EL
OSCURECER DE LA SANGRE
Marcelo Ciccone
(VERSIÓN 1.1)
(VERSIÓN 1.1)
UNO
Era
un pueblito huérfano de Dios. Ocre. Empobrecido. Siempre moribundo. Tenía la plaza, el
ayuntamiento y la iglesia, y tenía a la peonada en harapos y a un señor feudal
derramando dicha desde una torre inalcanzable.
Pero
el suelo se le había hecho yermo, ahora, y el señor ya no era tan señor. Ni tan
feudal. Los años —los malos años— le habían comido primero sus tierras, que
solían producir lo que a él se le antojara, luego sus riquezas, que se
desangraban día a día en un goteo lánguido, y finalmente su familia.
Aunque
lo de su familia bien pudo ser por otra cosa. Porque ese asunto vino de antes,
de cuando llegaron ellos. O en tal
caso fue desde siempre, porque algunos dicen que ellos estuvieron aquí desde el principio, desde que estas tierras no tenían
iglesia, ni señores, ni miseria… Desde que no tenían siquiera tiempo.
1.
La noche era
cerrada, sin luna, y más fría de lo que él la podía recordar. No se veía nada,
ni el polvo del camino que seguro levantaban con sus zapatillas agujereadas de
kilómetros. Los ojos se les terminaron acostumbrando, si es que de algo valiera
acostumbrarse: desierto por aquí, desierto por allá, algún que otro árbol y
yuyo seco. Y camino y más camino hacia adelante, hacia el infinito.
—¿Llegaremos en
esta vida?
Era extraño el
efecto de sus voces en medio de la nada.
—Te dije que había
que caminar.
Era como que la voz
se le perdía a uno; se alejaba tanto que ya no era la propia. Y el sonido que
les devolvía parecía otro. Parecía…
—¿Qué fue eso?
El más bajo y de
cabello enmarañándole los ojos se detuvo y frenó a su amigo. Había un siseo
débil en alguna parte de la noche, lejos, como un sonido animal o menos aún,
que se moría estirado en un quejido.
—¿Escuchaste?
—Debe ser el
viento.
—¿Hay… lobos en
esta zona…?
El más bajo y de
cabello en los ojos echó una risa franca.
—¡Jajaja! Te
contaron muchas historias de terror, a vos.
Pero el siseo
volvió, y esta vez más claro y presente.
—¡Carajo! ¿Qué fue
eso?
—No lo sé.
—¡Se supone que vos
sos el experto en estas cosas de pueblo!
—Apuremos el paso.
Se ajustaron las
mochilas sobre sus hombros y caminaron más rápido hasta ir casi al trote.
Miraban a ambos lados, a veces hacia atrás. No se veía nada. O casi, pues había
como manchas negras moviéndose contra la oscuridad, que parecían más una
ilusión que otra cosa, porque no había qué ver, ni en la oscuridad, ni en las
sombras.
El siseo se escuchó
otra vez, y ahora definitivamente cerca.
—¡A la mierda, qué
es eso? ¿Dónde carajo me trajiste?
—Debe ser una
víbora —arriesgó el que ya no echaba ninguna risa franca.
Estaban casi
corriendo, el siseo se desplegó en el aire y de repente se levantó una brisa
fuerte que trajo un olor a cosa podrida y a frituras y grasa. El viento agitó
algo arriba, se escuchó un latigueo grave, corto, como un banderón o una vela
cuando flamea al viento.
Los dos chicos
miraron hacia atrás y por sobre sus cabezas, asustados. En la corrida habían
llegado a una hondonada. El camino bajaba de golpe y tras la loma se vieron
unas luces, algo de humo y un ranchito de piedra con un cartel escrito a mano:
“Pulpería”.
2.
Cruzaron la puerta
de un salto, agitados, jadeantes, histéricos de adrenalina, y con los dientes nerviosos.
Adentro, un acordeón desinfló sus últimas notas y los dos chicos giraron para
ver dónde habían caído.
Se encontraron en
lo que parecía una taberna, o un almacén de campo. Un puñado de hombres los
miraba, callados. Vestían barato, medio andrajosos, y llevaban barba de varios días.
Algunos mascaban escarbadientes; los más afortunados, un cigarrillo. Pero todos
andaban cerca de un vasito de vino o grapa.
El que estaba en lo
que parecía una barra sonrió, mostrando una hilera de dientes desparejos y
ennegrecidos. Los demás les vieron la traza de ciudad y también revelaron sus
ausencias.
—¿En qué se les
puede servir?
—Hay algo ahí
afuera.
No fueron las
palabras lo que enserió a los paisanos. Fue la tensión apretada en esas voces.
—¿Algo como qué?
—No lo sé… algo…
Escuchamos un ruido… y después el viento… No debe ser nada…
Un rumor bajo amagó
nacer y murió enseguida cuando el pulpero caminó hasta las ventanas.
—Debe ser el
cansancio que tenemos…
El hombre corrió
una de las cortinas que recelaban la mugre de los vidrios. Se asomó.
—Sí… —Soltó la
cortina—. El cansancio…
El hombre estudió a
los dos muchachos. El más bajo era aindiado y de piel café, como cualquiera. Si
no fuera por las ropas no parecía de ciudad. El otro no tenía forma de esconderlo.
—¿A dónde van?
—A Lado Oculto,
señor. ¿Sabe si falta mucho?
—Ya está en Lado Oculto,
porteño.
—Soy Kevin, señor
—dijo el aindiado—. Él es mi amigo Rodrigo.
—Hola —saludó
Rodrigo.
El pulpero ignoró
el saludo y su boca se curvó en un gesto descompuesto.
—Al pueblo son diez
kilómetros más.
—No es mucho.
—Lo es, con esta noche.
Quédense acá, no les cobro los colchones.
Los dos chicos asintieron.
Incluso ese lugar parecía mejor que andar ahí fuera, corriendo de algo que no
veían. Rodrigo se desprendió la mochila y consultó al pulpero.
—¿No tiene un
teléfono, de casualidad, no?
3.
Kevin frotó las
manos y se arropó un poco por el frío. No había visto una noche tan estrellada
en su vida. Las luces, el smog, la vida de la ciudad te quitaba eso. Bueno, la
había visto, con seguridad, cuando era un crío y aún vivía en el pueblo, ¿pero
quién podría acordarse? Él si apenas retenía un atado de sensaciones y
recuerdos: sus padres (más por fotos que otra cosa), el polvo en todos lados,
como una alergia, y el miedo. No sabía por qué ni cómo, el miedo estaba untado
al pueblo en su recuerdo. Aunque tampoco sabía miedo a qué.
Estaba sentado en
el escalón de la puerta trasera de la pulpería, sin más que hacer que no poder
dormir. Diez kilómetros lo separaban de la casa de sus padres. Diez.
Kevin sonrió con
amargura: ¡una maldita vida los separaba! Lo habían enviado a Buenos Aires a
los cinco, cuando ni se sabía limpiar los mocos. De ese viaje, de esa escisión,
tenía un recuerdo vago, deshecho por el tiempo, de esos que uno va
reconstruyendo con impresiones nuevas y finalmente no sabe cuánto de verdad y de
ilusión termina siendo.
Fue a parar con sus
tíos, que eran buenos tíos, y que no habían hecho preguntas. Y por lo mismo, no
tenían respuestas.
Le dolía el
desarraigo, la incertidumbre y la culpa, si bien con el tiempo supuso que
habría razones. Lo que no entendía y lo mortificaba era la escasa comunicación.
Alguna carta cada tanto —muy cada tanto—, escrita solo por la madre, en la que
contaba algo de ella, un poco del padre, casi nada del pueblo y donde, sí, le
decía que lo extrañaban y que ya llegaría el día en que estarían juntos. Pero
los años pasaron y ese día jamás llegó.
Entonces Kevin, que
nunca tenía un centavo, juntó moneda sobre moneda hasta comprar el pasaje. Y
luego siguió juntando hasta tener con qué quedarse allí, porque, aunque
pareciera extraño, prefería no deberles nada.
Hacer algo de dinero
en Buenos Aires no fue gran problema. Vivir con remiendos y zapatillas deshechas,
tampoco. Lo difícil era andar por la vida con un puñado de cartas y un recuerdo
como única prueba de quién era.
Abrió la boca y arrojó
su aliento a la oscuridad, para jugar con el vapor. No le dio el gusto, la
noche, y el aliento no cuajó en humo.
Buscó en su
bolsillo y sacó un relicario pequeño y de dos hojas enchapadas y lo abrió. Miró
las fotos otra vez. Eran las dos de siempre. Las únicas que había recibido por
carta en los primeros años. Ya estaban sepias de tan viejas, y ajadas y con
rayones por el manoseo. En una estaban sus padres, serios e incómodos, casi
obligados. Debían haber sido jóvenes allí, y ya entonces parecían viejos. En la
segunda imagen también estaban sus padres, que lo sostenían a él, en esa edad
indeterminada entre bebé y chiquillo. Su padre seguía serio, hosco mejor dicho;
su madre ya podía sonreír, aunque se la veía rígida al posar. Él, en cambio, no
podía saberse: el rostro y un poco más se había velado y una mancha blanquecina
le ocultaba los rasgos.
Tocó las dos fotos
con la yema del dedo gordo cuando a sus espaldas se abrió la puerta con
mosquitero y apareció Rodrigo.
—Te vas a congelar…
—No puedo dormir… —Kevin
buscó otra vez el vapor, al hablar. Seguía sin suerte—. Saber que los tengo a
diez kilómetros no me deja.
—Bueno… acá vas a
dormir menos.
Las dos hojitas del
relicario se cerraron y regresaron al bolsillo de donde salieron.
—No me los acuerdo,
Rodri…
Rodrigo se agachó y
quedó a su altura, frente a él.
—¿Cómo que no? Si
tenés esa foto que ya está gastada de tanto verla.
—No me los acuerdo.
Tengo grabadas las imágenes, las ropas, los gestos… pero no me los acuerdo a
ellos… ¿entendés?
Rodrigo buscó en el
cielo y no encontró nada.
—Me agarró miedo,
Rodri —Kevin se llenó los pulmones con el aire de la noche—. Hijos de puta, si
no fuera por las fotos ni siquiera de las caras me acordaría…
4.
El pueblo tenía una
vaga disposición en cruz, en cruz católica, con el cuerpo corriendo a sur y
norte, y dos brazos más o menos iguales a este y oeste. La iglesia, la plaza y
la comisaría estaban en el centro, en ese cruce imaginario de esa disposición engañosa.
Kevin y Rodrigo llegaron
desde el extremo más corto, como si entraran al pueblo hecho una cruz
invertida. Habían preguntado a un hombre sucio y harapiento que no les
respondió, y luego a otro, borracho, que no sabía. Cuando solo quedaba hablar
con los perros, una vieja más arrugada que el camino y con todo el cabello
blanco les dijo dónde encontrar la casa.
No hacía falta
llegar hasta el centro, indicó. Lo de los García quedaba para el oeste y se podía
ir en diagonal bordeando los hornos de los Santillán y andando una legua por el
rio seco. Luego todo era subir dos cuadras y buscar la casa vieja hecha de
barro y chapas.
No fue tan
sencillo. Las cuadras no eran exactamente cuadras y las casas —las pocas casas—
eran todas de barro y chapas.
Kevin no quiso
preguntar esta vez. Miraba todo con ojos nuevos y viejos, y el pueblo, la
calle, la gente, le parecía traído de un sueño a medias soñado, a medias
inventado, con esa misma imprecisión y tozudez. Las cosas se le desvanecían,
aunque las estaba viendo. O quizá porque las estaba viendo. Los árboles, alguna
casa, una alambrada o un aljibe… Lo sorprendente fue que el olor del aire, la
textura del viento sobre su piel le resultaron naturalmente familiares.
—Ahí —dijo Kevin.
Rodrigo miró la casa. Era una casucha triste y abandonada como todas las otras.
Avanzaron ya
metiéndose en el terreno. Un perro viejo se acercó dos pasos y ladró para
cumplir.
Se ve que de
adentro se distinguía bien, o ellos dos llamaban mucho la atención porque ni alcanzaron
a batir palmas que apareció una mujer por la puerta de adelante y un hombre se
asomó por el galponcito de atrás.
La mujer se les
quedó mirando en el vano de la puerta, con las manos apretando el faldón, más quieta
que un retrato.
—¿Ma? —dijo Kevin.
Ella soltó todo y lo
fue a abrazar hecha un llanto.
—Kevin… Kevin… Kevin…
La mujer lo
estrujaba como si tuviera miedo de perderlo. Kevin hizo lo mismo. La estrujó
por cada uno de los diez años.
El hombre que se
había asomado desde el galponcito se acercó despacio y cabeceó a Rodrigo, a
modo de saludo. Miró a su esposa y a su hijo, y esperó que se separaran.
El segundo abrazo
fue seco.
—Papá… —saludó
Kevin cuando se soltaron.
—¿Y éste? —El padre
señaló a Rodrigo. La madre volvió a agarrar a Kevin.
—Rodrigo, mi amigo…
Él es mi papá.
Rodrigo amagó darle
la mano pero el hombre volvió a cabecear un saludo.
—Llámeme Amundio —aclaró.
Como el aire se
había aquietado, la madre —sin soltar a Kevin— fue a darle la mano a Rodrigo.
—Y yo soy María.
Bienvenido, estás en tu casa.
Hubo un momento de
silencio donde ninguno supo qué hacer o decir.
—Vamos adentro
—resolvió la madre—. ¿Tienen hambre? Voy a hacerles algo de comer. Quiero que
me cuentes cómo es tu vida en Buenos Aires, qué hacés, cómo son tus amigos, si
tenés novia…
Amundio resopló.
—¡Soltá a ese
chico, María!
Kevin, Rodrigo y la
mujer entraron a la casa. El perro amagó seguirlos y Amundio lo espantó. Se
quedó unos segundos afuera, respirando, asimilando —el Amundio, no el perro—, y
entonces entró, moviendo su cabeza negativamente y con gesto grave.
5.
El galponcito era
más pequeño y más de barro y chapa que la casa principal, si eso era posible.
Tenía una chimenea pequeña de la que no salía humo.
Adentro, el padre
no lo esperaba, aunque supo que venía. Acababa de tomar un martillo cuando
Kevin entró a paso lento, mirando a uno y otro lado con cierto respeto sacro.
—¿Y el otro? —preguntó
Amundio.
Era una manera de
saludar, tan mala como cualquier otra. Kevin no lo culpaba, había conocido la
rusticidad de su padre de oídas, por las cartas de su madre. Las mismas cartas por
las que la conocía a ella, de palabras dulces, esforzadas, con faltas de
ortografía.
—Durmiendo —Era la
hora de la siesta. Kevin se acercó a una mesada y tocó unas varillas de hierro—.
