monterrey—. Lleven ballestas, un cuerno y cuatro sacos de flechas cada uno. Se ubican a cien pasos uno del otro y apenas ven algo raro avisan. Kevin, ayudame a colocar la última reja. Aunque sea una parte del balcón va a estar protegida.
Un buen rato después, y mientras desde adentro venía un coro de violines, se escuchó un trueno y un rumor lejano. Kevin se asomó por sobre la barandilla de hierro que seguramente habría forjado su padre, o su abuelo, y miró hacia abajo. Doscientas o trescientas personas se agolpaban al pie de la torre, con antorchas y carteles hechos a mano. Estaban a gran distancia, y si bien el sonido subía, La Torre era tan alta que solo se oía un murmullo. Más gente venía de los distintos caminos, formando columnas que se sumaban a la manifestación.
—¿Será peligroso? —preguntó Kevin.
Amundio se asomó igual que su hijo y se sorprendió. Había bastante más gente que la última vez que se fijara. Y más antorchas y carteles.
Se escuchó un gozne, un ventanal abrirse y el ruido de fiesta subir y volver a morir al cerrarse. El señor Monterrey se ubicó entre Kevin y su padre, y también miró abajo.
—¿Qué mierda quieren ahora…?
—Señor Monterrey —dijo el Amundio—, voy a necesitar más gente. Los dos tipos que puso para ayudar… con todo respeto, señor, serán muy buenos con los jardines pero no saben agarrar una ballesta.
—Con los jardines tampoco son tan buenos…
El señor Monterrey fue hasta el más cercano de los telescopios montados en la baranda.
—Están todos… El Mateo, Felipe… Está el Bartolo… hijo de puta, le llevé a la mujer de un tiro al hospital provincial, cuando se le moría acá… Que se quejen todo lo que quieran… no tienen agallas para darme problemas… Además, ahí adentro y con la música, no los vamos a escuchar.
Kevin lo vio irse nuevamente hacia la fiesta.
—¡Qué reverendo hijo de puta!
Monterrey se frenó un mínimo instante, prácticamente nada, y continuó. Tenía buen oído aunque la verdad era que el chico buscó que lo escucharan.
Cuando quedaron solos, Kevin fue hacia el telescopio y observó la muchedumbre.
—Dejá eso, hay que organizarse…
Le hizo una seña a su padre y observó un poco más. Había de todo entre la gente. Muchos hombres, por supuesto, y también mujeres, viejos, chicos, chicas y algunos niños. Hasta perros, vio Kevin. La muchedumbre se agitaba de una forma extraña. Lo hacía lentamente y sin ir a ningún lado, como un latido, y lo sorprendente era que seguían llegando nuevas columnas desde todos lados. Había focos de fuego aquí y allá, que todavía no representaban un gran peligro.
De pronto lo descubrió. Allí. Con ropas de pueblo. Con una antorcha y un cartel escrito a mano, gritando como el que más, junto a otros paisanos: Rodrigo.
Kevin cabeceó riendo y fue a reunirse con su padre.


23.

Primero fue casi una sensación, como ver manchas sobre oscuro. Y si el cielo y la noche no hubiesen estado tan increíblemente estrellados, o si hubiera sido un poco más tarde y la luna ya estuviera eclipsada, seguramente jamás los habrían visto venir.
Eran ellos. Los ubuntu.
Y venían por el aire. Volando, como vuelan los ángeles. O los muertos.
—Llegó la hora, hijo… —gritó el Amundio, para que se lo escuche por sobre la fiesta.
Kevin vio las sombras aladas contra la noche, oscuras, porque eran oscuras. Solo los ojos los delataban, pero eran ojos tan brillantes como las estrellas, así que también se confundían. Tragó saliva.
—Tengo miedo.
El Amundio lo miró a los ojos y le sonrió por primera vez.
—Si no tuvieras miedo no serías humano.
—Voy a avisarle a los otros.
—Que se fijen si también vienen de allá.
Kevin zanjó la galería exterior de una corrida, observando cada tanto el horizonte. Llegó agitado al otro lado, a donde los dos empleados del señor Monterrey charlaban casi de espaldas a lo que debían vigilar.
—Ya están acá… —dijo, y vio el terror apoderarse de sus rostros.
Kevin regresó con los dos hombres detrás. Cuando llegó con su padre, encontró espadas, escudos, sacos llenos de flechas y ballestas, una de las cuales era más grande y con un pequeño depósito adosado para carga automática.