¿Mucho trabajo?
No había nada en la
fragua, que estaba apagada.
—Poco y nada —Amundio
levantó el brazo con la maza de hierro en su mano, midió el peso y la distancia
y bajó de pronto, golpeando el yunque—. Nada y nada… Ni trabajo ni changas. Ni
promesas del señor Monterrey tenemos esta vez… Ni yo ni nadie. La aldea entera
se está muriendo. No llueve ya ni sé desde cuándo. Ni sabe la lluvia que está
este pueblo. La tierra no da nada. Nada arriba, y nada abajo… Las plantas se chupan,
los bichos se mueren… y debajo del suelo tampoco... Como si se hubiera secado —Kevin
miró a su padre, que siguió dando golpes cada tanto sin forjar ninguna cosa—. Si
hubiera algo, como lo que sacaba don Monterrey en otros años... Si al menos él
estuviera mejor, ¿sabés? Si se estuviera haciendo rico necesitaría peones, y
carros, y herramientas y cosas. Y la gente tendría un cobre que gastar, y yo
herramientas y herrajes que herrar. Pero no, don Monterrey hace dos años que no
hace nada, que ya ni intenta… Él no se está muriendo, ¿sabés? Es una esponja
que se seca pero que todavía le queda agua… ¿Qué le importa lo que pase acá
abajo?
Kevin miró a su
padre, que se tomó un respiro. Era difícil entender a ese hombre.
—¿Sigue en La
Torre?
—Más que nunca. No
están bien las cosas acá. Mucho hambre… mucho enojo…
—¿Y la gente?
—La gente se va o
se muere. Y nadie se va —Amundio bajó la cabeza y retomó los golpes—. Sin ánimo
de ofender, gurí… Elegiste un mal momento para regresar…
—¿Elegí? ¿Si no
elegí irme qué te hace pensar que elegí volver?
Amundio miró a su
hijo con gesto severo. Supo, cuando lo vio antes, que era un desconocido, y
ahora se daba cuenta que ese chico ya no era un chico, que su hijo ya no era su
hijo.
—¿Cuántos días te
quedás?
—¿Ya me querés
echar?
—¿Cuántos?
—No lo sé.
—Está complicado
que se queden... No hay comida para dos, mucho menos para cuatro.
—Traje dinero.
Amundio tomó las
varillas de la mesada y las movió de un lado a otro, y Kevin debió taparse los
oídos del ruido.
—¿Qué hacés con
eso? —le gritó— ¿Qué se supone que estás haciendo?
Su padre no lo miró
esta vez. O quizá estaba tan vencido que ya ni tenía nada que expresar.
—Ruido —dijo—.
Todos los días hago un poco de ruido para que tu madre crea que tengo trabajo…
6.
Lado Oculto no
parecía más que un derrumbe de casuchas y almas abandonadas a la buena de Dios.
No te dejes engañar —le había dicho su padre justo antes de salir con Rodrigo—.
Hay más vida de lo que se ve.
Kevin no quiso
contradecirlo: aquel lugar estaba claramente muerto. Aunque debía admitir que
en la pulpería donde pasaron la noche había bastante gente y algo de actividad.
Ahora rumbeaba para
la plaza, calle arriba. Las casas deshechas a ambos lados eran iguales unas de
otras, solo se distinguían por el perro en la puerta o la ropa en las sogas. Se
notaba la dejadez, y no solo por un yuyerío crecido o desaliñado, sino también por
las ventanas, las puertas, los techos o los adornos: si se habían torcido, si
se habían roto o salido, así quedaban.
Rodrigo iba a su
lado, con las manos en los bolsillos.
—Este lugar es de
terror, no entiendo quién querría vivir acá.
—No sé si es tan malo…
—¿Me vas a decir
que te gusta este pueblucho…?
Kevin resopló: no
le gustaba. Tampoco le disgustaba. Había nacido allí y sin embargo todo le era
ajeno. Tenía una sensación extraña, íntima, difícil de identificar, como si ese
pueblo no le perteneciera, como si fuera un extranjero, pero no de otro lugar,
sino un extranjero en propia tierra, un nativo desplantado, incómodo sin saber
por qué.
—¿Ya le preguntaste
a tu viejo?
—No. Parece que tiene
muchos problemas…
—Claro que tiene
problemas… ¡vive en este pueblo!
Habían hecho ya
algunas cuadras y ahora había más casuchas y algunas casas, y tiendas y locales
paupérrimos, apenas remendados de mercadería. Había gente tirada en la calle,
un viejo, mendigando sin mendigar, más dormido que otra cosa.
Rodrigo miró toda
esa pobreza y gruñó.
—Es obvio por qué
te mandaron allá.
—El asunto es que… tampoco
me visitaron jamás.
—En un par de años
vos mismo podrías mandarles dinero para que vayan.
A Kevin se le
ensombreció el gesto y quebró una sonrisa de derrota.
—Se los mandé el
año pasado.
Vieron un terreno
vacío entre dos viviendas, con un poco de basura y un colchón tirado junto a
unas cajas y bolsas. Y un viejo desdentado y harapiento de custodio.
El viejo giró la
cabeza, guiado por el sonido. Tenía los ojos ceniza de tan usados.
—Ustedes…
—Disculpe, don… —Kevin
y Rodrigo se le acercaron. Era la primera persona en varias cuadras— ¿’tamos
yendo bien para el centro…?
—Ah… Son porteños…
Por un momento pensé que eran ellos… Ya sé que no atacan a estas horas, aunque
nunca se sabe…
—¿Sabe usted si…?
—Son porteños, ¿no?
No son esas cosas, ¿ah…? No… es muy temprano para ellos… Miren el cielo… ¿Los
ven?
Kevin y Rodrigo se
miraron, callados.
—Vámonos —dijo
Rodrigo.
—No sea altanero,
jovencito… ¿Ve el cielo o no lo ve? —De pronto el viejo tomó a Rodrigo de una
manga, desesperado— ¿Ve algo raro? ¿Los ve venir? ¿Vienen?
—Cálmese, cálmese…
No hay nada en el cielo… No viene nadie…
El pobre viejo
pareció tranquilizarse un poco.
—¡Qué suerte! ¡Qué
suerte…! Yo… tengo miedo de ser el próximo, ¿entienden? Ustedes son de la
ciudad, ¿no? Ustedes pueden irse…
—Estamos
conociendo.
—Háganme caso y
váyanse. O van a desaparecer ustedes también. Ellos no respetan nada, si son de
acá o de allá... ¡Y ni rastros dejan! Si se los llevan, nadie los va a
encontrar jamás, ¿entienden?
Los dos chicos sonrieron
condescendientes. El viejo miraba hacia un punto fijo abajo, cabeceando
rítmicamente, hamacado por un tic. No tenía forma de verlos.
—La soberbia es el
peor de los pecados, ¿saben? Se los dice alguien que fue soberbio en la última
oleada… Sobreviví, aunque… no se sobrevive a ellos sin pagar un precio… Soy
Rulfo… Pregunten por mí, les van a decir…
Quizá siguiendo un
ruido, el viejo giró la cabeza a la derecha y mostró la otra mitad de su
rostro. Era un manchón negro y rojo de carne quemada y cicatrizada, deforme,
surcada de hendiduras y venas, coronado por una cuenca rellena con un ojo
muerto.
—¡Carajo! —se
espantó Rodrigo.
Kevin frunció la
cara y los labios, golpeado por la imagen. Tomó a su amigo de un hombro para ya
marcharse.
—De día van a estar
a salvo, pero al oscurecer… Ellos vienen en la noche, cuando no queda un alma.
Ellos son la noche. Nadie los ve. Nadie ve nada. Se llevan gente y nadie ve
nada… ¡Se han llevado más gente de lo que dicen! Amigos míos, gente de la
calle, gente que a nadie le importa…!
El viejo ya estaba
gritando. Metía miedo. Y tomó a Kevin de la mano para repetirle las
advertencias.
—Está bien, ya
entendimos —dijo Kevin, y fue a sacárselo de encima
Pero el viejo lo
soltó antes, de golpe. Le cambió la cara, además, y se quedó cortado. “Virgen
santa…”, pareció murmurar.
El viejo escondió
las manos y comenzó a juntar sus cosas, a ciegas.
—¡Te dije que le
preguntáramos a una chica!
—¡Váyanse!
¡Váyanse! ¡Aléjense de mí! —gritó aterrorizado el hombre.
La locura era tan
grande que Rodrigo tuvo que reprimir una risita cuando el viejo tropezó en su
propia huida.
—Está loco —sentenció—,
aunque tiene razón en algo: tenemos que irnos de este pueblo de porquería.
7.
La plaza céntrica no
era todo lo grande que podría haber sido. Si algo sobraba en ese rincón del
mundo, además de polvo, eran tierras. Todos los árboles estaban secos, como si
les hubiesen chupado la savia desde el mismo suelo. Los senderos de piedra
molida se fundían con la tierra. No había pasto, ni bancos, ni juegos. Había,
sí, un monumento viejo, desgastado de la mitad para abajo e irreconocible de la
mitad para arriba. Si era el caudillo de una gesta patria o un timador que pasó
a la historia, nadie lo podría decir.
La iglesia era
grande. De hecho, bastante grande. Muy alta para un pueblo tan bajo, e igual de
cansada y pobre. Sin revoque, sin pintura, sin campana en el campanario y sin Cristo
en la cruz. La comisaría era chica. O tal vez parecía chica porque estaba al
lado de la iglesia, compartiendo pared.
Había, además, un
bar, algunos negocios y una casa enorme y de estilo colonial, tapiada con
maderas y empapelada de carteles.
Y también había
gente. Un parroquiano en el bar, asomado a la ventana, y el cura de la iglesia,
que barría la vereda y los miraba sin disimulo.
Un dulzón tintineo
de metales se escuchó al otro lado de la acera y de uno de los negocios
salieron tres chicas.
Iban riendo, ajenas
al mundo. Una de ellas, la que iba al medio, se destacaba de las otras con poca
sutileza. Quizá eran las ropas, más a tono con una ciudad, quizá su delgadez
más marcada. O cómo la luz se reflejaba en su cabello.
—¡Por fin! —dijo
Rodrigo—. Vamos a hablarles.
Parecía un plan prometedor.
Era eso o calcinarse bajo el sol de la tarde. Pero un cartel en la esquina, en
verdad la espalda del cartel, que apuntaba a quienes venían del este, llamó la
atención de Kevin. ¿Qué había que señalar en aquel lugar?
—Dejame ver una
cosa…
—¿Qué cosa? Mirala
después, se van a ir.
Kevin desoyó a su
amigo y comenzó a andar hacia la esquina.
—¿A dónde se van a
ir? —Vio la incredulidad en el otro y agregó—. Andá vos… yo estoy en un minuto…
El cartel había
estado compuesto por tres listones metálicos que apenas se sostenían. El óxido
y la arenisca los estaban comiendo desde adentro hacia los bordes, y el fondo y
las letras se veían con dificultad.
El de arriba decía
inocentemente LADO OCULTO. Kevin se preguntó si ese cartel no estaría mejor
ubicado en la entrada del pueblo, en vez de en el centro.
El listón del medio
señalaba A LA TORRE MONTERREY, con una flecha. Kevin miró en esa dirección.
Efectivamente, allá lejos, medio tapada por el campanario de la iglesia, se
veía una especie de columna gigantesca, tallada por la naturaleza. Era una
torre de piedra, tierra y minerales, sin nada alrededor, como si hubiese sido erigido
para que se luzca sola. La torre de piedra era altísima, igual de alta que un pequeño
cerro, y estaba coronada por una construcción grande y elegante, con cúpula y
todo. Kevin la recordaba muy vagamente, a pesar de que sabía que él había
estado allí cientos de veces.
El tercer listón
del cartel había sido arrancado. Literalmente arrancado. Aún permanecían los
remaches sosteniendo los pedazos de metal cortados contra el poste de madera.
Alguien había querido enmendar el acto vandálico y enganchó con alambres un
segundo cartel más chico, que también fue quitado.
—A Las Tumbas.
La voz lo sacó de
su concentración. Frente a él estaba una de las tres chicas que habían salido del
negocio, la de cabello largo y lacio que se distinguía de las otras.
—El cartel que
falta… Supongo te llamó la atención el cartel arrancado… Indicaba a Las Tumbas,
con una flecha para allá… Deberías ir a conocerlas algún día…
Había algo en esa
chica que le era familiar a Kevin. Podría ser la voz, tal vez, o esa dulzura
que emanaba por cada poro de su piel, especialmente por la sonrisa y los ojos
oscuros… No, no era eso.
—¡Ah, sí, el
cartel!
La chica rió y
Kevin se sintió estúpido.
—¿No sabés quién
soy? —volvió a reírse ella. Dios, qué radiante era esa sonrisa, le iluminaba el
rostro, la abrigaba con un aura que casi la elevaba—. ¿No te acordás de mí?
—¿Antonella?
La reconoció en ese
momento, mientras la nombraba. La recordó, increíblemente, por un hoyito que se
le hacía cerca de la boca cada vez que sonreía a pleno.
—Que-bichito —le
dijo ella, le sonrió otra vez, se iluminó más que antes y a Kevin le subió una
efervescencia de emociones por todo el cuerpo, del estómago al pecho y hasta
los brazos y piernas. Antonella era su amiga de la infancia. Era la chica con
quien pasaba muchas tardes —casi todas las tardes— jugando, merendando,
correteando por ahí o simplemente haciendo nada.
Kevin no supo si
abrazarla o no. Era una desconocida ahora, casi una mujer. Tampoco pudo
adivinar si ella estaba esperando el abrazo o algo más importante que un gesto.
Permanecieron en amagues torpes y dudosos, y se quedaron un segundo sin decir
nada, por no saber qué decir.
—¿”Que-bichito”?
—Así te decía. Viene
de Kevinchito, que a su vez venía de Kevincito… Y vos te enojabas porque no te
gustaba que te dijeran “qué bichito”, ¡jajaj! ¿No te acordás?
Kevin abrió la boca
y negó con incredulidad.
—La verdad es que
me estoy dando cuenta que no me acuerdo de nada…
—A mí me recordaste
—Antonella se hamacó con un destello de vanidad, un destello nada más, y un
orgullo sin sentido, adolescente.
Miró hacia el otro
lado de la calle, donde sus dos amigas empalagaban al otro chico con gestos y
mohines obvios.
—Es lindo tu amigo —dijo
Antonella. Kevin estuvo a punto de desencantarse pero miró el gesto de ella y
entendió. No había hablado desde el deseo o la curiosidad, hablaba desde cierta
altura, no de arrogancia, sino de una distancia similar a la de una hermana
mayor. Antonella disfrutaba que Rodrigo fuese lindo y sus amigas se lo estuvieran
disputando. O repartiendo.
Kevin la miró por
primera vez de pies a cabeza. No había forma de disimular la mirada así que
solo trató de ocultar la intención. Antonella estaba linda —era linda—, con un
vestidito simple y liviano que terminaba por las rodillas, y el cabello a
medias recogido, a medias suelto.
—No, la linda sos
vos.
Antes de terminar
la frase Kevin se quiso morder la lengua. Cerró los ojos por la torpeza.
Antonella se
atragantó con una risita.
—¡Jajaj! ¿Eso
funciona en Buenos Aires?
Kevin enrojeció.
—No —Miró a la
chica buscando apoyo. Miró alrededor para culpar al pueblo—. Fue muy tonto, ¿eh?
—Podría funcionar
con una chica de pueblo —aguijoneó ella.
—Nunca digo cosas
así de estúpidas —se disculpó Kevin. Ella se le burló con una mirada de
exagerada desconfianza. Él cedió—. En general son más estúpidas.
Antonella echó una
risa espontánea. Los dientes le brillaron al sol y hasta los colmillitos
defectuosos y feos, que se destacaban como los puntos de unas íes, se le antojaron
a Kevin encantadores.
Kevin miró detrás
de ella y ambos se quedaron callados. Las chicas y Rodrigo venían a unírseles,
ignorantes de ese pequeño momento.
—Me está empezando
a gustar este pueblo —anunció Rodrigo, abrazando a las dos amigas de Antonella.
8.
—¿Hasta cuándo te
quedás? —preguntó ella.
Kevin la miró
levantando una ceja. Venían caminando por la plaza, sin rumbo fijo, más que dar
vueltas.
—Hasta que se me
termine la plata.
Iban uno junto al
otro, él sobre la vereda y ella sobre un borde de adoquines, como si caminara
sobre un filo.
—Podrías venir a mi
fiesta…
—¿Hacés una fiesta?
—De quince. El
sábado… —Antonella trató de no mirar a Kevin, la tentación de ver su expresión era
muy grande—. Va a ser divertido. Doscientos invitados de doscientos años cada
uno, orquesta con música clásica, valses y minués para bailar, variedad de
pescados para degustar, sin amigos…
—Suena como para no
perdérselo…
—Ah, pero voy a
estar yo, con el vestidito de fiesta más lindo que jamás hayas visto.
—Jamás vi ninguno.
—Está bien, va a
haber comida gratis.
Rieron. Sin darse
cuenta habían vuelto al inicio, en la esquina de los carteles.
—¿No es la noche
del eclipse?
—Papá no escatimó
en gastos… —Volvieron a reír. De pronto Antonella fue un poco más seria de lo que
pretendió:— Con suerte se oscurece todo y nos podemos escapar…
La distracción hizo
que Antonella se resbalara del adoquín y se torciera un tobillo, yendo a dar a
los brazos de Kevin, que la tomó de la cintura.
—¡Uy, perdón!
No se separaron
cuando ella tuvo otra vez los dos pies firmes en la vereda.
—Allá… —Antonella
señaló La Torre—. Allá es la fiesta —Kevichito seguía tomándola y su rostro
estaba tan cerca del suyo que se preguntó si no iría a besarla.
Una camioneta alta
y lujosa apareció de la nada y clavó sus frenos en seco.
—¿Qué estás
haciendo, Antonella?
Los dos chicos
vieron asomarse por la ventanilla a un señor de bigote frondoso y ojos claros,
de escarcha. Antonella se desprendió de Kevin como si éste quemara.
—Hola, papá…
Lo supo de
inmediato, aun antes de que Antonella lo nombrara. Kevin había oído hablar de
él: el señor Monterrey era tan distinto a todos en el pueblo que no dejaba
lugar a dudas. Era blanco, de ojos claros, y una mirada de no haber nacido
derrotado.
—Me caí, pa. Y
Kevin me atajó.
El señor Monterrey
escrutó al chico con la mirada más filosa que jamás se viera. Kevin sintió un estremecimiento.
—Vos sos el hijo
del Amundio —No era una pregunta, era una afirmación, y el desprecio con el que
lo dijo descolocó a Kevin. Lo había sorprendido tomando a su hija de la
cintura, no podía ser para tanto—. Subí, tengo que ir para lo de tu papá. Y
vos, Antonella, andá para casa, no quiero que te agarre la noche.
—Puedo ir con
ustedes y después me vengo con vos…
—¡Andá para casa,
te digo!
9.
Las ruedas
rebotaron contra la piedra y los baches del camino, con un sonido gomoso, casi
sordo. La camioneta dobló de un salto a la izquierda, luego a la derecha, y el
ripio y la polvareda no pudieron menos que bailar a un lado y otro, contra el
sol que se ponía.
El señor Monterrey maniobraba
con nervio, al límite. Hubo un vaivén corto, otro barquinazo más. Una casucha
roída por la miseria pasó por la ventanilla como una exhalación.
—Nunca vi un lugar
tan pobre… —comentó Kevin, para cortar el silencio.
El señor Monterrey
lo miró de reojo.
—Dios nos está
castigando… No nos envía lluvia, nos quita lo que hay en la tierra… Como no
venga un milagro, nos vamos a morir todos.
Kevin lo vio girar
el volante, forrado en el mismo cuero con el que habían tapizado los asientos.
—Usted vive en una
torre que vale millones, anda en esta camioneta lujosa…
El señor Monterrey
casi lo prende fuego con la mirada. Frenó en seco, Kevin se fue para adelante.
—Pendejo de mierda…
Se bajó, rodeó la
camioneta y abrió la puerta del otro lado. Tomó a Kevin de un hombro,
estirándole la camisa y sacó afuera al chico, casi a la rastra. Kevin se
atemorizó, el señor Monterrey era ancho y alto como una puerta.
—¿Qué hace?
El chico fue
arrastrado al frente del vehículo, ensuciando de polvo los pantalones.
—¿Qué dice ahí,
pendejo?
—¿Qué? ¿Qué cosa? ¡Suélteme!
—La chapa…
Kevin quedó
arrodillado frente a la camioneta, con una mano apoyada contra el suelo. Las
luces de posición no lo encandilaban, podía ver perfectamente todo, incluso la
matrícula. Ahí se dio cuenta. La camioneta era grande y lujosa, cierto, aunque
demasiado vieja para una persona supuestamente rica.
—Está bien, está
bien. No tenía que tirarme al piso.
El señor Monterrey
abrió los ojos, sorprendido por la insolencia, lo tomó de la camisa con las dos
manos y lo levantó.
—¡No sé cómo viniste,
no sé por qué estás acá! Lo único que sé es que ya no pertenecés a este pueblo.
Si se me antoja tirarte al piso, te tiro al piso. Si se me antoja patearte, te
pateo. ¿Entendiste? Te dejo pasar ésta porque sos el hijo del Amundio, pero en
lo que a mí respecta, desde ahora ya no lo sos más, y si me volvés a levantar
la voz o vuelvo a verte alrededor de mi hija, juro que te muelo a palos
personalmente. ¿Queda claro?
El señor Monterrey
arrojó el cuerpo del chico sobre el capot y recién ahí Kevin pudo tragar una
bocanada de aire, con el pecho que le subía y bajaba agitado.
—Y lo de La Torre… —el
señor Monterrey volvió a rodear la camioneta para subirse nuevamente—. Pensé
que eras más despierto… La Torre vale millones si alguien la quiere comprar.
Sino no vale una mierda…
10.
Llegaron y ladró un
perro. Kevin por un lado, y el señor Monterrey por otro, bajaron de la
camioneta. Kevin cerró de un portazo y se cruzó en silencio con su padre, que
salía de la casa. Amundio semblanteó al hombre con desconfianza.
—Aproveché que venía
a hablar con vos y te lo traje.
—¿Qué pasa?
—preguntó Amundio.
El señor Monterrey
lo miró a los ojos. Hacía tanto que se conocían que casi podían adivinar cada
uno lo que el otro estaba pensando. Golpeó el techo con una palmadita.
—Entrá.
Adentro, el señor Monterrey
apagó el motor.
—¿Por qué carajo lo
trajiste al pueblo, Amundio? ¿Estás loco?
—¡Ey, nada de
carajo! ¡Es mi hijo!
—Teníamos un
arreglo, ¿no?
—Vino solo, yo no
lo traje. ¿Con qué plata lo iba a traer?
—Encima en este
momento… con las desapariciones…
—No son nada.
—Son reales,
Amundio... Como antes...
—Usted mismo dijo
que…
—Estamos ocultando
todo. Le pedí al comisario que lo tape, y al cura que no mencione nada. Hasta ahora
habían desaparecido cirujas… Pero hace unas
noches se chuparon a dos de mis capataces.
—Usted dijo que los
había enviado a…
—¿Y qué querés que
diga, Amundio? No puedo ventilarlo ahora. La fiesta… hay mucho en juego en esa
fiesta…
El Amundio quedó como
perdido en sus pensamientos.
—No puede ser…
—Necesito que
refuerces la seguridad…
—Es imposible… Matamos
a todos esa noche…
—Necesito que vayas
con más gente, y otro tipo de armas.
—Prendimos fuego
todo… ¡hasta los cimientos!
—¡Amundio! —Amundio
se despertó—. ¿Seguís a cargo de la seguridad de la fiesta? ¿Sigo contando con
vos?
—Necesito la plata,
señor… Sabe que la necesito. Solo que nadie va a querer ir a cuidar su torre esa
noche. La gente está muy caliente.
—No es mi culpa que
no haya trabajo, mierda. ¡Yo también me estoy arruinando!
—Va a ser una
fiesta muy elegante, señor Monterrey, muy costosa. La gente lo sabe. La gente
sabe todo.
—¡La gente no sabe
un cuerno!
—Sabe que habrá
invitados de afuera, solamente. Gente rica como usted, pero de afuera —Amundio
abrió un poco su ventanilla, necesitaba aire—. Voy a ver qué consigo, nadie va
a agarrar. Quizá mi hijo y el amigo…
—¡No! ¡Tu hijo, no!
¡No quiero a tu hijo cerca de Antonella nunca más! ¡Y menos en su fiesta de quince!
11.
El aire caldeado y
húmedo olía más que bien. Su madre preparaba algo para el mediodía, aunque aún
no era ni media mañana, como si hubiese empezado antes o como si, una vez que
había algo para cocinar, buscara estirar el momento.
—¿Querés algo, mi amor?
Puedo hacerte un sándwich.
Kevin negó con un
ademán. Había desayunado un rato antes, con ella delante.
María removió un
poco lo que había en la olla y se sentó refregándose las manos en el delantal.
Miró a su hijo a los ojos.
—Gracias.
Kevin había llenado
las alacenas con comida. Ella le había rezongado y se había apurado a guardar
todo para que su padre no lo viera.
—Acá la comida está
mucho más barata que allá.
—No —su madre
apretó las manos en el regazo del faldón. También apretó los labios—. Gracias
por venir.
Kevin se sintió inesperadamente
consolado.
—Por fin alguien
aprecia mi visita.
—No digas tonteras.
—Mi propio padre me
pidió que me vaya, el señor Monterrey casi me mata por haberme cruzado con su
hija…
—Ah, eso… —María
levantó los ojos y alzó una mano, restándole importancia—. Lo de tu padre… no
lo culpes. No es que no te quiere, es que son momentos difíciles, y él es un
poco bruto, nada más. Y lo del señor Monterrey… bueno, eso es un poco más
complicado…
—Ese tipo está
loco… En un momento le tuve miedo…
Kevin vio a su madre
echar una risita. Fue a la olla, revolvió otro poco y agregó unas verduras que
ya había cortado.
—No creo que más
miedo del que él te tenga a vos…
Kevin se quedó. Iba
a decir algo y de pronto no supo qué. Su madre regresó a la mesa.
—Cuando eras chico,
yo trabajaba en la casa del señor Monterrey… En esa época la señora era una
buena señora. Era amable, educada, comprensiva… Nunca fuimos amigas, no
hubiéramos podido serlo, pero nos entendíamos. Quizá porque fuimos madres para
la misma época, y ustedes andaban por la casa todo el día juntos… vos y la Antonella,
digo. El señor Monterrey, en cambio, era todo lo contrario. Ahora está de capa
caída, apichonado como un perro apaleado… hace diez años tenías que verlo. Era
amo y señor.
—Sigue siendo el más
rico.
—Eso es otra cosa.
En aquella época tenía al pueblo en un puño. Daba trabajo, mantenía iglesia,
alcaldía y comisaría. Su palabra era ley. Se hacía lo que él decía, sin
discusión. Y lo que decía no siempre era bueno. Es que no era como la señora,
todo lo contrario. Ni humano parecía a veces.
ȃl ya no te
quería. Ni cerca de su hija, ni cerca de su casa. Me dejaba entrar a La Torre con
vos porque la señora se lo pedía.
»Un día vinieron
unos parientes de él. Un hermano con su mujer y su hijito. El hijito tenía unos
años más que ustedes, no muchos. Y era muy travieso… Bueno, más que travieso,
era la piel de Judas. Un chiquillo malcriado. Por supuesto fue a jugar con
ustedes. Yo estaba limpiando las habitaciones. El chico comenzó a molestarlos.
Lo retaron, y la seguía. Los molestaba y los volvía a molestar, más que nada a
vos. Estaría celoso, no sé. Se burlaba, te pegaba. Y los padres ni le decían
nada, apenas si un reto por compromiso. La cuestión es que ustedes estaban en
la habitación de Antonella, solos los tres, los señores charlaban en la sala y
yo ya me iba a encargar de la cocina, cuando de repente escuchamos un grito. O
más bien un alarido. Un alarido bestial, de terror, de esos que te salen desde
las tripas. Era el alarido de un chico. Pero cuando llegamos con ustedes,
Antonella y vos jugaban lo más tranquilos, como si nada. Y en medio de la
habitación estaba el chico tirado en el piso, babeando, tiritando y hecho un
bollito… y con el pelo blanco. Totalmente blanco. Es decir… como los viejos.
»Cuando les
preguntamos, ustedes no supieron qué decir. Solo que el chico le había pegado a
Antonella. Y que vos la defendiste. Solo eso dijo Antonella. Vos ni siquiera
recordabas nada.
Kevin se descubrió
aguantando la respiración.
—¿Y el chico… qué
dijo…?
Su madre lo miró a
los ojos. No lo aguantó y fue hacia la cocina.
—El chico no pudo
hablar… Que yo sepa, no habló nunca más en la vida.
12.
No había nadie, y la
fragua seguía apagada. Kevin miró alrededor: fuera del polvo, el aserrín y las
virutas de óxido, el lugar estaba desoladoramente limpio, como un lugar de
trabajo sin nada de trabajo.
Kevin tomó un
hierro e hizo algo de ruido en una continuación de la farsa del día anterior.