—No vienen por ningún otro lado. Son solo esos…
—Entonces son pocos —dijo el Amundio, que seguía sacando armas de un baúl empotrado en una pared.
El más asustado de los peones —cualquiera de los dos era el más asustado— se asomó hacia abajo y señaló la muchedumbre.
—Hay cada vez más… Quizá tengamos suerte y los ataquen solamente a ellos…
Amundio le dio una ballesta y le alcanzó un casquillo de cota de malla que cubría cabeza, cuello y hombros. Al pobre hombre le temblaban las manos cuando la tomó.
—No los trae el hambre, Saverio.
Los hombres terminaron de calzarse protecciones y armas, y otearon el horizonte. Las bestias estaban ya muy cerca, ahora se distinguían fácilmente. Venían volando, y cuando abrían y agitaban sus negras alas, ocultaban las estrellas que brillaban más atrás.
Se escuchó un chorrear ligero en el balcón. Kevin vio a uno de los peones: estaba aterrorizado mirando el horizonte y de entre las piernas le caía un agua amarillenta.
Como para preservarle al hombre algo de dignidad, Kevin continuó el recorrido de su mirada hacia la fiesta. Las cortinas se habían corrido un poco desde la última entrada del señor Monterrey, aunque no tanto como a Kevin le hubiera gustado. Se veían más parejas bailando, gente mayor y de elegantes vestidos y fracs. Sonaba un vals, que llegaba más bajo y más grave, y que tocaba una orquesta de la que Kevin solo podía ver a algunos músicos maniobrando unos violines.
Abajo, la muchedumbre que se venía oyendo como un rumor, comenzó a gritar algo inentendible, una palabra o dos, al unísono, un clamor, con rabia en cada acento. Algunos le prendieron fuego a la torre, que era tan grande que difícilmente la fueran a quemar.
—¡Preparate, Kevin!
Ellos, los que volaban —los ubuntu—, ya casi estaban.
Kevin los pudo ver por vez primera. Eran feos, aunque la belleza y la fealdad nunca fueron tan relativas. Tenían cuerpos humanos, escuálidos hasta los huesos, y de sus espaldas se desplegaban unas alas oscuras, anchas y delgadas, como de piel. Tenían crenchas por pelos. Colmillos por dientes y una nariz apenas hocicada que les daba un aire de murciélagos. Era una imagen que lo sorprendía, no que lo aterrorizaba.
—¡Fuego a discreción! —gritó el Amundio.
Kevin aguantó la respiración.
Y disparó.
El primero que venía hacia él cayó atravesado en medio del pecho. Graznó como un animal, dolor y muerte. Se detuvo en el aire, se tomó el agujero que era pulpa y sangre, falló un aleteo y se precipitó al vacío.
Kevin disparó otra vez, con ojos entrecerrados por el miedo. Y luego otra. Su padre descargó una ráfaga y varios monstruos cayeron en un soplido de muerte. Uno de los peones estaba tan impresionado que erraba todos sus disparos, clavando la mayoría en el techo. El otro se paralizó del terror.
Los ubuntu que lograron cruzar las primeras andanadas de flechas alcanzaron el balcón. Uno fue directo al hombre quieto y le hundió sus garras en el pecho. El hombre cambió pánico por dolor, en un alarido desgarrado. Kevin soltó la ballesta y tomó una espada, con manos temblorosas, sudadas. Fue hacia la criatura y la clavó por detrás, más de miedo que por convicción. Vio a la criatura arquearse, de espaldas a él, y agotar, fundir a nada su fuerza y su violencia. Lo sintió morir, espasmar en un latido de muerte, y lo sintió en la espada con la que lo atravesaba, como si la hoja forjada por su padre le concediera la potestad sobre la muerte. Cuando el ubuntu amagó una nueva convulsión y se volteó buscándolo, Kevin despertó y su temblequeo se fue, movió la empuñadura para no permitirle al otro siquiera girar y, consumada la muerte, retiró el filo bañado de rojo.
Pero venían más. Apenas si tuvo tiempo de darse vuelta y ensartar a otro que se le venía con los colmillos hacia adelante, como cuchillas preñadas de sangre. La espada se clavó hasta el guardamano y el ubuntu hizo un gorgoteo pastoso. Kevin se lo quitó palanqueándolo con su pierna.