Sonrió por lo estúpido del impulso, su propia madre le había dicho que el Amundio
andaba por el pueblo buscando gente para algo del señor Monterrey. Caminó en
silencio y despacio, recorriendo con un dedo cada superficie, buscando
comprender esos objetos, ese taller, ese oficio de ese padre.
Distraído, pisó
algo blando y globoso, algo que hizo un ruido acampanado.
Miró el suelo. Bajo
el polvo y el aserrín había un chapón grande. Movió la tierra con el pie y
enseguida aparecieron los goznes, los remaches y la argolla. Era una puerta en
el piso, sin candado, suficientemente grande para que ingrese una persona.
Kevin se agachó y tiró de la argolla.
Abrió la portezuela
por completo tapándose la nariz con la camisa, el olor a humedad era tan fuerte
que cortaba la respiración. Estaba oscuro adentro, aunque se veía la punta de
una escalera de pie, apoyada desde el interior sobre la boca. Kevin encendió una
lámpara de mano con una braza de la fragua.
La fosa se lo
tragó, cuando inició el descenso. Él entraba de pie. Llevó la lámpara hacia
adelante y vio un pasillito y unos anaqueles a su izquierda y unos fierros
sobre la derecha. Iluminó lo fierros: parecían lanzas, flechas, picas y otros
elementos largos que no se sabía qué eran. Todo parecía antiguo, rugoso,
oxidado. Apuntó con la lámpara al otro lado. Sobre los estantes había más cosas.
Trapos, cubiletes tapados y destapados, espadas cortas, bolas con mancuernas,
unas redes tejidas con hilos y otras de alambre tranzado. Y unas estacas que a
Kevin le llamaron la atención, de punta en cruz y apenas retorcidas en un medio
tirabuzón. Avanzó por el pasillito. Estaba lleno de aparejos y artilugios
oxidados. Había también una docena de ballestas, apiladas de lado, unas sobre
otras, corroídas y mugrientas, la mayoría manchadas con algo más, algo viscoso
y oscuro que brillaba a la luz de la flama.
—Carajo… —murmuró,
y un escalofrío le recorrió el estómago cuando apoyó su dedo índice.
No podía determinar
qué tan vieja era la mancha, pero supo que era sangre.
13.
—¿Qué hay, Griego?
—Amundio…
El Griego lo saludó
más con una seña que con su nombre, que terminó tragando como si no lo quisiera
pronunciar.
—¿Vendrán el Roque
y el Zurdo…?
—Por ahí más tarde…
Amundio se arrimó
al mostrador y le hizo un gesto con dos dedos para que le sirviera una grapita.
“No hay”, le dijo el Griego, y entonces no tuvo más que girar en redondo y
hacia las mesas. Apoyado en la barra, miró a los parroquianos aburridos: todos
tenían su vasito de grapa o vino bajo el ala.
—Necesito un par de
compas para una changa —le dijo al pulpero lo suficientemente alto como para
que lo escuchen los otros—. Cuatro, mínimo.
El Griego secó un
vaso con su trapo.
—¿No era que no
tenía plata don Monterrey?
—Es trabajo. Una
noche.
—Tu señor no
debería hacer esa fiesta. Nadie la quiere.
—Son los 15 de la
hija. Se supone que los ricos hagan una fiesta.
—La gente se está
juntando para que la suspenda, ¿sabías…?
Amundio volteó otra
vez y enfrentó al pulpero. Claro que lo sabía.
—¿Y un vinito?
—No me queda nada
de nada.
No podía culparlo.
Tragó un poco de aire —sofocante aire— y giró nuevamente, ya rumbeando la
salida.
—Si aparecen el
Roque y el Zurdo deciles lo de la changa. Es buena plata.
Fue al abrirse la
puerta de calle, que el Griego gritó:
—¿Cuándo se vuelve
tu hijo? Pa’ Buenos Aires, digo.
Amundio miró al
pulpero con cierto dolor: quince o veinte años atrás, en lo que parecía otra
vida, aquel hombre y él habían sido compadres, muy buenos amigos en esa época
en que comenzaban a perseguir mozas o se iban con otros compas a cazar paquíes.
Lo señaló.
—Mi hijo no tiene
nada que ver con todo esto, Griego. La próxima vez que hablés así del Kevin
agarro un fierro y te lo cruzo de lado a lado por el corazón. ¿Entendiste?
El Griego escabulló
la mirada y espantó del mostrador una mosca inexistente. Sintió alivio cuando
el Amundio se marchó.
14.
No se necesitaba invitación
para ir. Los chicos en el pueblo eran los de siempre, y ni plata ni ánimo para
una fiesta había. Claro que los pobres también cumplían años y era de buena
gente eso de celebrar.
Kevin y Rodrigo
llegaron a la casucha de la festejada con bebidas y empanadas. No se hacían
regalos, se llevaba algo.
Habían juntado unas
mesas en el patio de adelante, que cubrieron con manteles viejos, y habían
puesto un cartel colorinche de Feliz Navidad, de manera de avisarle a cualquier
vecino o amigo que podía entrar y acompañar. Tres hombres grandes, hinchados de
calor y sudor, metían música y júbilo con guitarra, bombo y concertina.
Kevin y Rodrigo se
convirtieron enseguida en el centro de la reunión. Eran de Buenos Aires, dos
chicos sofisticados. ¿Conocían a alguien famoso? ¿Vivían cerca del Obelisco?
¿Era cierto que allí no había noche? ¿Que aunque era un lugar sin ninguna
riqueza, cualquiera podía ser rico?
No solo acaparaban
la atención de los chicos, los adultos también estaban muy atentos a ellos. Kevin
creyó que especialmente a él.
Con el tiempo la
atención fue menguando, pero las chicas invariablemente les regalaban sus
miraban, y siempre alguna le sonreía. Rodrigo estaba encantado.
—¡Esto es lo más! ¡Tendríamos
que haber venido antes a tu pueblo!
Kevin se acercó a
una de las que conociera en la plaza.
—¿No va a venir
Antonella?
Era sorprendente la
alegría de esa música. Contagiaba, inflaba el ánimo, daban ganas de bailar, de
cantar, de festejar. Las viejas empezaban a batir palmas, los padres y tíos
mayores, a retirarse con disimulo para no ser atrapados cuando los buscaran. Y
las mujeres, que se daban cuenta, les hacían bromas. Los comparaban con los
chicos, con su valentía y destreza para la danza, y como esto era mentira,
entonces las chanzas volteaban contra los más jóvenes.
En minutos las
mujeres se pusieron a bailar entre ellas, con alguno de los chicos y un tío que
se animó. Se enganchaban los brazos en esa danza y se aplaudía y se giraba.
Corrió mucho jugo
aguado, por el calor. Y mucho vino del barato. En medio de la música y el
jolgorio, en medio de las risas, de los bailes ridículos y las acusaciones
cruzadas sobre torpezas de todo tipo, Kevin notó que de a poco los hombres —los
adultos— se iban apagando. Quizá fuera el alcohol. Seguramente. Pero había algo
más que él no terminaba de adivinar. Era —o podía ser— como una desesperanza, la
resignación a una tragedia; un sentimiento —un secreto— que no parecían
compartir con los chicos.
Kevin notó también
que cada dos por tres los viejos lo miraban con recelo. Primero solo un poco, y
con disimulo, luego, ya más desinhibidos, con insistencia y mala cara.
En un momento, sin
darse cuenta, quedó solo. Aislado, lejos de ese inicio rutilante en el que fue
el centro de la reunión, se encontró sentado en una silla desvencijada, mirando
la alegría de los otros, la sospecha de los más ancianos, con la música flotando
en su cabeza, como si él estuviera ajeno, ahí y ahora.
Vio en un momento a
Rodrigo en un costado, sentado con otros dos chicos y una chica, charlando animadamente
ya no como el chico mundano sino como uno de ellos. Vio a una de las abuelas
acercársele y decirle algo, una broma, y vio la risa contagiada, y a Rodrigo
levantarse para ir a bailar con la doña, quitarse la remera, anudarla a su
cabeza igual que una bandana, y bailar ahora los pasos aprendidos de haber
observado con atención.
Kevin se levantó de
la silla. Se alegró por su amigo y se encaminó hacia la calle.
Y nadie advirtió
cuando se fue.
DOS
Uno.
Dos. Uno más allá. Tres. Y luego diez más.
Son
flechas en la oscuridad. Gritan. Chillan. Se ríen como demonios y laceran lo
que encuentran a su paso, desgarrando la vida de todos y cada uno, que no hacen
más que gritar y llorar por sus muertos, mientras los muertos ya son ellos.
No
entienden si hay un jefe, ni quién los sigue. Solo entienden el daño. Matan,
violan, rapiñan lo que sea. Acá. Allá. En cualquier rincón de esta tierra
maldita, que ya es suya.
15.
“Voy al pueblo”,
había dicho en casa, y Rodrigo y los perros de la cuadra salieron con él, como
soldados leales a un buen general. Pero Kevin mentía. En vez de rumbear para el
este se dirigió hacia el suroeste y entonces Rodrigo lo atajó.
—Pará, que yo sí
voy al pueblo —le dijo—. Juan me contó que hacen una asamblea por lo de la
fiesta de la Anto.
—¿Juan?
—Juan. ¿No te
acordás? Uno de los tíos de Victoria… El del sombrero ridículo. Victoria, la
del cumpleaños de ayer… ¿Hooolaaa?
Así Rodrigo lo
abandonó. Lo mismo lo abandonaron casi todos los animales, cuando los pasos se
hicieron cuadras, y las cuadras se hicieron leguas.
Solo un perro lo
acompañó, uno que más o menos siempre iba alrededor de él y con quien compartía
silencio y cierto pesar melancólico. Le hablaba sin darle un nombre, y le
hablaba poco: “vení”, “¿querés?”, “¿faltará mucho para Las Tumbas?”.
Porque iba para Las
Tumbas. Y aunque no había ningún cartel, sabía que iba en dirección correcta,
por lo que le dijera Antonella. Cuando el riacho hace una L vos no doblás y
seguís en línea recta hasta el cañadón. De ahí para el sureste, unos diez o
quince minutos.
Ya había salido del
arroyo seco. Estuvo caminando bastante y de pronto sintió el sol como si le
frotara la mollera. El perro iba y venía. A veces se atrasaba tanto que Kevin pensaba
que ya no estaba con él. Más tarde o más temprano regresaba y se juntaban otra
vez, sin decirse nada.
Kevin sacó una
botella y tomó dos tragos de agua bien gordos. El perro lo miró suplicante y se
relamió. Tuvo que poner sus manos en cuenco y con dificultad vertió un poco. El
perro fue lamiendo todo hasta dejarlo sin nada. Puso un poco más.
—Ta linda la
Antonella, ¿no? —le dijo al animal. El perro lo miró un segundo, no del todo
convencido, y volvió a meter el hocico entre sus manos—. La verdad que no me la
acordaba, pero como dijo ella, de alguna manera supe quién era.
El agua se terminó
y el perro le reclamó más, mirándolo fijamente. Luego de un minuto interminable
se pasó la lengua por todo el morro y volvió a mirarlo otra vez.
—¿Qué querés?
Encima que no me das bola con lo de Antonella…
Una hora después
llegó al cañadón. Definitivamente cañadón era un nombre ostentoso. El suelo
caía de golpe no más de cinco metros, y la falla se continuaba a izquierda y
derecha hasta el horizonte, partiendo la tierra en dos.
El perro se puso
nervioso en cuanto avanzaron hacia el este. Comenzó como un quejido sordo, un
lamento inocente y unos rodeos a paso vivo sobre él. Kevin continuó, y también
su compañero. Aceleró el paso y el perro comenzó a quejarse feo.
Supo que habían
llegado cuando encontró la tierra desmoronada y las rocas grandes y blancas
arrumbadas abajo. El perro ya ladraba constante y giraba haciendo círculos
interminables. Cuando Kevin bajó, no lo siguió, se quedó arriba.
Lo que se notaba
ahí abajo era que las piedras habían sido llevadas hasta ahí y puestas unas
sobre otras formando un muro grueso, irregular. No había casi fisuras entre una
piedra y otra, y si hubiera alguna, estaba tapada con barro, cocido con hojas y
madera triturada.
Kevin fue para un
lado y otro. Las rocas estaban apoyadas contra la pared de tierra del cañadón,
tapiando algo. Terminó sentándose en una de las piedras y sacó la botella de
agua. Se sintió desahuciado, dos horas de caminata para nada. El perro le ladró
corto otra vez. Enseguida se escuchó algo reptando sobre la tierra y un timbre
brilloso.
Una bicicleta y
Antonella se asomaron desde arriba.
—Llegaste —dijo
ella.
—¿Cómo supiste…?
—Rodrigo. Me lo
crucé en el pueblo, se iba a una asamblea contra mi fiesta.
—Ah, sí… —Kevin no
encontraba las palabras—. Algo… me dijo…
—Ojalá hagan que
papá la suspenda —Kevin puso tal cara de sorpresa que Antonella se sintió
obligada a decir algo— Es… complicado… Papá va a usar mis quince para sus cosas…
—Antonella se puso roja y triste a la vez. Comenzó a bajar—. No quiero hablar
de eso.
Kevin la recibió
con sus brazos. Quedaron uno junto al otro, tomados.
—Gracias.
El perro los miró
desde arriba.
Kevin tuvo que
disimular un movimiento evasivo cuando una mano de ella fue a dar a su espalda.
La soltó, a su pesar. Y rogó que no se diera cuenta.
—No supiste cómo
entrar —Antonella caminó alrededor de las piedras—. En el último año de la
primaria veníamos acá todos los días. Era como una aventura, ¿sabés? Lo
teníamos prohibido por los mayores, decían que acá había un muerto.
—No es la mejor
forma de alejar a un chico, decir que hay un muerto.
—Los varones venían
a probar su hombría. Era un desafío a las historias… y sobre todo a los padres.
—Antonella revisó las piedras presionando una y otra—. Las chicas los
seguíamos, si alguno nos gustaba.
—¿Qué historias
eran esas?
—Este lugar se
llama Las Tumbas porque acá era donde descansaban ellos.
—Ellos…
—Los que nos aterrorizaban…
Los que nos hostigaron desde siempre… Ya sabés, los ubuntu.
Kevin la miró
desconcertado.
—¿Ubuntu…?
—Habrás oído algo:
venían al pueblo a saquear y matar. Nos cazaban, hacían lo que querían… Eran
salvajes, insaciables, bestiales… Verdaderos animales, criaturas del diablo,
¿entendés? Invadían el pueblo y lo chupaban como una sanguijuela. Literalmente,
Kevin. Ellos se alimentaban con la gente de Lado Oculto. Venían en oleadas, una
vez cada generación. Luego comenzaron a venir más seguido.
—¿Cuándo se supone
que sucedió eso?
—Uhhh… cientos de
años… Desde que el pueblo mismo nació.