—¡Agarrá un escudo! —le gritó su padre.
Amundio y el otro peón ya estaban luchando con espadas y lanzas. Cuando algún mandoble tocaba a un monstruo, este se retiraba, y luego regresaba con más saña. Eran pocos, aguerridos, tozudos y con mucho odio.
Un zarpazo le desgarró a Kevin un lado de la camisa. El chico retrocedió y en el mismo movimiento giró con la espada extendida. El sablazo le cortó a la bestia más de media ala. El desconcierto en la criatura fue completo, y Kevin aprovechó y lo empujó con fuerza para arrojarlo por sobre la barandilla. Kevin se asomó, como si necesitara cerciorarse: con el ala destrozada, la criatura cayó viva y dando círculos en espiral. Más abajo, el enjambre de gente corría desesperado de un lado al otro, atacado también por algunas criaturas.
La muchedumbre, que había iniciado focos de fuego bajo la torre, escapaba ahora en estampida, en medio de un gran caos, con la gente atropellándose, cayendo y siendo pisoteada por el desmadre.
Kevin miró tras él, a los ventanales. La música sonaría muy fuerte porque adentro seguía la fiesta. Como si no pasara nada. Había en el medio del salón un grupo de hombres y mujeres negros, vestidos con ropas de liturgia de colores brillantes, haciendo un baile y algunos movimientos que todos aplaudían cortésmente.
En el balcón, uno de los ubuntu robó una espada y cortó una pierna del peón. El hombre se dobló de dolor y Kevin arrojó su propia espada para evitar que lo remataran. Pero falló, y la hoja fue a dar a su padre, que estaba detrás, incrustándose debajo y a la izquierda del tórax.
—¡Ahhh!
El monstruo despedazó el vientre del peón. Hundió tanto sus garras que la mano se le quedó trabada entre unos huesos. Kevin tomó la espada que diera en su padre y fue detrás de la criatura, que ahora forcejeaba con desesperación.
Kevin blandió su espada y la cabeza de la bestia se desprendió del cuerpo como una pelota fallando un malabar.
El chico miró hacia su padre.
—Perdón, papá, no quise…
—¡Atrás, hijo!
Kevin giró justo para aguantar a un ubuntu que se le arrojó encima. Una garra cortó carne y camisa. Otro manotazo más y Kevin fue a dar al suelo.
El monstruo avanzó un paso, quedando sobre Kevin. El chico estaba por completo a su merced.
—Asesinos… —dijo el ubuntu. Kevin lo escuchó claro, hablaba como un humano.
Con la garra en alto, dispuesto a atravesarle el corazón, el monstruo miró al chico a los ojos, para darle la estocada final. Perdido por perdido, Kevin volteó buscando su espada con urgencia, pero estaba demasiado lejos. En el movimiento le dio media espalda a la bestia, que le vio en el espinazo unas cicatrices pequeñas y ovaladas, perfectas, dispuestas de a pares.
—U… buntu… —dijo, y se congeló—. Uno de los nuestros…
Ni tiempo tuvo Kevin de reaccionar. Una flecha atravesó el balcón y perforó al monstruo de lado a lado, de costado.
Esta vez no hubo grito, solo la sangre salpicándole todo el rostro a Kevin. El monstruo cayó junto a él, aun respirando. Kevin miró a su padre, con la ballesta descargada en su mano. Fue con la criatura.
—¿Qué fue eso que dijiste?
El ubuntu sonrió a pesar de su muerte. Era más humano esta vez.
—Uno… Todos… —dijo—. No acabaron con nosotros, entonces…
—¿De qué hablás…? Ustedes venían a masacrarnos…
—¿¡Nosotros!? No… Ellos… Siempre fueron ellos… Durante siglos… nos cazaron… Por miedo, primero… después por diversión… Los hombres… siempre muy crue… les… —el ubuntu hizo un esfuerzo sobrehumano y alzó una garra en un último movimiento. Lo acarició en la mejilla y sonrió—. No fue en vano…
La mano cayó de la mejilla al suelo cuando el ubuntu dejó de respirar.
Kevin giró hacia su padre, que sangraba.
—¿Vas a vivir? —le preguntó con sequedad. Hubo un asentimiento con los ojos—. ¿Es cierto lo que dijo?


24.