Kevin sabía que en
los pueblitos alejados y perdidos como aquel se forjaban historias, mitos,
leyendas. Ésta era de las buenas.
—Una noche que se
puso borracho, el tío de un amigo mío le confesó que hace unos años los del
pueblo terminaron con la maldición. Le dijo que un día la gente se cansó. Que
los viudos, viudas, huérfanos un día se armaron de valor y vinieron acá, a Las
Tumbas. No sé cómo se enteraron de su escondite, del lugar donde dormían.
Vinieron una tarde de mucho calor, una tarde como ésta. Vinieron con palos, con
fuego, con estacas… Y entraron. Y dicen que mataron a todos y prendieron fuego
el lugar. Desde los pisos y hasta el techo, cada recoveco, cada pasillo. Todo.
Dijo que los alaridos de esas criaturas se escucharon hasta el pueblo.
Kevin tragó saliva.
—Mierda que les
inventaban historias para que no vengan.
—No, Kevin. La
historia inventada es que hay un muerto. La otra es la historia de verdad —Antonella
comenzó a retirar algunas de las piedras amontonadas—. ¿Querés ver?
16.
Para entrar
tuvieron que escurrirse entre las piedras. El hueco era extremadamente angosto,
una persona adulta no habría pasado. Kevin pensó en su amigo: Rodrigo no era
adulto y tampoco hubiera pasado, ni posiblemente las amigas de Antonella.
Kevin se sacudió el
pantalón. Adentro la oscuridad era tangible, cortada apenas por el tajo de luz
que venía de la abertura. Había un olor cercano a lo insoportable allí, a
fuego, a incendio en realidad, a podredumbre. Un aroma tan acre y ácido que
irritaba la nariz. Antonella buscó a tientas en el piso hasta hallar una lámpara
de aceite, que encendió de inmediato.
—Éramos chicos pero
no tontos.
La luz creció: estaban
en una cueva pequeña, de unos tres metros de altura, con una boca hacia la
izquierda, un pasillo seguramente, y hollín y cenizas por todos lados. Había
una alambrada de este lado, ennegrecida y rota, hecha con hilos de hierro
trenzado, similar —igual— a la que viera en el taller de su padre.
Antonella se
encaminó con la lámpara hacia la boca oscura.
—Vení.
Kevin la siguió. El
pasillo no era corto, y a la mitad descendió abruptamente en escalones
inusualmente altos. Diez o tal vez quince metros y se abría hacia una cueva más
grande.
—Una de las
cuevas... —presentó Antonella—. Esta es como una sala de estar. Hay otras iguales,
y una realmente enorme…
Kevin pisó y se le
hundió un poco el pie. Era una tierra mullida, suave, de sentir aterciopelado:
cenizas.
—Prendieron fuego
todo.
En el suelo también
había cacharros de cerámica partidos en pedazos, leños quemados no del todo
consumidos y hierros aquí y allá. Los hierros le resultaron familiares a Kevin.
Tomó uno y lo miró a la lumbre: enmascarada bajo el oxido y la sangre quemada y
seca, una estaca con punta en cruz, girada en un medio tirabuzón. La tomó y el
contacto con el arma le erizó la piel.
—Mi teoría es que ésta
era una sala de reuniones, un lugar para jugar, leer… ¿Ves? —Antonella acercó
la lámpara a una pared. Había huellas de una estantería y en el piso una
montaña de cenizas. Levantó un trozo del lomo de un libro que halló en el suelo—.
Acá leían o estudiaban.
Kevin guardó la
estaca en uno de sus bolsillos y tomó el pedazo chamuscado. Era un lomo duro, de
madera, forrado en cuero crudo, seguramente curado con sal y lustrado. Tenía
unas letras negras, sucias, irreconocibles por el fuego.
—¿Es una broma? —Kevin
alzó los ojos para mirar a Antonella y la luz de la lámpara bailoteó un poco.
Las sombras en la pared se hicieron caprichosas—. Dame —le dijo. Y le quitó la
lámpara.
Llevó la luz a la
pared, pegándola al ras, y la recorrió. Ceniza, por supuesto, huellas de objetos
filosos que hendían la pared.
—¿Creés que
nuestros padres…? —comenzó Kevin.
Entonces lo vio, sobre
una de las paredes. Se despegó de las sombras con la viveza de un rayo de sol.
Brilló en la luz y primero Kevin no entendió qué era. Una pequeñísima medialuna
blanca y filosa, combada, aferrada a la pared como si le fuera la vida.
Una uña. Un pedazo
de uña enorme, que no parecía humana. Ensangrentada, enganchada a la pared y a
un pedazo de carne cocido hasta hacerse piedra.
No pudo contener el
vómito, Kevin.
—¡Oh por Dios! —se
horrorizó Antonella.
Kevin se recuperó,
sin que el sudor frío se le fuera.
—Esto… Esto es
real…
—Yo… yo… Siempre
pensé que eran historias de borrachos… Yo… no sabía…
Él la abrazó y Antonella
se aflojó y se angustió hasta llorisquear.
—Mis padres… No
puede ser… Mis padres no…
Kevin la tuvo así
abrazada un buen rato más. Miró de reojo las paredes y vio que había alguna uña
más, y más marcas en las paredes, y entendió que algunas manchas oscuras no
eran de tierra quemada sino de sangre fundida contra los muros.
Fue cuando escucharon
los ladridos. Desesperados ladridos.
Volvieron hasta la
entrada y dejaron la lámpara donde la habían encontrado.
Afuera estaba
anocheciendo. El perro seguía más malo que un demonio. Ladraba y ladraba, o gemía.
Kevin y Antonella fueron con el animal pero arriba no había nadie. Eran
ladridos al aire, a la noche.
—¡Perro estúpido! —lo
retó Antonella.
El animal ni se
percató de ellos. Siguió gimiendo, ladrando y enfureciéndose contra el cielo.
—Hay algo ahí… —notó
Kevin.
Antonella se tomó instintivamente
los brazos.
—No hagas bromas… No
es momento de…
—Agarrá la bici.
Comenzaron a andar
rápido, al trote y más rápido también. El perro dejó de ladrar y se les sumó
enseguida.
17.
Había ido a La
Torre miles de veces. A llevar trabajos de herrería, a acompañar a su mujer
cuando trabajaba para la señora, a pedir por la vuelta de su hijo. Nunca se
acostumbraba a su majestuosidad, su prepotencia obscena, y esa arrogancia manifiesta
del hombre que había puesto la construcción en la cima.
La Torre era una
aberración de la naturaleza. Una aberración absurda y genial. Era una estaca en
medio del desierto, de la altura de un cerro y no más ancho que unos cincuenta
pasos. Parecía clavada en la tierra por la mano de Dios, y uno la podía ver
apareciendo en el horizonte desde la cima, magnífica, incluso antes de llegar
al pueblo. Arriba y en la base era más ancho. El tiempo la había ido gastando
en el medio, erosionándola más y más hacia el centro, hasta dejarla como el
cuerpo de una manzana puesta de pie, comida toda alrededor.
—El señor ya lo
atiende —le anunció el lacayo, que no era otro que un compa del pueblo.
Además de la cima
había otro nivel en la torre, cerca del suelo, que era donde se vivía a diario
y donde él esperaba ahora. Arriba estaba reservado para fiestas, ocasiones
especiales o simplemente para ir a ver el mundo desde el cielo. E ir a alardear,
claro. Se llegaba subiendo por las interminables escaleras o por el montacargas
externo que ascendía mediante un sistema de poleas movidas por unos animales de
tiro.
—Amundio, ¿qué
pasó?
—No viene nadie,
señor Monterrey. Es lo que le dije, la gente no quiere, la gente está muy de
malas.
—¡Me importa un
carajo la gente! ¡Yo también estoy de malas! ¿Cuántos juntaste?
—Ninguno. Dicen que
la fiesta los puede atraer.
—¡Esas son pavadas!
—¿No es usted el
que quiere reforzar la seguridad…?
El señor Monterrey
hizo una mueca de preocupación.
—No es la fiesta.
No sé lo que es pero no puede ser la fiesta.
—Se han juntado en
el pueblo para ver qué hacer.
—¿Una mitin? ¡Yo no
autoricé ningún mitin!
—Esta vez tienen
razón, don Monterrey. Es mala idea por donde se lo mire… La fiesta se hace en
el punto más débil…
—¡La Torre es una
fortaleza!
—¡Una fortaleza contra
la gente, no contra esas cosas! ¡Usted lo sabe, carajo!
Amundio y el señor Monterrey
se quedaron en silencio. Se conocían demasiado bien como para tenerse temor u
ofenderse por tonterías.
—Puedo traer a mi
hijo y a su amigo.
—¡Te dije que no
quiero a tu mocoso rondando a Antonella! No lo quiero cerca, ¡mucho menos en la
fiesta! ¡Ya lo tendrías que haber mandado de vuelta, por Dios santo…!
—No va a estar
cerca, señor. Ni siquiera se van a ver. Ustedes estarán adentro, nosotros
afuera… Haga como quiera, yo solo le digo que no puedo vigilar el perímetro de
la torre todo el tiempo —Amundio suspiró cansado—. Quizá sea mejor cambiar
fecha y lugar...
—No puedo suspender
la fiesta, Amundio. Invité a mucha gente muy rica de la provincia. Gente
importante… Y tiene que ser una fiesta suntuosa, algo nunca visto. Me estoy
gastando hasta la última moneda, amigo… Estoy desesperado… —El señor Monterrey
agrió la comisura de sus labios, estaba sintiendo un sabor desconocido en su
boca—. Voy a ofrecer a mi hija al Comandante Ramos. Se la voy a ofrecer en
matrimonio.
—¡¿El Comandante?! Es
que… la Antonella tiene 15 y él… bueno, no sé cuántos tiene, ¡pero es más viejo
que nosotros!
Por primera vez
alguien vio la angustia y la derrota en el rostro del señor Monterrey.
—Es mi última
carta, Amundio. Y la última carta del pueblo.
18.
El pueblo, maldito
pueblo. Polvoriento, gastado, surcado de callejas que iban a ningún lugar, o
aun peor: que iban a un lugar cualquiera. Lo vieron acercarse, como si no fueran
ellos los que venían andando, con la luna colgada arriba, tan curva y filosa
como una uña recién cortada. No había bruma, solo flotaban en el aire los
hedores a frituras, a invierno apurado, a tierra, a polvo, a sangre.
Kevin aflojó el
paso, exhausto, lo mismo que Antonella. Habían sido muchos kilómetros de
vuelta, que fueron corridos o caminados de acuerdo al miedo y al cansancio.
Un gentío se
arrumbaba contra la ochava de una esquina en semi penumbras. La lámpara de la
calle, sostenida arriba por una cuerda y un milagro, alumbraba y ensombrecía la
esquina a intervalos caprichosos, como si el viento, ese que no soplaba, le
hubiera dado con el dorso de un ala.
Había alguien
tirado en el piso, además del gentío. Se tomaba el estómago aunque no se movía.
Los hombres, cinco o seis tipos grandes, hablaban fuerte y enojados. Las
mujeres estaban histéricas, varias arrodilladas junto al cuerpo, santiguándose
y rezando en un murmullo.
Kevin y Antonella
se acercaron. El cuerpo era el de un hombre viejo y flaco, desaliñado, de ojos
empañados. Cuando la luz bailó otra vez sobre él y lo iluminó, Antonella pegó
un grito y se tomó del brazo de Kevin. El cuerpo estaba abierto en el abdomen
de una manera brutal. Abierto igual que una vaca en el gancho del matadero, con
sangre por donde se mire, y órganos e intestinos desbordándose como gusanos. El
pecho estaba empapado de rojo, y desgarrado y tajeado en girones. También tenía
mordidas por el cuello y la cara.
—Lo conozco… —murmuró
Kevin cuando la luz volvió a pasear y vio el rostro del pordiosero con el que
se cruzara el día anterior.
Antonella lo miró
sin entender, y los hombres giraron hacia ellos con expresiones feas.
—No me extraña que
lo conozcas —le espetó uno—. ¿Vos no sos el hijo del Amundio?
Kevin dio un paso
atrás, con Antonella, que no lo soltaba. Vio venir más gente, y a una de las
mujeres irse con paso vivo en dirección a la plaza.
—¿Qué…? ¿Qué pasó…?
—Vos deberías
saber… Fueron ellos… y volvieron… volvieron otra vez, y me juego lo que no
tengo a que los trajiste vos…
A Kevin se le
encogió el estómago. Lo que fuera que andaba por Las Tumbas, en la oscuridad de
la noche, habría adivinado que ellos iban al pueblo. ¿Podría ser que sin querer
lo hubieran traído?
Una de las viejas
que rezaba de rodillas señaló el horizonte.
—Vinieron de allá… Vinieron
de Las Tumbas…
El más ancho de los
hombres, un morocho de rostro aindiado y barba y mugre de tres días, escupió al
suelo.
—Todo esto es culpa
tuya —le dijo directamente a Antonella, y dio un paso hacia ella, que se hizo
más chica bajo el cobijo de Kevin.
El hombre se acercó
un paso más y le señaló con un dedo el pecho.
—Esa fiesta de
mierda los está atrayendo…
—Tienen que
suspenderla —dijo otro—. ¡Suspenderla para siempre!
Las mujeres se
sumaron a la furia con gritos y reclamos.
—Tendrían que usar esa
plata para darle trabajo a la gente.
El gentío se les vino
encima. Las que estaban sobre el cadáver se incorporaron y se unieron a los de
pie y en unos segundos Kevin y Antonella quedaron rodeados a medias y reculando.
El cuerpo del pordiosero quedó olvidado, dos metros más allá.
—La gente se está
muriendo de hambre acá abajo y la señorita se anda dando la gran vida…
El que la señalaba
con el índice le apoyó un dedo en el pecho, acusándola.
—¡Oiga, no me
toque! ¡Soy la hija del señor Monterrey!
—¡La hija de un hiju’e
puta!
—¡Ese hijo de puta
les dio de comer durante toda su vida!
—¡Hambre, nos dio! ¡Con
la fortuna que hizo con nuestro trabajo deberíamos ser todos ricos!
—¿Ricos? ¿Ahora quieren
ser ricos? ¡Porque hace un segundo no tenían otra cosa más que hambre!
—¡Antonella!
La vieja más vieja
dio un paso adelante y levantó un puño hacia la chica,
—Esta mocita tiene
muchos aires de princesa. Ustedes no podrán hacer nada porque son hombres, pero
yo le voy a enseñar…
Kevin sacó de entre
sus ropas la estaca que se trajera de Las Tumbas y la esgrimió como si fuera un
puñal. Los otros se quedaron. Aunque aquello no los podría frenar a todos, en
tal caso sí iba a frenar al primero.
Entonces apareció
el único policía del pueblo.
—¿Qué pasa acá? —Y
vio el cuerpo tirado—. Uh, carajo…
—Fueron ellos,
comisario. El chico los trajo.
El comisario se
agachó junto al cuerpo despanzurrado. Lo revisó brevemente.
—Pudo haber sido un
coyote.
—Comisario, déjese
de joder, no somos críos.
El comisario se
levantó y miró por primera vez a los chicos.
—¿Qué hacés acá? —le
dijo a Antonella. Y miró a Kevin, y otra vez a Antonella—. Tu papá no quiere
que te juntes con éste…
Kevin aun sostenía
la estaca en posición de defensa.
—Señor, ella…
—Callate, pendejo, que
a vos no te di vela.
Todo el mundo se
quedó cortado. Era la primera vez que escuchaban al comisario con un tono así
de duro y un desprecio casi palpable.
El comisario miró al
cadáver ahí tirado, y luego miró a los otros.
—Cúbranlo con algo
y no toquen nada. Yo voy a llevar a la hija del señor Monterrey a su casa y
regreso —Miró a Kevin de abajo a arriba—. Y vos, pendejo, volvete ya. Hoy. Todo
esto es culpa tuya.
19.
Kevin garabateó con
la estaca sobre el polvo del suelo. Era medianoche y el cielo seguía de un
brillante prepotente. Había tantas estrellas, y tan luminosas, que daban una
especie de vértigo, una sensación de un cielo enfermo que se venía abajo. Era
imposible mirarlo y no marearse. Se preguntó si el eclipse las empañaría o las
haría aun más magníficas.
—Fui a las Tumbas.
Kevin estaba sentado
en el piso, respaldado sobre la pared del frente de su casa, solo. Desde la
puerta, desde adentro, la madre le respondió.
—¿Por qué mejor no
entrás?
—Te digo que fui a
Las Tumbas… Que estuve adentro… Que vi todo el lugar hecho cenizas…
Kevin le mostró la
estaca quemada de sangre.
—¿Es cierto lo que
dicen, ma?
María salió y quedó
de pie frente a él.
—Fue hace muchos
años, Kevin… y nadie quiere recordarlo. El pueblo enloqueció. En aquella
oportunidad comenzaron a aparecer cuerpos mutilados… como ahora… Primero
desapareció gente, luego encontraron cuerpos comidos, desmembrados… Cuando empezaron
a entrar en las casas, el pueblo no lo toleró más.
—¿Qué clase de
gente hace algo así?
—Kevin, mi amor,
tenés que irte del pueblo. Está volviendo a pasar…
—¿Qué clase de
gente, ma…?
María apretó instintivamente
el crucifijo que le colgaba del cuello.
—Cuando yo era
chica… un poco más chica que vos ahora… vinieron del sur…. Siempre vienen del
sur… Eran muchos en esa época, aunque mi padre me dijo que antes, cuando él era
chico, venían de a más. Y el padre de mi padre, a su vez, lo mismo… —María exhaló
aire como si hubiera hecho un esfuerzo enorme—. Vinieron en dos o tres oleadas,
arrasando todo, yo estaba aterrada. Mi abuelo parecía loco de alegría. Los
hombres mataron a muchos, y ellos… —Frunció la cara como si evocar aquello le
doliera— Recuerdo ese momento y se me vienen los gritos, el fuego, el olor, la
sangre…
—Escuché que se
comían a la gente... gente del pueblo…
—Es lo que siempre
se dijo. Es lo que siempre creí, pero… Alguna vez me pregunté por qué, si
venían a comer, los cuerpos aparecían bastante enteros. Destrozados, sí; no
comidos.
María miró a su
hijo con ojos acuosos. Diez años sin verlo, desde que era chico, y la vida se
lo devolvía a punto de ser un hombre. Extendió la mano.
—Dame la estaca. No
quiero que te ensucies con esa sangre.
20.
15 años antes.
La horda cortó el
desierto con el humo y el fuego de sus antorchas. Las luces —más bien las
sombras— jugaban con sus andrajos, sus miserias raídas, sus arrugas de una vida
dura y casi siempre injusta. Serían medio centenar, tal vez más, y había picas,
lanzas, estacas, redes y ballestas. Algunos llevaban puñales, cuatro manejaban una
camilla en los que cargaban un tonel que se notaba pesado. Y todos, hombres y
mujeres, tenían unos pellejos hechos de tripa de cabra que desbordaban un
líquido aceitoso.
Un hombre se
distinguía entre los otros como un diente de ajo en una sopa de tomate. Era
limpio, blanco, con ropas caras y finas, y portaba una barba austera y bien
recortada. Iba al frente, como seguramente también lo había hecho su padre
muchos años antes, como le correspondía por ser quien era.
El señor Monterrey
dio un golpe de vista a la muchedumbre. Casi todos, quien más, quien menos,
habían perdido a alguien en manos de los ubuntu: un hermano, una madre, un
amigo, un conocido. Todos tenían una cuenta pendiente. Las bestias habían incursionado
el último año con mayor violencia, incluso entrando a las casas, cosa que jamás
habían hecho. Esto era algo que los hombres no iban a tolerar mucho tiempo, y
cuando esas cosas entraron a la planta inferior de La Torre, con la señora y la
servidumbre adentro… El señor Monterrey se estremeció ante el recuerdo. La
planta baja de su torre había sido una de las primeras en ser atacada. Habían
entrado a la casa cuando aun no tenían las rejas, una noche que él no estaba, y
atacaron y destrozaron todo lo que encontraron. Tuvo la suerte de llegar a
tiempo y con el herrero. Entre los dos pudieron salvar las vidas de su mujer y media
docena de sirvientes. A la otra media docena la encontraron descuartizada y
diseminada por todos lados.
—Amundio —llamó ahora,
mientras marchaban.
—¿Patrón?
—Ya estamos
llegando. Mandá a las mujeres atrás y que a ninguno le falte nada. Y después prepará
la red.
No necesitó más el
Amundio, que desapareció con diligencia.
Entraron callados a
Las Tumbas, con orden de silencio estricto. Sabían ya que los ubuntu estarían
durmiendo. Era de día, y si ellos despertaban a la noche, era de esperar que
descansaran con el sol arriba.
El señor Monterrey y
el Amundio entraron primero, aunque no es justo decirlo así: el pueblo entero
se sumergió en la oscuridad de la caverna, filo y fuego en cada mano.
La oscuridad era
total, y ahí adentro hacía tanto frío que las antorchas parecían iluminar
apenas un poco más allá de su lumbre, como si fueran a morirse en cualquier
momento.
La primera cueva estaba
vacía. Las paredes brillaban a la luz, empapadas. Los hombres avanzaron. La
segunda estaba también inhabitada pero no vacía. Había una mesa grande de
madera y algunas sillas, y estantes en las paredes, repletas de libros de grosores
varios.
Recién en la
siguiente cueva encontraron al primero.
Estaba solo, tirado
sobre una mesada, desmayado. Se habría quedado dormido porque ellos no dormían
así. Era alto y huesudo, como eran ellos, y el filo de sus uñas —de sus garras,
mejor— y sus colmillos largos se veían igual de amenazadores aun cuando
parecían sin vida.
Amundio se colocó
un guante en la mano derecha y sacó un sable arqueado y corto. Hizo una seña al
señor Monterrey. La muerte debía ser limpia, rápida, y sobre todas las cosas,
silenciosa. No sabían cuántos estaban durmiendo por allí y un grito de aviso
podía provocar una masacre errada.
En un segundo, Amundio
tapó la boca de la bestia con su mano enguantada y con la otra le cortó medio
cogote, al tiempo que el señor Monterrey le clavó una estaca en el pecho. Hubo
un regurgitar de sangre, un pataleo enfermo, un aletear en su espalda, que
apenas vivió un segundo, y la bestia dejó de respirar.
Luego retomaron la
incursión, pisando suave y sin arrastrar los pies. Respirando poco, en parte para
no hacer ruido y en parte porque el miedo les cortaba el aliento. Entraron a
otra cueva vacía y luego a otra, con el señor Monterrey y el Amundio siempre al
frente. Eran muchos, y era difícil. Fueron cortando los pellejos e impregnando
cada rincón con el líquido viscoso.
El arnés con el
tonel se hizo lugar entre la gente y enseguida llegó a la primera línea. No
había más bestias, ni dormidas ni despiertas. Solo se oía un goteo lento y
cadencioso, que se hacía más y más fuerte a medida que la columna se metía más y
más hondo en las profundidades.
Hasta que llegaron
a la última. A la cueva principal. El pasillo se hizo ancho y de pronto el
señor Monterrey, el Amundio y todos quedaron quietos y estupefactos,
maravillados ante lo que ningún ser humano estaba preparado para ver. Una
caverna espaciosa, redonda, gorda como una gota de sangre, con un techo alto y
abovedado, tan alto y abovedado como, cuentan, se ven en las iglesias de
ciudad.
Y ahí arriba,
ellos.
Los ubuntu.
Era imposible
determinar cuántos había porque estaban en el techo —pegados al techo— y
colgados boca abajo, durmiendo el más profundo de los sueños. Las antorchas apenas
los alcanzaban con su luz, y era como si esa cúpula fuera un firmamento de
monstruos, de alas recogidas como capullos, con puntas brillantes, con ojos
abiertos pero muertos, que parpadeaban a la luz de las antorchas.
Era un cielo alucinante,
con cientos de humanoides huesudos, quiroptescos colgados como flechas demenciales
a punto de caer.
—¡Santo Dios…! —se
le escapó a uno de la segunda línea, y el eco de su voz resonó en toda la estancia
con un repiqueteo interminable.
Todos enmudecieron
y el señor Monterrey giró para apuñalarlo con la mirada. El hombre se petrificó
y sin mover su cabeza miró a uno y otro lado esperando que ningún ruido dijera
que alguna de esas aberraciones se había despertado.
El eco fue
desapareciendo hasta que el goteo lento y persistente volvió a ser lo único
vivo en la caverna.
Volcaron el tonel, le
quitaron un tapón y lo hicieron rodar hacia el centro de la caverna principal para
que desparramara el líquido. Como el tonel no llegó muy lejos, el señor Monterrey
y el Amundio fueron hasta allí, lo tomaron entre los dos y lo vaciaron con sus
manos, impregnando hasta los rincones y depositando el barril en el medio,
justo bajo las bestias.
La idea era irse,
sellar la salida y prender fuego todo. Pero eran demasiadas antorchas para que
ninguna se equivoque.
De una tea
cualquiera se desprendió un pingajo ardiente, fuego empapado en tela que se
deshacía en guiñapos. Cayó al piso y en el piso estaba el reguero que había
dejado el tonel. Ni chisporroteo hubo. La flama se continuó desde el aire y aterrizó
en el piso con tal fluidez que todo pareció una sola cosa.
El fuego corrió y
el Amundio y el señor Monterrey vieron irse la llamarada como si viajara en una
mecha.
—¡Las ballestas, rápido!
—gritó el señor Monterrey—. ¡Y empiecen a salir!
Hubo un segundo de
incomprensión en la pueblada, hasta que vieron al señor Monterrey, al Amundio,
y a los hombres de la primera línea apuntar con sus armas al techo.
Y disparar.
Las flechas
cruzaron el aire por el umbral de luz del incipiente fuego, como una imposible
lluvia hacia arriba, y atravesaron los primeros cuerpos de los Ubuntu, dormidos
boca abajo.
El primer alarido
fue desgarrador, inhumano. Fue como si estuvieran despedazando a alguien vivo.
Hubo unos cuerpos desplomándose.
Hubo un aleteo. Un revolverse de cuerpos ensartados y despertando a la vez.
Y hubo una segunda
lluvia de flechas.
Más cuerpos cayeron
muertos o malheridos. Y abajo ya espesaba el fuego, y el humo comenzaba a
arder. Los nuevos alaridos despertaron al resto y la tercera andanada de
flechas encontró a los monstruos sacudiéndose a la vida, desprendiéndose del
techo, comenzando a aletear y entender qué sucedía.
Los hombres retrocedieron
y arrojaron más flechas, ya sin apuntar, y escaparon de la cueva principal prendiendo
fuego en su huida.
En los corredores todo
fue pánico, caos y locura. Entre el humo y el rojo enfurecido de las flamas
asomaron los primeros ubuntus. Las flechas arrasaron con los de adelante, pero
no hubo tiempo de recarga con los que venían detrás. Con sables, estacas,
cuchillas, con cualquier cosa había que aguantarlos. Y los aguantaban mientras
salían: el señor Monterrey, el Amundio y cada vecino los conjuraron a cada paso
que se acercaban.
Fue inevitable, sin
embargo, que cayeran los primeros hombres. Un monstruo alcanzó a un muchacho
junto al Amundio, y en un santiamén fue devorado por el humo que ya abarcaba
todo. Por el humo y por las bestias que venían.
Algo pasó. Algo
fuera de lo planeado, que hizo que de repente el grupito de hombres que hiciera
vanguardia quedara rodeado.
Los ubuntu no
usaban armas. Su furia, su instinto, sus garras, despedazaban todo lo que se
les ponía adelante. Entre el fuego que se volvía incontrolable, el humo que
mataba e irritaba el aire, y las bestias, los hombres fueron cayendo uno a uno,
y por milagro no lo hizo el señor Monterrey, cuando perdió su espada.
A tientas, ciegos
en medio de la batalla, el Amundio encontró un hueco en una pared y lo arrastró
consigo a su patrón. Entraron a una recamara pequeña y oculta.
Había dos de ellos
en el piso, muertos. O quizá más. El humo era tal que se veía muy poco y abrasaba
los ojos.
Y había una cuna.
Una cuna con un
bebé impregnado de hollín, casi asfixiado pero removiéndose.
El señor Monterrey
vio al Amundio frente a la cuna, con una estaca en lo alto, congelando la
puñalada.
—¿Qué esperás? —gritó—.
Matalo.
El Amundio amagó,
tan solo amagó mover el brazo, y se aquietó. El bebé no tenía alas, no tenía
colmillos ni hocico, no tenía la piel azulina y delgada como papel.
—¡No puedo!
—¿Cómo “no puedo”?
¡Es uno de ellos!
Sobre el piso se
movió algo y en un parpadeo una de las bestias se incorporó y tomó al señor Monterrey.
Abrió la boca sobre su cuello y justo cuando iba a desgarrarlo, el Amundio
arrojó con fuerza su puñal.
La cabeza se le
sacudió para atrás al ubuntu, y un hilo de sangre roja, tan roja como la
humana, le brotó por la frente hendida. La bestia cayó sin vida y el señor Monterrey
jadeó tomándose instintivamente el cuello.
El Amundio miró a
los ojos al dueño del pueblo. Fue hasta la cuna, tomó a la criatura y la ahuecó
entre sus brazos.
—Es solo un bebé
—se disculpó.