La música era vivaz, desbordante de glamur. Los violines y chelos eran como jergones de armonía sobre la que una flauta canturreaba un contrapunto festivo. Los tambores y tamborines aportaban frescura. No todos bailaban, muchos conversaban, reían, y bebían vino claro y espumante. Había pasado la primera comida y habían presentado ya a la agasajada; y las charlas y murmullos benévolos y condescendientes la tenían como única protagonista.
Solo algunas pocas señoras, esposas de los señores más acaudalados de la comarca, se atrevían con el rumor de que Antonella había sido comprometida con el Comandante Ramos, que por edad estaba más cerca de un lecho de muerte que de uno nupcial. También hablaban de la endeble y casi desesperada situación económica del señor Monterrey, que ofrecía una fiesta ostensiblemente suntuosa pero no tenía suficiente servidumbre para cubrirla con propiedad.
Las mujeres —en realidad, todos— vieron al Comandante Ramos invitar a Antonella a bailar una pieza, y a Antonella excusarse débilmente por una jaqueca. Vieron al Comandante hablar con el señor Monterrey, y al señor Monterrey convencer a Antonella.
El Comandante Ramos tenía a la agasajada de la mano, en un desnivel de tres escalones, a punto de llevarla al centro del salón, cuando una de las puerta-ventana se abrió de par en par.
Las pláticas cesaron de repente, las cabezas de cada invitado giraron una a una con expresiones de asombro. La música dejó de sonar a medias, con un violín rezagado y un flautín que murió atragantado.
Una botella rodó por una mesa y fue a dar al piso, y en ese instante, del ventanal, apareció la figura de Kevin.
Serio, erguido, con una expresión en los ojos que no se le había visto jamás a nadie, como si de repente hubiese vivido mil años. Llevaba la ropa hecha girones, salpicada de sangre espesa, con heridas por todo el cuerpo y un tajo que le cruzaba una mejilla y trepaba hasta la frente por encima de un ojo.
En la otra punta del salón, Antonella sonrió.
Kevin avanzó un paso y el murmullo volvió a inflar el aire.
El señor Monterrey salió al cruce.
—¿Qué estás haciendo? —lo increpó con furia—. ¿Cómo te atrevés a presentarte así? Esto es una fiesta, por Dios. ¡Una fiesta para gente honorable!
El muchacho lo ignoró y siguió avanzando hacia Antonella. Quizá por el desplante, quizá porque el murmullo creció y se hizo palpable, el señor Monterrey enrojeció y tomó al chico de un brazo. Éste ni se inmutó. De pronto una brisa —un viento súbito— inundó el salón, a lo mejor desde el ventanal abierto, aunque las cortinas no se movieron. Kevin levantó suavemente su brazo, que parecía flotar, y el señor Monterrey salió despedido por el aire como si una mano gigante e invisible se hubiera quitado de encima a un insecto. Siguió avanzando y pasó junto a la señora Lucía, que se santiguaba sobre una mesa, rezando en un rumor y en el inicio de un llanto.
Las mujeres y algunos hombres se hicieron a un lado con cada paso de Kevin, y Antonella se acercó, bajando un escalón. Pero el Comandante Ramos aún la tenía tomada de la mano y bajó con ella, interponiéndose ante el muchacho, que ya estaba allí.
—No se te ocurra tocarla. Es mía. Me está costando un montón de tierras y una algodonera en el valle.
Kevin dio un último paso y extendió su mano hacia Antonella, que parecía feliz y ausente de todo lo que la rodeaba.
Claro que no se tocaba la propiedad del Comandante Ramos. El hombre dio un topetazo a Kevin y sacó un estilete que brilló como un desquicio.
En un parpadeo, casi sin que nadie pudiera verlo, Kevin le quitó el estilete y en el mismo movimiento se lo clavó al Comandante Ramos en el pecho, con tanta displicencia que ni siquiera lo perforó seriamente. El Comandante Ramos se tomó el pecho y cayó.
Y Kevin alcanzó la mano de Antonella con la suya, ensangrentada.
Y fue como si de repente el salón todo estallara en mil pedazos. La brisa se hizo huracán, los vidrios rompieron hacia afuera, las cortinas y los peinados se deshicieron en el viento y un rayo, una energía luminosa e incandescente, que no venía de ningún lugar, pero estaba ahí, hizo centro en Kevin y Antonella.
Lucía lloraba: “No, Dios mío… No, Dios mío…”, y el señor Monterrey, que se había repuesto y venía corriendo hacia ellos, tuvo que detenerse a la carrera cuando vio lo imposible.