—¡No es un bebé, es
una cría!
—Lo siento, no
puedo matarlo. Y usted sabe que la María y yo no podemos… Nunca pudimos… ni
vamos a poder…
—Amundio, esa cosa…
—No tiene alas, ¿no
ve? De seguro lo habrán robado…
—Parecen humanos
hasta que crecen, ya lo sabés…
—Esto es cosa de
Dios, patrón, no puede ser casualidad. Es Su voluntad, de seguro es Su voluntad…
Con el bebé encima,
el Amundio se agachó a los pies del señor Monterrey y retiró con fuerza el
puñal clavado en el cráneo de la bestia. Se lo dio a su patrón.
—Tome —le dijo—.
Ahora tiene un arma.
Sin esperar más,
protegió al bebé entre sus ropas y salió, con el señor Monterrey detrás.
21.
En el presente
—¿No me vas a
invitar una taza de té…?
—¿Me estás tomando
para la chacota, Lucía?
—No…
—¿Te pensás que soy
tonta, que me voy a creer de que justo andabas por acá y se te ocurrió
saludarme? ¿Cuántos años hace que no nos vemos, Lucía? Si el Amundio se
despierta de la siesta y te ve en la puerta se me va a armar la de San Quintín.
No te quiere en esta casa. Ni a vos ni a tu marido ni a la Antonella. A tu
marido lo tolera porque a veces le da una changa, pero si te ve acá se la va a
agarrar conmigo.
—Está bien, está
bien… Vení, caminemos. Aunque sea acompañame hasta el puentecito. Monterrey
tampoco sabe que vine, y si se entera también me va a hacer problemas… Estamos
en la misma, vos y yo, María… Como siempre…
—En la misma… No me
hagas decirte cosas que no quiero decirte.
—No seas así… Vos
sabés que no puedo contar con él… Que siempre estuve sola… Y esto es tan
grande, tan fuera de todo… Si no fuera por vos, los primeros tiempos… Vos fuiste
de algún modo mi amiga, la única que me entendía, la única con quien podía hablar…
Y vos, lo mismo: vos compartías tu secreto conmigo.
—Ni siquiera en eso
nos parecemos, Lucía. Yo comparto mi secreto con el Amundio. ¿Vos compartís el
tuyo con tu señor Monterrey?
—No seas injusta, sabés
que no es lo mismo. Yo no puedo…
—Vos no pudiste.
Eras joven, estabas asustada. Hoy es otra cosa, hoy es cobardía.
—No es cobardía. No
hay manera de que Monterrey lo pueda entender. Me mataría. Y a Antonella…
—La enviaría bien
bien lejos… Como me obligó a hacer con el Kevin.
—¡Es diferente, por
Dios! Vos sabés mejor que nadie que es diferente. Antonella no es como Kevin.
Llegaron al puente.
Absurdo puente que se elevaba por sobre un rio vacío. Lo caminaron hasta la
mitad y se detuvieron arriba, apoyadas en la baranda, mirando el lecho, como
cuando eran jovencitas y buscaban su reflejo en el agua. Vistas desde el río
que no había, parecían suspendidas en el aire.
—¿Me tomás de tonta,
Lucía? Limpié tu casa durante tu embarazo, ¿o ya te olvidaste? Me hice cargo
cuando no quisiste ningún médico y la tuve que revisar a la Anto del derecho y
del revés. Y vos le viste las mismas marcas en la espaldita que le vi yo, por
eso te horrorizaste y la cubriste enseguida. No me hablés como si fuera una
idiota, Lucía. No me hablés como si no hubiera estado ahí, como si no la
hubiera sacado de tu vientre, lavado la sangre y puesto en tu pecho. Y sobre
todo no me hablés como si yo no fuera de confiar, porque en quince años nunca
nadie supo nada, y aunque yo me comporté como Dios manda, como la gente que
soy, vos y el otro hijo de puta de tu señor me hicieron empacar un hijo y
mandarlo lejos como si fuera una encomienda, porque alguien, vos o él,
murmuraron algo, y el pueblo comenzó a hablar. Cinco años tenía el Kevin, Lucía.
Cinco. ¿Vos dónde estabas cuando lo mandamos a Buenos Aires? ¿Dónde estabas
cuando se fue hecho un llanto y con el Amundio nos sentimos peor que esos
animales? No me hablés de sentirte sola, Lucía, vos tuviste siempre a la Anto...
—Yo no quería eso.
Vos sabés que yo no quería… Yo soy madre, yo no quise…
—¿No quisiste qué?
¿O ahora no estás acá para pedir que lo despache al Kevin otra vez pa’ Buenos
Aires?
—Tenés que ponerte
en nuestro lugar, y más con las cosas que están pasando en el pueblo.
—Son de no creer,
ustedes…
—Ya sé que no es
fácil, y por la plata no te preocupes, lo mandamos nosotros, pero date cuenta
que si él sigue por acá corren peligro Antonella, él mismo, vos, yo, y todos
los del pueblo.
—No voy a perderlo
otra vez. Me lo robaron diez años, no lo voy a volver a echar como un perro.
—No seas necia,
María, ¡ni siquiera es tu hijo!
La bofetada resonó en el horizonte de esa tierra puro sol y arcilla. El sacudón despeinó los cabellos de Lucía, que se tomó la mejilla en rojo.
La bofetada resonó en el horizonte de esa tierra puro sol y arcilla. El sacudón despeinó los cabellos de Lucía, que se tomó la mejilla en rojo.
—¿Y tu hija qué?
—Mi hija sí es mi
hija. La gesté nueve meses y casi me muero desangrada en el parto.
—¡Once meses! ¡La
gestaste once meses! Me pediste ayuda incluso para mentir con eso… Sos
increíble, Lucía. Hasta te cubrí con la violación… Vos me traicionaste con lo
del Kevin, y en cambio yo nunca jamás le dije a nadie que a vos te violó una de
esas cosas… Ni al Amundio se lo conté.
22.
La Torre era un
faro de luminarias tornasoladas en medio de la noche. Había una fiesta arriba, con
luces, guirnaldas y banderolas esmaltadas de pigmentos brillantes hacia cada
punto cardinal. En la cima, en el pico más alto, una fragua ardía leños traídos
de Oriente, que derramaban chispas interminables, provocando una lluvia de
pequeñas estrellas multicolores.
La construcción era
enorme y estaba dispuesta sobre una plataforma casi circular y ceñida por una
galería abalconada, que también hacía de perímetro. La galería era libre hacia
afuera, resguardada solo por una barandilla de hierro con ornamentos góticos,
mientras que hacia adentro daba a enormes puerta-ventanas que comunicaban con
el salón principal, las otras salas y las habitaciones.
Para la fiesta, los
ventanales habían sido cubiertos con grandes y pesados cortinados bordó de hilo
tejido en cruz, y sedas color perla.
Los vigilantes
tenían prohibido ingresar a la fiesta, aun en una emergencia. Kevin recorrió el
vallado de telas finas hasta dar con un pequeño hueco entre los pliegues. ¡Por
Dios que era una fiesta! Las mesas opulentas. Los finos invitados. Las ropas
elegantes. Los músicos…
Y Antonella.
Con un vestido cercano
al blanco, encorsetada, con los hombros descubiertos y el cabello recogido y
rebelde, que le caía un poco sobre la frente. Y la sonrisa. Y los ojos. Y los
labios.
—Es la cosa más
hermosa que vi en mi vida… —susurró.
El Amundio
carraspeó sonoramente, aplaudió fuerte con sus dos manazas y comenzó a despabilar
a la tropa.
—Bueno, se acabó la
función… ¡Ustedes! —se refirió a los únicos dos hombres que le consiguió el
señor Monterrey—. Lleven ballestas, un cuerno y cuatro sacos de flechas cada
uno. Se ubican a cien pasos uno del otro y apenas ven algo raro avisan. Kevin,
ayudame a colocar la última reja. Aunque sea una parte del balcón va a estar
protegida.
Un buen rato
después, y mientras desde adentro venía un coro de violines, se escuchó un
trueno y un rumor lejano. Kevin se asomó por sobre la barandilla de hierro que
seguramente habría forjado su padre, o su abuelo, y miró hacia abajo.
Doscientas o trescientas personas se agolpaban al pie de la torre, con
antorchas y carteles hechos a mano. Estaban a gran distancia, y si bien el
sonido subía, La Torre era tan alta que solo se oía un murmullo. Más gente venía
de los distintos caminos, formando columnas que se sumaban a la manifestación.
—¿Será peligroso? —preguntó
Kevin.
Amundio se asomó
igual que su hijo y se sorprendió. Había bastante más gente que la última vez
que se fijara. Y más antorchas y carteles.
Se escuchó un
gozne, un ventanal abrirse y el ruido de fiesta subir y volver a morir al
cerrarse. El señor Monterrey se ubicó entre Kevin y su padre, y también miró abajo.
—¿Qué mierda quieren
ahora…?
—Señor Monterrey —dijo
el Amundio—, voy a necesitar más gente. Los dos tipos que puso para ayudar… con
todo respeto, señor, serán muy buenos con los jardines pero no saben agarrar
una ballesta.
—Con los jardines
tampoco son tan buenos…
El señor Monterrey
fue hasta el más cercano de los telescopios montados en la baranda.
—Están todos… El Mateo,
Felipe… Está el Bartolo… hijo de puta, le llevé a la mujer de un tiro al
hospital provincial, cuando se le moría acá… Que se quejen todo lo que quieran…
no tienen agallas para darme problemas… Además, ahí adentro y con la música, no
los vamos a escuchar.
Kevin lo vio irse
nuevamente hacia la fiesta.
—¡Qué reverendo
hijo de puta!
Monterrey se frenó
un mínimo instante, prácticamente nada, y continuó. Tenía buen oído aunque la
verdad era que el chico buscó que lo escucharan.
Cuando quedaron
solos, Kevin fue hacia el telescopio y observó la muchedumbre.
—Dejá eso, hay que
organizarse…
Le hizo una seña a
su padre y observó un poco más. Había de todo entre la gente. Muchos hombres, por
supuesto, y también mujeres, viejos, chicos, chicas y algunos niños. Hasta
perros, vio Kevin. La muchedumbre se agitaba de una forma extraña. Lo hacía
lentamente y sin ir a ningún lado, como un latido, y lo sorprendente era que
seguían llegando nuevas columnas desde todos lados. Había focos de fuego aquí y
allá, que todavía no representaban un gran peligro.
De pronto lo
descubrió. Allí. Con ropas de pueblo. Con una antorcha y un cartel escrito a
mano, gritando como el que más, junto a otros paisanos: Rodrigo.
Kevin cabeceó
riendo y fue a reunirse con su padre.
23.
Primero fue casi
una sensación, como ver manchas sobre oscuro. Y si el cielo y la noche no
hubiesen estado tan increíblemente estrellados, o si hubiera sido un poco más
tarde y la luna ya estuviera eclipsada, seguramente jamás los habrían visto
venir.
Eran ellos. Los
ubuntu.
Y venían por el
aire. Volando, como vuelan los ángeles. O los muertos.
—Llegó la hora,
hijo… —gritó el Amundio, para que se lo escuche por sobre la fiesta.
Kevin vio las
sombras aladas contra la noche, oscuras, porque eran oscuras. Solo los ojos los
delataban, pero eran ojos tan brillantes como las estrellas, así que también se
confundían. Tragó saliva.
—Tengo miedo.
El Amundio lo miró
a los ojos y le sonrió por primera vez.
—Si no tuvieras
miedo no serías humano.
—Voy a avisarle a
los otros.
—Que se fijen si también
vienen de allá.
Kevin zanjó la
galería exterior de una corrida, observando cada tanto el horizonte. Llegó
agitado al otro lado, a donde los dos empleados del señor Monterrey charlaban
casi de espaldas a lo que debían vigilar.
—Ya están acá… —dijo,
y vio el terror apoderarse de sus rostros.
Kevin regresó con
los dos hombres detrás. Cuando llegó con su padre, encontró espadas, escudos,
sacos llenos de flechas y ballestas, una de las cuales era más grande y con un
pequeño depósito adosado para carga automática.
—No vienen por
ningún otro lado. Son solo esos…
—Entonces son pocos
—dijo el Amundio, que seguía sacando armas de un baúl empotrado en una pared.
El más asustado de
los peones —cualquiera de los dos era el más asustado— se asomó hacia abajo y
señaló la muchedumbre.
—Hay cada vez más…
Quizá tengamos suerte y los ataquen solamente a ellos…
Amundio le dio una
ballesta y le alcanzó un casquillo de cota de malla que cubría cabeza, cuello y
hombros. Al pobre hombre le temblaban las manos cuando la tomó.
—No los trae el
hambre, Saverio.
Los hombres
terminaron de calzarse protecciones y armas, y otearon el horizonte. Las
bestias estaban ya muy cerca, ahora se distinguían fácilmente. Venían volando,
y cuando abrían y agitaban sus negras alas, ocultaban las estrellas que
brillaban más atrás.
Se escuchó un chorrear
ligero en el balcón. Kevin vio a uno de los peones: estaba aterrorizado mirando
el horizonte y de entre las piernas le caía un agua amarillenta.
Como para
preservarle al hombre algo de dignidad, Kevin continuó el recorrido de su
mirada hacia la fiesta. Las cortinas se habían corrido un poco desde la última
entrada del señor Monterrey, aunque no tanto como a Kevin le hubiera gustado.
Se veían más parejas bailando, gente mayor y de elegantes vestidos y fracs.
Sonaba un vals, que llegaba más bajo y más grave, y que tocaba una orquesta de
la que Kevin solo podía ver a algunos músicos maniobrando unos violines.
Abajo, la
muchedumbre que se venía oyendo como un rumor, comenzó a gritar algo
inentendible, una palabra o dos, al unísono, un clamor, con rabia en cada acento.
Algunos le prendieron fuego a la torre, que era tan grande que difícilmente la
fueran a quemar.
—¡Preparate, Kevin!
Ellos, los que
volaban —los ubuntu—, ya casi estaban.
Kevin los pudo ver
por vez primera. Eran feos, aunque la belleza y la fealdad nunca fueron tan relativas.
Tenían cuerpos humanos, escuálidos hasta los huesos, y de sus espaldas se
desplegaban unas alas oscuras, anchas y delgadas, como de piel. Tenían crenchas
por pelos. Colmillos por dientes y una nariz apenas hocicada que les daba un
aire de murciélagos. Era una imagen que lo sorprendía, no que lo aterrorizaba.
—¡Fuego a
discreción! —gritó el Amundio.
Kevin aguantó la
respiración.
Y disparó.
El primero que
venía hacia él cayó atravesado en medio del pecho. Graznó como un animal, dolor
y muerte. Se detuvo en el aire, se tomó el agujero que era pulpa y sangre, falló
un aleteo y se precipitó al vacío.
Kevin disparó otra
vez, con ojos entrecerrados por el miedo. Y luego otra. Su padre descargó una
ráfaga y varios monstruos cayeron en un soplido de muerte. Uno de los peones
estaba tan impresionado que erraba todos sus disparos, clavando la mayoría en
el techo. El otro se paralizó del terror.
Los ubuntu que lograron
cruzar las primeras andanadas de flechas alcanzaron el balcón. Uno fue directo
al hombre quieto y le hundió sus garras en el pecho. El hombre cambió pánico
por dolor, en un alarido desgarrado. Kevin soltó la ballesta y tomó una espada,
con manos temblorosas, sudadas. Fue hacia la criatura y la clavó por detrás, más
de miedo que por convicción. Vio a la criatura arquearse, de espaldas a él, y
agotar, fundir a nada su fuerza y su violencia. Lo sintió morir, espasmar en un
latido de muerte, y lo sintió en la espada con la que lo atravesaba, como si la
hoja forjada por su padre le concediera la potestad sobre la muerte. Cuando el ubuntu
amagó una nueva convulsión y se volteó buscándolo, Kevin despertó y su
temblequeo se fue, movió la empuñadura para no permitirle al otro siquiera
girar y, consumada la muerte, retiró el filo bañado de rojo.
Pero venían más.
Apenas si tuvo tiempo de darse vuelta y ensartar a otro que se le venía con los
colmillos hacia adelante, como cuchillas preñadas de sangre. La espada se clavó
hasta el guardamano y el ubuntu hizo un gorgoteo pastoso. Kevin se lo quitó palanqueándolo
con su pierna.
—¡Agarrá un escudo!
—le gritó su padre.
Amundio y el otro
peón ya estaban luchando con espadas y lanzas. Cuando algún mandoble tocaba a
un monstruo, este se retiraba, y luego regresaba con más saña. Eran pocos,
aguerridos, tozudos y con mucho odio.
Un zarpazo le
desgarró a Kevin un lado de la camisa. El chico retrocedió y en el mismo
movimiento giró con la espada extendida. El sablazo le cortó a la bestia más de
media ala. El desconcierto en la criatura fue completo, y Kevin aprovechó y lo
empujó con fuerza para arrojarlo por sobre la barandilla. Kevin se asomó, como
si necesitara cerciorarse: con el ala destrozada, la criatura cayó viva y dando
círculos en espiral. Más abajo, el enjambre de gente corría desesperado de un
lado al otro, atacado también por algunas criaturas.
La muchedumbre, que
había iniciado focos de fuego bajo la torre, escapaba ahora en estampida, en
medio de un gran caos, con la gente atropellándose, cayendo y siendo pisoteada por
el desmadre.
Kevin miró tras él,
a los ventanales. La música sonaría muy fuerte porque adentro seguía la fiesta.
Como si no pasara nada. Había en el medio del salón un grupo de hombres y
mujeres negros, vestidos con ropas de liturgia de colores brillantes, haciendo
un baile y algunos movimientos que todos aplaudían cortésmente.
En el balcón, uno
de los ubuntu robó una espada y cortó una pierna del peón. El hombre se dobló
de dolor y Kevin arrojó su propia espada para evitar que lo remataran. Pero
falló, y la hoja fue a dar a su padre, que estaba detrás, incrustándose debajo
y a la izquierda del tórax.
—¡Ahhh!
El monstruo despedazó
el vientre del peón. Hundió tanto sus garras que la mano se le quedó trabada
entre unos huesos. Kevin tomó la espada que diera en su padre y fue detrás de
la criatura, que ahora forcejeaba con desesperación.
Kevin blandió su
espada y la cabeza de la bestia se desprendió del cuerpo como una pelota
fallando un malabar.
El chico miró hacia
su padre.
—Perdón, papá, no
quise…
—¡Atrás, hijo!
Kevin giró justo
para aguantar a un ubuntu que se le arrojó encima. Una garra cortó carne y
camisa. Otro manotazo más y Kevin fue a dar al suelo.
El monstruo avanzó
un paso, quedando sobre Kevin. El chico estaba por completo a su merced.
—Asesinos… —dijo el
ubuntu. Kevin lo escuchó claro, hablaba como un humano.
Con la garra en
alto, dispuesto a atravesarle el corazón, el monstruo miró al chico a los ojos,
para darle la estocada final. Perdido por perdido, Kevin volteó buscando su
espada con urgencia, pero estaba demasiado lejos. En el movimiento le dio media
espalda a la bestia, que le vio en el espinazo unas cicatrices pequeñas y
ovaladas, perfectas, dispuestas de a pares.
—U… buntu… —dijo, y
se congeló—. Uno de los nuestros…
Ni tiempo tuvo Kevin
de reaccionar. Una flecha atravesó el balcón y perforó al monstruo de lado a
lado, de costado.
Esta vez no hubo
grito, solo la sangre salpicándole todo el rostro a Kevin. El monstruo cayó junto
a él, aun respirando. Kevin miró a su padre, con la ballesta descargada en su
mano. Fue con la criatura.
—¿Qué fue eso que
dijiste?
El ubuntu sonrió a
pesar de su muerte. Era más humano esta vez.
—Uno… Todos… —dijo—.
No acabaron con nosotros, entonces…
—¿De qué hablás…?
Ustedes venían a masacrarnos…
—¿¡Nosotros!? No… Ellos…
Siempre fueron ellos… Durante siglos… nos cazaron… Por miedo, primero… después
por diversión… Los hombres… siempre muy crue… les… —el ubuntu hizo un esfuerzo
sobrehumano y alzó una garra en un último movimiento. Lo acarició en la mejilla
y sonrió—. No fue en vano…
La mano cayó de la
mejilla al suelo cuando el ubuntu dejó de respirar.
Kevin giró hacia su
padre, que sangraba.
—¿Vas a vivir? —le
preguntó con sequedad. Hubo un asentimiento con los ojos—. ¿Es cierto lo que
dijo?
24.
La música era
vivaz, desbordante de glamur. Los violines y chelos eran como jergones de
armonía sobre la que una flauta canturreaba un contrapunto festivo. Los
tambores y tamborines aportaban frescura. No todos bailaban, muchos
conversaban, reían, y bebían vino claro y espumante. Había pasado la primera
comida y habían presentado ya a la agasajada; y las charlas y murmullos benévolos
y condescendientes la tenían como única protagonista.
Solo algunas pocas
señoras, esposas de los señores más acaudalados de la comarca, se atrevían con
el rumor de que Antonella había sido comprometida con el Comandante Ramos, que
por edad estaba más cerca de un lecho de muerte que de uno nupcial. También hablaban
de la endeble y casi desesperada situación económica del señor Monterrey, que
ofrecía una fiesta ostensiblemente suntuosa pero no tenía suficiente
servidumbre para cubrirla con propiedad.
Las mujeres —en
realidad, todos— vieron al Comandante Ramos invitar a Antonella a bailar una
pieza, y a Antonella excusarse débilmente por una jaqueca. Vieron al Comandante
hablar con el señor Monterrey, y al señor Monterrey convencer a Antonella.
El Comandante Ramos
tenía a la agasajada de la mano, en un desnivel de tres escalones, a punto de
llevarla al centro del salón, cuando una de las puerta-ventana se abrió de par
en par.
Las pláticas
cesaron de repente, las cabezas de cada invitado giraron una a una con expresiones
de asombro. La música dejó de sonar a medias, con un violín rezagado y un flautín
que murió atragantado.
Una botella rodó
por una mesa y fue a dar al piso, y en ese instante, del ventanal, apareció la
figura de Kevin.
Serio, erguido, con
una expresión en los ojos que no se le había visto jamás a nadie, como si de
repente hubiese vivido mil años. Llevaba la ropa hecha girones, salpicada de
sangre espesa, con heridas por todo el cuerpo y un tajo que le cruzaba una
mejilla y trepaba hasta la frente por encima de un ojo.
En la otra punta
del salón, Antonella sonrió.
Kevin avanzó un
paso y el murmullo volvió a inflar el aire.
El señor Monterrey
salió al cruce.
—¿Qué estás
haciendo? —lo increpó con furia—. ¿Cómo te atrevés a presentarte así? Esto es una
fiesta, por Dios. ¡Una fiesta para gente honorable!
El muchacho lo
ignoró y siguió avanzando hacia Antonella. Quizá por el desplante, quizá porque
el murmullo creció y se hizo palpable, el señor Monterrey enrojeció y tomó al
chico de un brazo. Éste ni se inmutó. De pronto una brisa —un viento súbito—
inundó el salón, a lo mejor desde el ventanal abierto, aunque las cortinas no
se movieron. Kevin levantó suavemente su brazo, que parecía flotar, y el señor Monterrey
salió despedido por el aire como si una mano gigante e invisible se hubiera
quitado de encima a un insecto. Siguió avanzando y pasó junto a la señora Lucía,
que se santiguaba sobre una mesa, rezando en un rumor y en el inicio de un
llanto.
Las mujeres y
algunos hombres se hicieron a un lado con cada paso de Kevin, y Antonella se
acercó, bajando un escalón. Pero el Comandante Ramos aún la tenía tomada de la
mano y bajó con ella, interponiéndose ante el muchacho, que ya estaba allí.
—No se te ocurra
tocarla. Es mía. Me está costando un montón de tierras y una algodonera en el
valle.
Kevin dio un último
paso y extendió su mano hacia Antonella, que parecía feliz y ausente de todo lo
que la rodeaba.
Claro que no se
tocaba la propiedad del Comandante Ramos. El hombre dio un topetazo a Kevin y
sacó un estilete que brilló como un desquicio.
En un parpadeo,
casi sin que nadie pudiera verlo, Kevin le quitó el estilete y en el mismo
movimiento se lo clavó al Comandante Ramos en el pecho, con tanta displicencia
que ni siquiera lo perforó seriamente. El Comandante Ramos se tomó el pecho y
cayó.
Y Kevin alcanzó la
mano de Antonella con la suya, ensangrentada.
Y fue como si de
repente el salón todo estallara en mil pedazos. La brisa se hizo huracán, los
vidrios rompieron hacia afuera, las cortinas y los peinados se deshicieron en
el viento y un rayo, una energía luminosa e incandescente, que no venía de
ningún lugar, pero estaba ahí, hizo centro en Kevin y Antonella.
Lucía lloraba: “No,
Dios mío… No, Dios mío…”, y el señor Monterrey, que se había repuesto y venía
corriendo hacia ellos, tuvo que detenerse a la carrera cuando vio lo imposible.
Sobre la espalda de
Kevin, la poca tela deshecha se terminó de desgarrar mostrando claramente unas
marcas oscuras, óvalos iguales dispuestos en pares, que se dibujaban con la
perfecta simetría de la naturaleza. Kevin se desperezó, levantó la cabeza y
gritó un grito terrible, abominable. De las cicatrices de la espalda comenzó a
salir algo oscuro, negro, filoso: unos huesos delgados y piel de seda. Salió
primero uno con un filamento epidérmico, y luego, de otra cicatriz, un segundo
hueso; y en menos de un minuto los que ya estaban afuera más los que no dejaban
de salir se hicieron grandes, se desdoblaron, y la película sedosa se extendió
de a poco, como si bostezara de una siesta, y entre el grito de dolor, el
retorcimiento de ese cuerpo adolescente, de pronto, dos alas grandes y oscuras se
desplegaron y se abrieron, y antes que todos los presentes reaccionaran,
Antonella comenzó a temblar y gritar, se arrancó el vestido que la encorcetaba,
y de su espalda, de las cicatrices en su espalda que había ocultado por quince
años como si tuviera lepra, también comenzaron a nacer dos alas.
El señor Monterrey
giró hacia Lucía, que rezaba llorando lágrimas que le herían de negro las
mejillas.
Lucía le devolvió
la mirada.
—Lo… siento…
Kevin y Antonella
alzaron una mano cada uno, a la altura del pecho, y se las tomaron en espejo.
Se vieron por primera vez, oscurecidos de piel, luminosos como nunca y como
nadie, con las alas, con los colmillos incipientes, con la piel venosa y los
ojos apenas enrojecidos. Con el eco del dolor todavía en el cuerpo, con el
miedo a lo nuevo y lo extraño, pero con la seguridad de haberse encontrado.
Desplegaron sus alas, como quien se estira antes de correr. Kevin miró hacia
arriba, hacia el cielo esmerilado y estrellado de vitres franceses. Antonella
lo siguió con la mirada.
—¡Hija, no! —se
escuchó al señor Monterrey.
Sin soltarse, Kevin
y Antonella agitaron las alas brevemente y en un instante estuvieron en el aire,
en medio de esa luminiscencia azulina que los abrazaba. Rieron como chicos, de
nervios, y la luz celestial los elevó aún más. Y agitaron alas otra vez y el
nuevo impulso los ayudó a subir más rápido.
“Lo sabía…”, siseó
el Amundio, que había llegado a su mujer y se tomaba la herida abierta,
sonriendo.
Y mientras el
murmullo se convirtió en griterío histérico, Kevin y Antonella se elevaron más
y más, y alcanzaron la cúpula abovedada y la quebraron, la rompieron en mil
pedazos y cruzaron hacia afuera, hacia la noche, hacia ese mundo lleno de
estrellas y aire y viento y cielo, que era el suyo.
Así, suspendidos en
la noche, juntos, en medio de la luminiscencia que los envolvía, voltearon
hacia el horizonte, hacia todo el horizonte, y vieron a los otros.
Como ellos. Una
docena de chicas y chicos elevándose solos, mirándose los cuerpos, las alas,
sin entender, asombrados, maravillados y aterrados a un tiempo. Parecían candiles
que flotaban lentamente, emergiendo, buscando nacer definitivamente.
Antonella miró con
ojos nuevos las estrellas que menguaban y la luna desaparecida, robada en la
noche. Se apretó a Kevin.
—El eclipse… —dijo, y lo besó en la boca por
vez primera.
Entonces dejaron de
flotar, sin más que para batir alas e iniciar el vuelo hacia la nada, hacia la
luna ausente, o el sol de mañana que ya no volverían a ver, jugando, aprendiendo,
reconociéndose en cada contacto cuando se rozaban o se chocaban. Kevin
entendió, repentina, súbitamente, lo que la criatura le había dicho: quince
años antes los ubuntu no habían venido a comer, a matar, o siquiera a defenderse
del ataque del hombre. Era peor. Los ubuntu habían venido en una viaje enloquecido, suicida y desesperado, huyendo de la extinción a la que los
estaban sometiendo. Los ubuntu habían venido a perpetuar. A no dejar morir su
especie. A inseminar, como un último y quimérico recurso.
Kevin, Antonella y
los otros chicos y chicas que ya no se sostenían por luz ninguna, batieron alas
y se dirigieron hacia el sur.
— FIN —
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