Sobre la espalda de Kevin, la poca tela deshecha se terminó de desgarrar mostrando claramente unas marcas oscuras, óvalos iguales dispuestos en pares, que se dibujaban con la perfecta simetría de la naturaleza. Kevin se desperezó, levantó la cabeza y gritó un grito terrible, abominable. De las cicatrices de la espalda comenzó a salir algo oscuro, negro, filoso: unos huesos delgados y piel de seda. Salió primero uno con un filamento epidérmico, y luego, de otra cicatriz, un segundo hueso; y en menos de un minuto los que ya estaban afuera más los que no dejaban de salir se hicieron grandes, se desdoblaron, y la película sedosa se extendió de a poco, como si bostezara de una siesta, y entre el grito de dolor, el retorcimiento de ese cuerpo adolescente, de pronto, dos alas grandes y oscuras se desplegaron y se abrieron, y antes que todos los presentes reaccionaran, Antonella comenzó a temblar y gritar, se arrancó el vestido que la encorcetaba, y de su espalda, de las cicatrices en su espalda que había ocultado por quince años como si tuviera lepra, también comenzaron a nacer dos alas.
El señor Monterrey giró hacia Lucía, que rezaba llorando lágrimas que le herían de negro las mejillas.
Lucía le devolvió la mirada.
—Lo… siento…
Kevin y Antonella alzaron una mano cada uno, a la altura del pecho, y se las tomaron en espejo. Se vieron por primera vez, oscurecidos de piel, luminosos como nunca y como nadie, con las alas, con los colmillos incipientes, con la piel venosa y los ojos apenas enrojecidos. Con el eco del dolor todavía en el cuerpo, con el miedo a lo nuevo y lo extraño, pero con la seguridad de haberse encontrado. Desplegaron sus alas, como quien se estira antes de correr. Kevin miró hacia arriba, hacia el cielo esmerilado y estrellado de vitres franceses. Antonella lo siguió con la mirada.
—¡Hija, no! —se escuchó al señor Monterrey.
Sin soltarse, Kevin y Antonella agitaron las alas brevemente y en un instante estuvieron en el aire, en medio de esa luminiscencia azulina que los abrazaba. Rieron como chicos, de nervios, y la luz celestial los elevó aún más. Y agitaron alas otra vez y el nuevo impulso los ayudó a subir más rápido.
“Lo sabía…”, siseó el Amundio, que había llegado a su mujer y se tomaba la herida abierta, sonriendo.
Y mientras el murmullo se convirtió en griterío histérico, Kevin y Antonella se elevaron más y más, y alcanzaron la cúpula abovedada y la quebraron, la rompieron en mil pedazos y cruzaron hacia afuera, hacia la noche, hacia ese mundo lleno de estrellas y aire y viento y cielo, que era el suyo.

Así, suspendidos en la noche, juntos, en medio de la luminiscencia que los envolvía, voltearon hacia el horizonte, hacia todo el horizonte, y vieron a los otros.
Como ellos. Una docena de chicas y chicos elevándose solos, mirándose los cuerpos, las alas, sin entender, asombrados, maravillados y aterrados a un tiempo. Parecían candiles que flotaban lentamente, emergiendo, buscando nacer definitivamente.
Antonella miró con ojos nuevos las estrellas que menguaban y la luna desaparecida, robada en la noche. Se apretó a Kevin.
 —El eclipse… —dijo, y lo besó en la boca por vez primera.
Entonces dejaron de flotar, sin más que para batir alas e iniciar el vuelo hacia la nada, hacia la luna ausente, o el sol de mañana que ya no volverían a ver, jugando, aprendiendo, reconociéndose en cada contacto cuando se rozaban o se chocaban. Kevin entendió, repentina, súbitamente, lo que la criatura le había dicho: quince años antes los ubuntu no habían venido a comer, a matar, o siquiera a defenderse del ataque del hombre. Era peor. Los ubuntu habían venido en una viaje enloquecido, suicida y desesperado, huyendo de la extinción a la que los estaban sometiendo. Los ubuntu habían venido a perpetuar. A no dejar morir su especie. A inseminar, como un último y quimérico recurso.
Kevin, Antonella y los otros chicos y chicas que ya no se sostenían por luz ninguna, batieron alas y se dirigieron hacia el sur.

— FIN —


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